Benelli 500 Corsa: Una MotoGP del 70, Tributo a Pasolini - Allá Vamos
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Alejandro me recuerda con señas que no hay ralentí, que le dé gas; pero yo, embelesado por el momento, dejo mi muñeca ausente y, finalmente, el cuatro cilindros se para. Él me ofrece una sonrisa de condescendencia, al borde de la propia risa, y es él mismo quien vuelve a pulsar el botón rojo. El rugido de la Benelli vuelve a retumbar contra el muro del pit line, y ahora sí, ahora mantengo y acompaso esa música del setenta a golpe de gas, girando la muñeca como si se hubiese convertido en una batuta que marca el compás de tres por cuatro. Tiro de embrague y bajo la palanca para poner la primera (en aquella época no existía el cambio invertido). Suelto la maneta sintiendo el primer empuje de una auténtica pura sangre, de una verdadera moto de gran premio con más de cuarenta años guardados entre sus cárteres. Me he puesto en marcha.
Al enfilar el pit line, un sentimiento cruzado me llenaba el espíritu. Por un lado una vibrante emoción al vivir un momento tan privilegiado como irrepetible, y por otro una tremenda responsabilidad, que pesaba como un lastre de plomo sobre el ímpetu que pudiera brotar dentro de mí como fruto de esa misma emoción. Por eso abrí poco a poco el gas, dejé subir apenas un cuarto el recorrido del cuentarrevoluciones y cambié a segunda de inmediato. La estiré un poco más y me sentí envuelto en volandas por la fuerza de ese bramido que manaba por los cuatro megáfonos hasta llegar a la redonda del fondo con el mismo margen que si fuese haciendo turismo. Tiro de freno. ¿He escrito “Tiro”? Sí, tiro, tiro más y cuando el larguísimo recorrido de la maneta está a punto de agotarse, tengo en la mano la misma sensación que si apretase un trozo de corcho blanco. Es entonces cuando la Benelli retiene discretamente su marcha. Es el momento de recordar las explicaciones de Alejandro describiendo cómo el freno va cogiendo cuerpo a media que se calienta, algo que en los primeros metros de esta toma de contacto me exige un verdadero acto de fe, y a partir de esa curva paso la primera vuelta preocupado de mantener el motor en un régimen digno para que no caiga de vueltas en cualquiera de los cerradísimos virajes que guarda el trazado de FK-1; manteniendo en mi mente la tarea de calentar el freno en cada oportunidad que se me presentase.
Completo la primera vuelta encarando la recta de meta, un espacio en el que la responsabilidad da un respiro a mi muñeca derecha y, con él doy rienda suelta a aquel tetraciclíndrico que había sentido sujeto y reprimido durante el tránsito por la mayoría de las curvas.
Cuando alargo la primera marcha me doy cuenta de que una moto así, con un sonido como ése, el cuentarrevoluciones sólo sirve para confirmar que estás en el punto exacto de la partitura que estás escuchando. Este motor se pilota de oído, o más bien con las vibraciones que hace sentir en tu corazón cuando lo acelera al ritmo de Locomotive Breath, de Jethro Tull. Qué duda cabe de que, así, se siente la aceleración de una forma mucho más intensa, amplificada, qué duda cabe de que la sientes correr por las venas.

Estiro segunda, cambio a tercera lo más rápido que soy capaz y la alargo, la aguanto con el final de la recta echándoseme encima. Llego a poner cuarta por un momento, pero más que nada para que el motor respire. Corto gas y el cuatro cilindros de la Benelli interpreta entonces otras notas, que suenan como un quejido quebrado, como un lamento que surge desde las entrañas del motor reteniendo. Tiro de la maneta derecha, y esta vez encuentro en la mano un cuerpo algo más lleno del freno que sujeta la Benelli, ayudado por el tambor trasero y también por la resistencia del tetracilíndrico al reducirle dos marchas.
La entrada en la curva, llegando a buena velocidad, se hace con mayor facilidad de lo que hubiera supuesto, y la Benelli gira con una inesperada docilidad a la primera insinuación del contramanillar. Al entrar en la redonda, tengo la sensación de llevar demasiada velocidad, de que me voy a consumir la trazada; pero decido llevar a cabo un acto de fe y no tocar más el freno. Opto por dejar correr la moto y, efectivamente, la Benelli acata la orden del manillar a lo largo de la redonda con la nobleza de un Vitorino tras la muleta en un pase de pecho. Sin embargo no me atrevo a inclinar con ella, quiero decir que no me da confianza para tirarme al asfalto. Las dos ruedas me trasmiten un agarre excepcional, pero al mismo tiempo me siento en vilo, caminando sobre una estrecha franja en la que apenas me cabe el pie, y es que, en realidad, el equilibrio se sustenta sobre un ancho de goma que no llega a los dos tercios de lo que estamos usamos hoy día. Es una cuestión de fe, y finalmente me atrevo a lanzarme, aunque con bastantes reservas aún, a la curva más abierta de FK-1, un codo por el que se pasa con el gas peinado. Es entonces cuando un brote de admiración, y de sobrecogimiento a la vez, surge dentro de mí. La sensación de pasar inclinando la Benelli, con los cuatro megáfonos bramando su grito abierto, me eriza el vello y me tuerce el gesto al sentir un escalofrío; pero también pienso en Pasolini, y en aquellos pilotos de su época, y trato de imaginarme lo que sería el paso vertiginoso de esta moto por trances tan rápidos como el carrusel de Nurburgrin o el Eau Rouge de Spa; porque este motor estira y estira hasta llevar la moto más allá de los 250 por hora.
