¿Qué es el KMZ para un quemado? - El KMZ en movimiento

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Procuré colocarme en un lugar discreto de la cola, sin esconder mi Yamaha, aunque tampoco era cuestión de exhibirla en demasía. Después de unos minutos en los que se cruzaban señas y comentarios de una moto a otra, la comitiva se puso en marcha lentamente, con pequeños tirones, como los que marcaban el arranque de los antiguos trenes expreso. Así alcanzamos en un centenar de metros el Paseo de la Castellana, y allí, con su generosa extensión y con la amplia perspectiva de las torres Kio en el fondo, pude contemplar la postal más espectacular de la jornada: Todo el grupo dispuesto en una larga hilera destellante bajo el sol urbano.

La tentación era demasiado poderosa y, la verdad, confieso que no pude resistirme a ella y terminé por apartarme, por abandonar la fila para rebasar poco a poco a lo largo del carril derecho a toda la manada. El espectáculo resulta realmente difícil de describir.

Un rugido, multitudinario y cavernoso, se extendía como un lienzo sonoro por la amplitud de la avenida; y un río reluciente, formado por un enjambre de brillos y destellos, dejaba por momentos la impresión de que el cauce del paseo se veía solado por mil diamantes combinados con los añicos de cien espejos rotos sobre él. Las líneas curvas definían cada integrante del desfile, las formas voluptuosas sobresalían de cada figura y las siluetas de fantasía, con un rancio arraigo ancestral, se iban recortando contra las fachadas de ladrillo y de cristal que transitaban por el fondo. Un festival de una resplandeciente belleza, deslizándose por la avenida, acompañado por un sonido de trueno que se oye ahora con un tono secular camino de la montaña.

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Ya en la ruta, la formación se mantuvo a ese ritmo pausado, que caracteriza el estilo custom de conducción, y en todo momento con la consideración por el compañero como protagonista. La señalización marcada y repetida por todos, incluso en ocasiones con el brazo, de cualquier desviación, la distancia con el compañero mantenida, la posición dentro del grupo sin ser quebrantada por ningún adelantamiento, salvo a causa de una verdadera necesidad, y algo que me llamó mucho la atención:

Cuando viajo en grupos pequeños con mis compañeros de Super7 y algunos amigos, bien es verdad que el ritmo es muy distinto al de una cuadrilla de harlystas, pero lo cierto es que no nos hacemos ningún aviso ni indicación señalando las eventualidades que puedan aparecer en el asfalto, y llegado el paso obligado, véase sobre un espacio de tierra o arena esparcida por la calzada, la única seña que me llega del compañero que me precede es el polvo que levanta su rueda trasera. Rodando inmerso en un grupo del KMZ me sorprendí cuando recibía avisos de circunstancias como un ciclista pedaleando por el arcén, un badén vigilante atravesado en la calle, un bache, y no digamos nada si apareciese algo de arena o gravilla, algún “kaemecetero” sería capaz de detenerse al lado para llamar de pie la atención de sus compañeros. Y lo cierto es que lo que prima en el KMZ, como he comentado, es la camaradería.

Así pude observarlo después, durante la comida en grupo, donde una vez revelado mi apodo en la red, recibí el reconocimiento y el agradecimiento a mi trabajo en el foro; pero también pude sentir un sincero afecto hacia mi persona que, se crea o no, casi me emociona.

Después de aquel día, he compartido la ruta con los amigos del KMZ presentándome con motos de lo más variopintas: desde una macho bike como la Ducati Diavel hasta una maxi-trail como la Guzzi Stelvio, desde una viajera como la BMW con motor bóxer hasta una muscle bike como la Suzuki B-King, incluso he aparecido con algo tan radical y opuesto a cualquier Harley como pueda ser una Yamaha R-1. También les he acompañado con varios modelos de su marca, desde luego, pero llevase la moto que llevase, jamás me han hecho sentir fuera de lugar, desplazado, nunca he rodado con ellos rechinando con la estridencia de alguna de esas motos en medio de la armonía genuinamente americana que sintoniza todo el KMZ. Siempre me han hecho sentir uno más, y aunque no he conseguido nunca mantener una de esas largas tertulias de motos a las que estoy acostumbrado en otros escenarios –la verdad es que puedo aburrir y resultar insoportable cuando cojo el hilo-, lo cierto es que con estos amigos siempre he podido disfrutar de cualquier conversación agradable, sobre cualquier tema, dentro del clima más entrañable. Lo he podido vivir tanto en un los cafés o las comidas de la ruta como en sus cervezas de los jueves o en las fiestas y saraos a los que he asistido.

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