¿Qué es el KMZ para un quemado? - El Primer encuentro con el KMZ

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Guzzi Norge Super72013-08-11 11.10.07


Bien es verdad que me había ganado de antemano y a través de la red cierto nombre y algún aprecio, o afecto, gracias a los artículos de conducción y a otros contenidos sobre el mundo de La Moto que había publicado en su foro, sí, en el apartado KMZ, pero siempre lo hice bajo el apodo que lleva más de treinta años acompañándome:
Moriwoki.

Lo cierto es que, al llegar mi primer encuentro con el KMZ, el acercamiento de un recién llegado a un grupo harlysta de Madrid se me antojaba en la imaginación con una impositiva exclusividad de la marca, siendo recibido, probablemente, con el recelo de algunas caras o al menos la extrañeza en el gesto de otras. Sí, esperaba incluso la arrogancia lanzada en cualquier mirada de soslayo sobre la figura de un foráneo como yo y sobre la moto con la que me presentase. Así pues, cuando llegué al punto de reunión en la calle Concha Espina, procuré aparcar la Yamaha que llevé aquel día en un lugar discreto y un tanto apartado del gran grupo; a pesar de que, evidentemente, mi imagen de motorista convencional me delataría como un extraño. Mientras guardaba mi casco, por supuesto integral y de líneas aerodinámicas labradas sobre la fibra de carbono, spoiler incluido, observaba a cierta distancia a los sujetos que empezaban a reunirse sobre la amplitud de la acera y junto a sus obras de las bellas artes rodantes, reluciendo ya bajo los rayos de un sol temprano. Efectivamente: Chalecos parcheados, alicatados con chapas e insignias hasta la solapa, tatuajes, algunas babas sin recortar y desde luego botas, botas negras tejanas, lisas con anilla lateral o de tacón cubano y “chúpame la punta” , también alguna cruz de hierro discretamente labrada, o esbozada, sobre algún depósito; pero no, no vi ningún casco de vikingo con sus cuernos correspondientes, cortos y regulares en los costados o largos y serpenteantes (al modo Hell Boy) sobre la frente. Tampoco percibí, la verdad, ninguna actitud arrogante, cuando apenas me faltaban unos pasos para alcanzar al primer grupo, ni siquiera un rasgo distante o un rostro frío entre aquella concurrencia harlysta; muy al contrario, sus caras mostraban semblantes animados, entusiastas, con una sonrisa de lo más abierta y natural.

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 Al alcanzar el primer círculo, se abrió para hacerme sitio de inmediato, y así fue como llegó el momento de las presentaciones. La pose, y sobre todo la actitud, de aquellos harlystas me quedaba muy lejos, lejísimos, de la de los devotos seguidores de aquellas consignas, la mayoría delictivas, marcadas en su día por un tal Sonny Barger; en su lugar me sorprendí con una apariencia bondadosa como la del mejor de los colegiales y una actitud abierta y sonriente, como la de unos viejos conocidos, como si hubiéramos compartido kilómetros y kilómetros de ruta. Así lo manifestaron, dándome la mano uno a uno de esa manera que recuerda la forma de echar un pulso, y presentándose nombrando su alias dentro del foro. A todos ellos les fui correspondiendo, por mera inercia y tal vez por pura naturalidad, con mi simple nombre de pila, con lo que continuaría oculta la identidad que muchos conocían dentro del foro. El trato que me dispensaron, a mí, que para ellos era en ese momento un perfecto desconocido perteneciente a otro planeta de La Moto bastante diferente del suyo, fue más allá de la forzada simpatía o de la artificiosa cordialidad, abriéndose para mostrarme una cercanía completamente inesperada.

Primero les escuché. Sí, escuché y escuché para tratar de integrarme en lo posible, o al menos no aparecer como una distorsión entre tanto hombre de negro; así continué deambulando por los demás corros de harlystas, durante el rato previo a la salida. Hablaban entre ellos con cordialidad, entre sonrisas y con algún chascarrillo cruzado; hablaban, sí, pero, en honor a la verdad, de motos no mucho, aunque lo cierto es que resultaba muy particular, casi pintoresco, ver conversar amigablemente a un empresario, un abogado, un guardia civil, un piloto de aeroplano, un ejecutivo, un juez, un fotógrafo, un fontanero o un policía. En el KMZ, la camaradería es un sentimiento que destaca desde el primer momento, tanto a pie como rodando en grupo con las motos.

A lo largo de ese rato dilatado de espera fue llegando un goteo continuo de Harleys, hasta completar un grupo casi multitudinario –por momentos daba el aspecto de una concentración- que se fue colocando, poco a poco, en formación junto al fondo Sur del Santiago Bernabéu. Una colocación de las motos sobre una doble fila india que recordaba a la de un castrense escuadrón de caballería; sí, una formación rugiente con el imponente ritmo de tambor que marca el legendario ralentí de Milwaukee sonando en una grandiosa coral que trepaba por las fachadas y por los vomitorios desiertos del estadio.

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