TRIUMPH THRUXTON: como viajar comodamente a una época mítica. - Segunda Opinión
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Probador 2: Tomás Pérez Sánchez
Ficha Técnica: !03 Kilos, 55 años, 1,91 m
Nivel: Subcampeón 2012 Mac90 categoría Twin
La Triumph Thruxton representa hoy día, qué duda cabe, el espíritu del Café Racer concentrado en una moto de serie.
¿Y cuál es el origen del Café Racer? Pues, para el lector que lo desconozca, aquellas carreras espontáneas, con una apuesta de por medio, que se organizaban en cafés de rancia tradición motociclista y ambiente de clásico motoclub británico. Unas carreras que servían de base, a la vez que alcanzaban su máxima expresión, en las road racers. El Café Racer aglutinaba un estilo y una afición que llenaba de espectadores los márgenes de las carreteras donde se desarrollaban y que también nutría de una buena parte de los pilotos que componían las parrillas de salida de esas Road Racers, con el Tourist Trophy como su máximo exponente.
Bien. Por fin la Triumph Thruxton.
Llevaba mucho tiempo anhelando tener en mi mano esta obra de la escultura sobre dos ruedas. Se trata de una moto con la que me identificaba en buena medida, pero, realmente, no he sabido hasta ahora, que me he subido en ella, hasta qué punto mis raíces motociclistas están íntimamente ligadas a ella.
Nada más sentarme sobre su sillín y mirar el manillar de tubo, curvado en esa doble ese, la imagen me retrotrajo en el tiempo tres décadas, casi cuatro, más allá en mis recuerdos, y me vi de repente a bordo de aquella monstruosa Laverda Jota con la que un día pretendí correr las antiguas 24 Horas de Montjuich. Sí, el manillar de esta Thruxton evocó al instante aquel “cinco piezas” cogido encima de la tija superior con el que se trataba de imitar entonces la posición eminentemente de carreras que marcan dos auténticos semimanillares. Sí, sobre esta Thruxton, acoplado tras sus relojes he posado los pies sobre unas estriberas retrasadas que me han recordado a aquellas de las primeras Guzzi Le Mans, a las de Laverda 500 Montjuich o, sobre todo, a las de aquella Ducati Vento fabricada en Mototrans del Poble Nou barcelonés,. Me he vuelto a sentir aquel quemado incorregible y negligente de antaño, que con apenas veinte veranos volaba por las carreteras serpenteantes entre montañas y acantilados.
Pero lo cierto es que después de arrancar el bicilíndrico de esta Thruxton y tras engranar la primera marcha, confieso que en más de una ocasión dejé volar la imaginación, que me transportó, en ese mismo momento, hasta la bajada de Bry Hill para deslizarme por su rampa en pos de la aplastada subida y de la serie de enlazadas que desemboca en Quater Bridge. Allí pasé a empalmar marchas junto al muro que emerge a la izquierda hasta adentrarme en una de las zonas más frondosas del circuito más legendario de la historia del motociclismo.
Es fácil soñar sobre esta Thruxton, es muy fácil sentirse Geoff Duke en los años cincuenta volando a lomos de su fantástica Gilera Tetracilíndrica sobre los duendes de Ballaug Bridge, el puente que abre, por propio mérito, un género tan romántico como pueda ser el de la mitología de la moto. Triumph ha dotado a su neoclásico bicilíndrico en esta Thruxton de un punch extra, un tirón con respecto a su hermana Bonneville, en el ritmo más alto de revoluciones, con el que es muy fácil proyectar nuestra fantasía sobre la mente. Basta con dejar latir nuestro corazón de quemado, basta con liberar nuestra nostalgia –en los más mayores- o con rememorar la historia de las carreras –para los más jóvenes- mientras el bicilíndrico de Hincklye vibra entre nuestras piernas, para saberse Agostini, ataviado con su mono negro y con su casco Cromwell tricolor, en el momento de negociar las eses de Bungalow, cruzando el camino metálico del tranvía que asciende hasta el monte Sneafell.
La posición de esta Thruxton, tan radical, sobre todo en las estriberas, como la más extrema de las doble erre actuales, incita a sentir una concepción de la moto deportiva completamente diferente a cualquier otra que se ofrece en el mercado, una concepción única, más aun si tenemos en cuenta que los modelos retro de Ducati, la SS y la Paul Smart, dejaron de fabricarse hace ya dos temporadas. La propuesta de Triumph con su Thruxton es, ni más ni menos, que extender su concepto neoclásico de la moto, que ya pone de relieve es su gama Bonneville, a la moto deportiva. He entendido la Thruxton como una moto para recordar las motos deportivas de los sesenta y setenta, para sentir el concepto de las carreras en su misma raíz ya que, al fin y al cabo, el estilo inglés es el originario de esta forma, la más excitante, de vivir la moto. Sin embargo la Thruxton no es, precisamente, un explosivo pepino que deba alterar las glándulas de nuestra adrenalina. No, pienso que no se trata de eso. La Thruxton, por su suavidad, precio y docilidad, es una moto para un amplio espectro de adeptos, únicamente recortada por la radicalidad de su posición, de eso no cabe duda; pero, aparte de ello, pienso que quienes realmente sabrán sacar todo su jugo a esta belleza serán los auténticos sibaritas de las dos ruedas, motoristas que realmente sepan sentir el placer de conducir una moto que guarda dentro de sí toda la esencia de las carreras inglesas, del Café Racer y de todos sus entusiastas quemados; la esencia de una pasión por la moto vivida en una época en la que la leyenda escribía la historia de cada circuito y en la que los héroes eran tipos accesibles con familia, amigos coloquiales y un vecindario común.
Pero no piense el lector que para sentir toda esa concentrada esencia es necesario enroscar sin piedad el acelerador de la Thruxton. No, tampoco se trata de eso. Bastará con sentir la suavidad del bicilíndrico mientras nos deslizamos acompasadamente por una carretera de montaña, dejándonos caer con dulzura en cada curva y llevando esta británica de casta con un ritmo placentero que nos permita sentirnos como Joe Dunlop tras su enésima victoria en la Isla que le hizo formar parte de esa mitología de la moto que antes hemos mencionado, o como el gran Mike the Bike pasando junto al banco (Site off Hailwood) en el que dicen los ingleses que si espíritu viene a sentarse cada años para ver el TT . Lo dicho: pura mitología.
Ya comenté en su día que me sentí cierto pesar al devolver a la marca cada una de las Bonneville que amablemente me prestaron para su prueba. Disfruté mucho con las Bonneville, con cualquier versión de su gama; pero es que ahora esta Thruxton, sencillamente, me ha tocado la fibra. Me ha emocionado.
Tomás Pérez
