Que bailen Las Gordas. Ultra & Vision - Aparece la Victory Vision

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Moriwoki, empujado por una pusilánime cortesía, levantó su café en correspondencia, a pesar de no entender absolutamente nada. Sin embargo, la curiosidad por descubrir cuál era la historia de aquel personaje, de apariencia transgresora y sin duda novelesca, le llevó a prolongar la conversación. Se acarició la barbilla y acto seguido extendió la palma de esa misma mano para preguntarle.

Copia de IMG 1646-Y dime, entonces, ¿cuál es tu moto? ¿Es otra gorda?
El barbudo se echó hacia atrás para poder proyectar en un solo impacto su risa insinuante, como si el que acabara de hacerle la pregunta fuese el más pasmado de los ilusos.
-¡Claro! Adivina cuál es. ¡Ja! No te la puedes ni imaginar.
Moriwoki repasó con la mente y, finalmente, le mostró un gesto ignorante. El encapuchado le miró entonces como si le asistiera la aplastante seguridad de conocer las respuestas completas a Las Grandes Preguntas. Remató su cerveza, se secó otra vez el bigote con la manga de la sudadera y terminó pronunciando un imperativo monosílabo:
-Ven.
El probador le siguió y cruzó tras él el umbral de La Esfera para descubrir una máquina creada por la fantasía de los cincuenta y traída sobre dos ruedas hasta el siglo XXI de la mano de una marca americana:
Victory.
Allí plantaba su estampa, desplegando sobre la acera sus dos metros setenta para atrapar toda la atención de la calle con sus líneas arriesgadas, inspiradas en los tebeos de ciencia ficción publicados en la década que sonaban Elvis y Miles Davis. El barbudo señaló entonces su moto con la palma de la mano extendida y a continuación se giró lentamente para posar sobre Moriwoki una complaciente mirada. Buscaba una repetida satisfacción ante el previsible asombro de quien contemplaba su moto por primera vez; sin embargo, muy al contrario, se topó con el gesto conspicuo de un frío analista.

IMG 1781-Sí, es una Victory Vision –y despegó su atención de aquella nave para dejarla caer lánguidamente sobre su dueño.
Moriwoki acababa de encontrarse, precisamente, frente a una vieja conocida, una moto sideral para él, con la que durante el mes más invernal hizo un increíble viaje atravesando el más crudo de los fríos hispanos.
El barbudo, desconcertado y al borde de la contrariedad, reaccionó como el morlaco agonizante: buscando el apoyo de las tablas.
-¿Volvemos dentro?

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