BMW HP4 Easyrace by Castromaroto - Los circuitos encogen

Escrito por Tomás Pérez y Sergio Hidalgo el . Publicado en Pruebas

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La escalada de velocidad es impactante, bestial, insólita, sobrecogedora, apabullante, inasimilable… Perdón: ruego al lector que me conceda un minuto para consultar mi diccionario, porque se me han agotado los calificativos.

Pongo quinta, y al momento, el cartel de 300 pasa volando sobre mi cabeza. Se ha esfumado la recta. Cartel de 200 e inmediatamente frenada. La aceleración negativa de esta HP-4 Easyrace está totalmente a la altura para detener la positiva. Sujeto las piernas contra el depósito casi con desesperación y recorro la primera parte del viraje con la moto ya inclinada y, corroborando las palabras de Edu, con la maneta aún tirada, todo un lujo para un verdadero paquete como quien firma.

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Esa sensación hace que me suelte la melena, sin estridencias pero empezando a ser yo mismo sobre la pista. Hago el paso por las eses disfrutando del agarre, la precisión y la fuerza de esta máquina hasta encarar de nuevo “El Garrote”, esta vez para hacer una frenada con ganas, aguantando hasta el último momento. Dejo correr la moto a lo largo del ángulo sin prestarle demasiada atención, la verdad, porque ya tengo la mente puesta, mi obsesión centrada, en la salida de la siguiente curva. Mi verdadero desafío: “La Cafetería”.

Finalmente llego a la boca de esa curva que traza el asfalto como una verdadera función exponencial. Meto la HP-4 Easy Race en el viraje, toco el ápice y, sintiendo el suelo bajo mi barbilla, apunto la mirada a lo lejos. Al encarar la salida, llega el momento de la verdad, y me digo: “Tomás: O somos o no somos”. Trago la gota de saliva seca que aún me queda en la boca y hago el verdadero acto de fe para el que me había estado preparando, recordando a Casey Stoner sobre la Desmosedici por un lado y olvidándome, por otro, de que tengo dos hijos, de la gente que me quiere, de lo afortunado que soy por muchas razones, de lo feliz que puedo ser, etcétera. Entonces levanto un pelo -creo que sólo un pelo- la HP-4 Easyrace, y cuando mi mirada apunta aún rozando la cornisa del casco o, incluso, el propio límite que marcan mis cejas, me decido. Aprieto los dientes y abro todo, todo el gas.

En ese momento me invade el cuerpo una sensación tan bestial y tan desgarradora que llega a desvirtuar la realidad hasta el punto de hacerme creer que la cola de la HP-4 va a adelantar a la cabeza; y mientras tanto, para rematar esa experiencia salvaje, la rueda delantera viaja en vilo justo un instante antes de que la mano mágica del antiwheely sujete la bestia para impedir que, irremisiblemente, me la ponga por sombrero.

¡Es el delirio!