Harley Tri Glide Ultra. Un trike no es una moto. - Prueba de un Quemado

Escrito por Jesús Sanz y Tomás Pérez el . Publicado en Pruebas de motos

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Probador 1: Tomás Pérez

Ficha Técnica: 1,91 m 105 kg 56 años

Nivel: Subcampeón 2012 Categoría Twin Mac90

 

 

 

 

 

 

 

 

-¡Qué raro te sientes! ¡Es un horror! ¡Qué miedo en las curvas!
Había oído de todo.
Lo cierto es que hace tiempo que sentía verdadera curiosidad por subirme a este aparato y experimentar desde la primera sensación que transmite en parado hasta la más intensa, abordando una curva rápida y algo contraperaltada, con él.
Así pues, cuando llegó el momento de subirme al Tri glide, ya iba prevenido, tanto para sorpresas como para extrañezas. Aun así, no fue suficiente. Todo lo que te cuenten es poco, y conducir el Tri Glide por primera vez es algo así como hacer la Mili: Hasta que no lo vives no te lo puedes siquiera imaginar, por mucho que te cuenten.
Veamos entonces.

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El primer chasco llega incluso antes de subir, cuando miro el pedal del freno de estacionamiento y pienso que queda demasiado abajo, que va a rozar en cuanto incline en la primera curva… ¿Inclinar? No, no. Tomás, un momento. El Tri Glide ¡no se inclina!
Bien, una vez subido, llega la primera maniobra: el giro dentro del garaje, y en este movimiento, sin embargo, las sensaciones no difieren mucho de hacerlo con una Ultra de dos ruedas, sin bajar los pies de las plataformas de la moto. Por tanto, en el primer giro no siento nada diferente, excepto el martillo que he puesto a repicar dentro de mi cabeza para recordarme el medio metro que el tren trasero sobresale de la silueta del conjunto, para no estrellarlo contra una columna o contra cualquier bolardo.
Sin embargo, al doblar la primera esquina, aunque estrecha y lenta, aparece la primera extrañeza. En realidad coincide con el primer momento de hacer una curva, con la primera intención de inclinar la moto… Otra vez. Perdón, el Tri Glide: ¡No se inclina!
Claro, el triciclo se niega a inclinar por pura física, y, si nosotros insistimos, lo pasaremos realmente mal y empezaremos a echar pestes sobre este aparato porque entendemos, y creemos, que no puede girar, o que gira fatal. Lo cierto es que si llevamos a cabo un acto de fe y simplemente dejamos correr el Tri Glide…
Mi acto de fe, honestamente, supuso un pequeño trago, un trago de vértigo que apareció con cada una de las primeras curvas. Confieso que tragué saliva y contuve la respiración varias veces, y me costó creerme que esas reacciones del triciclo constituyen su forma natural de tomar las curvas. Simplemente dejarlo correr con el manillar girado hacia la curva como si fuera un volante.

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En recta
Bien. El segundo chasco que me llevo llega, ni más ni menos, que cuando alcanzamos cierta velocidad en recta. Efectivamente y aunque parezca mentira, a apenas 80 por hora en línea recta por la M-30 de Madrid volví a sentir un vértigo parecido, o tal vez peor, sencillamente porque la velocidad es más alta. Pero es que además de ello, mi pasajera se me queja de algo inverosímil:
-Se mueve mucho aquí atrás, Tomás.
-Que bota mucho, ¿quieres decir?
-No, no. Se mueve de lado a lado muy de prisa.
Claro, entonces entendí la queja de la pobre, cuando me di cuenta de que había convertido el carrito trasero del Tri Glide en una auténtica coctelera.
Todo se explica por volver a conducir este triciclo como si fuera una moto, moviendo continua y levemente el manillar, de un lado a otro, para lograr un equilibrio dinámico tan inútil como inexistente. Otra vez tuve que hacer un esfuerzo de renovación mental, o de eliminación, otra vez de mi faceta de motorista –ardua tarea- y dejar el manillar libre; libre como el volante de un coche cuando viaja en recta por la autopista. Sí, me costó unos cuantos kilómetros, y lo hice, además, muy poco a poco. Hasta que finalmente conseguí vigilar el manillar únicamente para mantener la trayectoria precisa, olvidándome de su función en una moto, además, para guardar el equilibrio.

No al Contramanillar
Poco a poco comencé a abordar las curvas con mayor decisión, y el primer cambio de mentalidad vino por sustituir el imprescindible contramanillar en cualquier moto para girar en iniciar el viraje, por el de la conducción del manillar del mismo modo –lo repetimos una vez más- que si se tratase del volante de un coche.
Entonces sentimos cómo la fuerza centrífuga empuja nuestro cuerpo hacia fuera, lógicamente, pero, en este caso, hacia fuera de la curva y del triciclo.  Algo completamente impensable en el paso por curva de una moto y algo que da todo el sentido las asas metálicas, de sólido anclaje y constitución, montadas para el pasajero.
Te sientes raro, como en todo sobre el Tri Glide, muy raro cuando la inercia te empuja fuera del triciclo, pero terminas por entenderlo, finalmente, como su forma natural de negociar las curvas.

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Una suspensión trasera muy dura. ¿Por qué?
Antes de entrar en los apartados extremos de esta prueba, pienso que es necesario señalar la sequedad con la que la suspensión trasera reacciona al paso por cualquier irregularidad. Mi pasajera se quejó al primer golpe del tren trasero sobre un bache y yo mismo, pasando solo con el acelerador enroscado –como haría con cualquier moto- para hacer lo menos brusco posible el paso por una banda sonora. En este caso, escuché un sonoro clonck, que me hizo encoger los hombros y apretar los dientes, temiendo que se hubiera roto algo en el tren trasero. No fue así, por suerte.
En fin, un contrasentido, en un principio, al encontrar una suspensión trasera seca y osca, en un vehículo derivado directamente, o en una transformación, de la que posiblemente sea la moto más cómoda del mercado.


Haciendo El Burro
Está claro que el Tri Glide, tomando como base una de las motos más clásicas, pacíficas y sobrias, como es la Ultra Glide de Harley, no es para hacer estas cosas. Pero pienso que cualquier harlysta, o cualquier conductor, quiere saber qué ocurre cuando se fuerzan las situaciones, cuáles son las reacciones del Tri Glide cuando se le lleva contra las cuerdas.
Bien. Forcemos la situación en curvas lentas, de segunda o como mucho de tercera.
Al primer intento me encuentro con una reacción inesperada. Resultó ser el paso por un firme sucio y de un aspecto de lo más parecido al adoquinado. Entonces, al abrir gas con decisión, se produjo un fenómeno inesperado:
El eje trasero traccionó a tope con todo el músculo del 103 pulgadas y la rueda delantera, casi cruzada por completo, fue arrastrada con el triciclo ignorando por completo la trayectoria que marcaba. La dirección barrida con el manillar girado, y el Tri Glide hizo caso omiso de la dirección que le marcaba con el manillar y siguió una trayectoria recta hacia los exteriores de la curva.
La situación perdió todo su compromiso, o incluso su apuro, en el momento en el que aflojé el gas (iba a fondo) por completo y comencé a acelerar al momento con el mismo tacto que si abordara una trialera embarrada. En ese modo civilizado, el Tri Glide giró como un utilitario, con la trazada exacta que marcaba la rueda delantera.

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En vilo
En este punto llega el momento más esperado y posiblemente el más espectacular de todos los experimentos a verificar con la conducción de este triciclo. Importante detalle: Triciclo de una rueda delante y dos detrás, porque ya sabe el lector que existen otros, por ejemplo, con las dos ruedas por delante y un sistema basculante, cuyo comportamiento no tiene nada que ver con éste, calcando, prácticamente el de un scooter de dos ruedas.
Sí, es el momento de abordar una curva un poco más rápida, aunque tampoco exagerada; digamos como una rotonda muy grande o una curva larga de nacional.
La otra posible reacción, o más bien, la reacción que esperaba y por la que sentía verdadera curiosidad desde la primera vez que vi el Tri Glide en fotos es la del desequilibrio…, o más bien el equilibrio sobre sólo dos ruedas, dejando en vilo la tercera, la que queda en el interior de la curva. Confieso que la tentación de ponerla a dos ruedas ha estado rondando mi mente desde el mismo día en el que vi un Tri Glide en fotos. Y había llegado mi momento, una vez me encontré solo cogido al manillar de este híbrido, mitad Ultra, mitad qué sé yo. Cubierto por una noche de solsticio, abordé una zona poligonera, tan desierta como suburbial, sembrada por un entramado de rotondas cortadas, exactamente, por el mismo patrón.
Encaré la primera de ellas con decisión, percibiendo entonces un buen aplomo de la rueda delantera. Así pues, tuve claro que el Tri Glide seguiría prácticamente al milímetro la trayectoria que trazase con el manillar. Giré casi de golpe, y sentí toda la fuerza centrífuga en mis antebrazos y en mis hombros, mientras basculaba instintivamente el tronco hacia el interior de la rotonda, en el paso por curva. En cuanto empecé a sentir la inercia sobre mis brazos, forcé un punto más la situación. Forcé otro punto más, aun, pero al enderezar la dirección, también con cierta energía, no sentí el aterrizaje de la rueda interior y sí percibí, en cambio, cómo el Tri Glide recuperaba la trayectoria recta con precisión y sin reacciones reflejas en forma de vaivenes laterales, firme como un gimnasta rematando su ejercicio de salto con un aterrizaje clavado.

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De inmediato llegó la siguiente rotonda y entré a por ella quizá un poco más de prisa, pero también con más tacto, porque en el primer paso por curva me había tirado con cierta violencia. Esta vez hice virar la nave de tres ruedas progresivamente, pero sin aflojar ni un ápice al sentir el apoyo de dos cuerpos como el mío –o tal vez tres- sobre el brazo derecho, a la vez que me llevaba un tirón para arrancarme el izquierdo, aun así, al volver al triciclo a la trayectoria recta, tampoco sentí ese aterrizaje esperado de la rueda interior.
Un nuevo intento. Esta vez doblando con más ganas el manillar al rebañar el final de la tercera rotonda. La inercia centrífuga se siente con una fuerza insospechada. Sin duda es la misma que la que nos empujaría en un coche; sin embargo sobre el Tri Glide se siente varias veces amplificada. La Física tira y tira de mí y del triciclo hacia el exterior de la rotonda con una furia indomable que me hace temer que en cualquier momento vaya a pasar algo, algo anormal. Algo tiene que descomponerse, o el eje trasero debe empezar a deslizar al no soportar la fuerza del desplazamiento. Sin embargo esto no ocurre, y el triciclo mantiene exactamente la línea curva que marca el manillar, fiel como si fuera sobre raíles. Cuando quedan apenas 4 o 5 metros de rotonda, remato el intento ciñendo exageradamente la trazada y abriendo entonces lo que queda de gas. Me digo a mí mismo que es imposible que en una situación tan forzada el Tri Glide no descomponga la figura: O derrapa o se levanta de atrás. Efectivamente, a la luz mortecina de una hilera de farolas perdida en el horizonte del polígono, adivino el brillo de la llanta girando en vilo, prácticamente, sobre el bordillo de la rotonda. Lo cierto es que es tan poco, tan poco, apenas unos centímetros los que se ha levantado que cuando vuelvo a la recta, no siento el aterrizaje de esa rueda, debido a la suavidad del contacto. Es tan suave que llego a dudar de que lo haya perdido en algún momento.
En la cuarta rotonda repito el ejercicio buscando un puntito más de fuerza centrífuga, y entonces vuelvo a ver con un poco más de claridad la rueda interior del triciclo en el aire.
Ya sé dónde está el límite de este Tri Glide con un buen asfalto.

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Curvas rápidas
Más bien en lugar de rápidas, deberíamos de hablar de curvas amplias.
Bien, al llegar con buena velocidad a una curva de este tipo, qué duda cabe de que ya hay que tener tan claras como asumidas las insólitas reacciones de este Tri Glide; porque lo cierto es que si te presentas en la entrada de una curva con cien, con noventa o incluso con ochenta por hora en el marcador, llevando una mentalidad motorista, vas a vivir un momento realmente terrorífico.
Finalmente, probé el Tri Glide en una de mis curvas archiconocidas, que puedo abordar con mi coche medio a unos cien por hora, sintiendo cómo el vehículo se apoya por completo en las dos ruedas exteriores al hacer el paso por curva. Hablo sólo de apoyar aun con margen hasta llegar a derrapar.
Bien, encaré la entrada a este viraje con el Tri Glide a esos cien por hora del coche y puedo decir que estaba seguro de lo que hacía; aunque tengo que confesar, también, que un sudor frío, como un vértigo, me recorrió el cuerpo desde el bajo vientre cuando llegó el momento de entrar en la trazada del viraje. La verdad es que la impresión que te llega cuando giras el manillar en el sentido del la curva, y no marcas el obligado contramanillar de moto, es de que el TriGlide, sencillamente, no va a entrar en la curva. Bien, pues girando el manillar y manteniéndolo aferrado con fuerza durante todo el paso por curva, al mismo tiempo que inclinaba el cuerpo, el triciclo de Harley hacía la curva sobre raíles, sintiendo un apoyo que, entre otras cosas, viene a justificar ese tacto duro y seco, deportivo al fin y al cabo, de las suspensiones traseras.
Efectivamente, ése es el precio que hay que pagar para garantizar un paso por curva con unos márgenes de seguridad más que holgados en un vehículo de una configuración triker, prohibida en otro tiempo, en los ochenta, por su comprometido apoyo.
Fui pasando así de una curva a otra, curvas de trazado interminable, como los cambios de nivel con incorporaciones a autovías, como los nudos de múltiples cruces; curvas sobre juntas de dilatación que resaltan más aun el aplomo de esa suspensión trasera de tacto, por qué no, censurable al paso por una banda sonora o sobre el metal de una tapa de registro hundida en el asfalto.
Eso sí, si quieres hacer curvas a buen ritmo con el Tri Glide, curvas fuera de su guión natural, desde luego, o, directamente, hacer el Burro con él en virajes de cualquier radio, su geometría va a responder muy por encima de lo que cabría esperar antes de subirse a él, va a sorprender, pero solamente lo descubriremos haciendo con nota su particular conducción, mitad de moto, mitad de coche. Mitad de moto, al ir cogidos a un manillar y sentados a horcajadas del buque insignia de Harley, y de coche, porque las reacciones y los apoyos son como los de un automóvil en el paso por curva.
Aparte de esto, si insistes y pretendes llevar a ese ritmo demoniaco el Tri Glide más allá de cuatro curvas seguidas, puedo garantizarte que te ahorrarás la cuota del gimnasio al menos por una semana; Trabajarás el tren superior de una forma mucho más completa que cualquiera de esas máquinas fascinantes que anuncian los teletiendas.
Curiosamente, las piernas y los pies viajan de vacaciones en  el Tri Glide, y por mucho que tratemos de presionar y probar, sus esfuerzos no influirán, en absoluto, sobre el control de este maxi triciclo.

Concluyendo
El Tri Glide, un triciclo que se conduce como un coche, utilitario y discreto, guiándolo con el manillar de la media moto sobre la que se viaja sentado.


Tomás Pérez

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