HARLEY DAVIDSON IRON 883 DARK EDITION: Una menuda repleta de satisfacciones - La Sportster de El Caníbal

Escrito por Jesús Sanz el . Publicado en Pruebas de motos

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 HACE MÁS DE TRES DÉCADAS

Su aspecto era incluso más terrible que su apodo. El pelo negro y lacio, cayendo en una eterna melena sobre un chaleco vaquero con un parche, tan extenso como irreconocible, cosido sobre la espalda. Un pantalón, vaquero también, que exhibía un roto como una saja sobre la rodilla, un roto que dejaba colgar sus hilos, blancos en un pretérito lejano, y que nadie podría adivinar como una de las modas más extendidas y persistentes en las décadas venideras. Las botas camperas, eso sí, con su correa cruzada y cosida a una anilla en un lado del tobillo. El casco… ¿Cómo era el casco? ¡Pero si entonces aún no era obligatorio el casco!

Decían los que habían entrado en ella, que en su casa guardaba una espada katana expuesta en la pared, lo mismo que la careta de esgrima y una coraza para seguir a Hernán Cortés. El rostro anguloso, con la nariz de Julio César afilada por un artesano, los ojos pequeños, hundidos en unas cuencas famélicas, y la silueta que recortaba de pie perfecta para tocar en el grupo Ramones. Su imagen completa proyectaba una terrible versión del mismísimo Alice Cooper.
Era El Caníbal.

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Una de las personas más bondadosas que he conocido en mi vida. Un contraste insólito e irrepetible hasta la fecha.
Pero no me he puesto a escribir para traer hasta Super7 el recuerdo de un personaje que bien merece por si sólo un papel relevante dentro de una novela, no; aunque bien es cierto que resulta un digno complemento para la verdadera protagonista de este reportaje.

Corría el año de 1.979, u ochenta, no recuerdo bien, aunque por la permisividad de la cabeza libre de casco, debía de ser el primero. Bien, corría aquel año en el que me movía dentro de una tribu reducida y muy particular que se reunía en un Frankfurt de la calle Rocafort. Me estoy refiriendo al primitivo grupo de mensajeros de Barcelona. La vi llegar por primera vez deslizándose sobre la acera con el andar suficiente y pausado que lleva cualquier actriz de cine a lo largo de la alfombra roja. Su sonido majestuoso se superponía al rumor urbano, omnipresente sobre las cuadrículas de las azoteas y el enjambre que tejen las antenas. Majestuosa, se acercaba con paso solemne al grupo de motos estirado a lo largo de la acerca. Su parada ante la puerta del bar fue la llegada de la estrella al umbral del palacio para las fotos de portada, una parada en la que los fases de la ciudad reflejaban su destello multiplicado por el metal pulido y por el cromo de la gran dama. El rojo sobrio, con el tono grana de un selecto burdeos, y las tres cifras grabadas con orgullo sobre una de las tapas. 883, un número que imponía un respeto señorial entre el resto de patinetes nacionales que surcaban las calles y las carreteras de la época. Una marca, emblemática donde las haya, estampada sobre la chapa del depósito, poniendo un sello cumbre de distinción, como el de otros tantos, Rolls, Ferrari o Bimota, que cierran ese estrecho coto de la exclusividad más privativa.

Sí, la moto de El Caníbal era una Harley Davidson Sportster 883, y era de las únicas, de las escasísimas Harleys que se podían ver por una Barcelona que acababa de estrenar el color en sus televisores.

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Antes de pasar a analizar esta moto desde el punto de vista dinámico, no quiero dejar pasar la oportunidad de tratar un dilema que vengo escuchando y leyendo en foros, de forma intermitente, a lo largo de los últimos años y que a mí, a este particular quemado de mente tal vez obtusa y miras un tanto turbias por la neblina de una desmesurada pasión por la velocidad, nunca ha adivinado su sentido.

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Sí es cierto que lo tiene para cualquiera, qué duda cabe, atendiendo a su aire marcado globalmente dentro de lo más tradicional del La Moto, a la proximidad en precio de ambos modelos, a su similar cilindrada, con prestaciones próximas, dentro del mismo número de cilindros.

Me preguntaba cómo explicar a los lectores de Super7 la natural diferencia entre estas dos motos, teniendo presente su aparente proximidad, que tal vez confunda a algunos.

Pues encontré la explicación al contemplar la Harley desde una particular perspectiva. Sí, justamente la anterior a sentarte y tomar los mandos de esta Iron 883 Dark Edition. Puesto en pie, a horcajadas sobre la Sportster, observé la imagen contenida en una silueta arcaica, teñida además, de una negrura sin brillo que la trasladaba, por lo menos, ochenta o noventa años atrás en el tiempo. Sí, la imagen que tenía ante mí era la de una Moto Antigua, un concepto muy particular.

La Bonnie, en cambio, es una moto diseñada respetando al milímetro su aspecto de los sesenta y setenta, pero guardando en su interior no sólo el poso, además todo el avance tecnológico y digital del siglo XXI.
La Triumph Bonneville es una neoclásica.
La Sportster, en cambio, es una moto de otro siglo traída, prácticamente, tal cual hasta nuestros días.
Así, al menos, lo ve un servidor.

Tomás Pérez

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