Benelli 500 Corsa: Una MotoGP del 70, Tributo a Pasolini - Un grito abierto
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Cuando me hallo en ese momento de alivio del que uno no debe hablar por obvio pudor, siento contra la puerta del retículo un estallido sonoro que no esperaba, que no imaginaba y que irrumpe cortando en seco mi momento de relax con un sobresalto. Salgo del excusado y entonces llega hasta mis oídos, sin contenciones ni atenuaciones, aquel sonido único con cada golpe de acelerador. Es mucho menos ronco de lo que había imaginado observando los cuatro megáfonos, cuatro tubos que conectan directamente con el corazón de ese cuatro cilindros, con el alma de unas carreras que escribieron la épica de un motociclismo romántico que tal vez ya nunca vuelva. Si, la verdad es que no se escucha como un sonido profundo y cavernoso, no, pero tampoco es agudo, desde luego. Y se preguntará el lector, llegado este punto, a santo de qué dar tanta vuelta para hablar, al fin y al cabo, del ruido que hace una moto. Pues es porque el sonido de esta Benelli Réplica 500 es un elemento representativo de la personalidad y del carácter que marca toda una época; es la música que sonaba durante de las carreras de la categoría reina en circuitos como el propio Monza, Opatija, Nurburgring, Clemont Ferrand, Aderstop o Imatra. Ya, pero ¿si no es grave ni aguda, cómo es esa partitura que interpretan los cuatro megáfonos de la Benelli tributo a Pasolini? Pues es una nota abierta… Um… Creo que ya lo tengo: Es como un grito que se expande de inmediato en el aire, el grito de una vocal abierta, de una A larga, propagada en el espacio como el grito de Robert Plant (Led Zeppelin) en el arranque de Immigrant…, es el grito salvaje y a la vez melodioso del rock de los setenta que envuelve y transporta ahora en el tiempo a toda una generación hasta sus años de Paz y rechazo a la Guerra, hasta aquellos tiempos en los que se hablaba algo más de cine, de cantautores, de libros –e incluso de filosofía- y algo menos de fútbol; una época en la que el espectador –escasísimos en España- se sentía como el propio piloto en el circuito, sentado en su moto y viviendo con él cada trance de la carrera; una época en la que el motorista de la calle veía en ese piloto una prolongación de sí mismo y también un estandarte de la pasión que ambos sentían; algo a años luz del hincha que luce en su camiseta, o que eleva al aire una bandera, con los colores del más simpático, del más guapo, del que cae mejor o, en definitiva, del que proyecta la imagen más comercial delante de una cámara.

Así pues, a medida que me acerco a la Benelli de Alejandro, que calienta concienzudamente, con cada golpe acompasado del acelerador, subiendo el motor de aquella joya hasta el techo del régimen para dejarlo caer hasta acercarse al último pálpito, me dejo envolver por su sonido, por esa A gritada al cielo de Castilla. Todo resulta mucho más sencillo al trasladarme con la imaginación a 1973, comprendiendo mucho mejor este tributo al irrecuperable Pasolini que ruge delante de mí.
-Esta moto no frena en frío. Tienes que calentar el tambor hasta que empiece a agarrar la mordaza.
Me explica Alejandro mientras miro atento y sorprendido el diámetro descomunal de ese tambor con las cuatro levas repartidas por sus costados.
-A los neumáticos les pasa lo mismo –y observo incrédulo la escasez del 120 trasero (Sí…, he escrito bien, 120 trasero, no delantero)-. Eso sí: una vez que coge temperatura, es como un chicle: Se agarra una barbaridad.

Y al repasar con la mirada ese dibujo a base de unas eternas estrías en zigzag que, simplemente, siento una grima que me sacude por dentro, recordando a aquellos neumáticos a los que hace muchos años llamábamos “sin fin” porque su pétrea textura los hacía absolutamente inconsumibles.
Una vez concluidos todos los preparativos, Alejandro se encarama a la Benelli, embutido en su mono oficial de la época y se dispone a salir a pista, conmigo detrás, siguiéndole muy atento sobre otra moto de otra era, de un momento de la moto que sumerge a la Benelli de Pasolini en el neolítico del motociclismo.
