La Escuela de un Campeón del Mundo

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Este reportaje puede desterrar de la cabeza de una buena mayoría ese mito del padre ofuscado que trata de liberar la que fue su frustración de juventud a través de su hijo pequeño. La escuela de pilotos de Chicho Lorenzo no sólo no tiene nada que ver con este estereotipo, muy conocido en las pistas, sino que propone un concepto completamente revolucionario integrado en lo que comúnmente conocemos como el deporte extra escolar.




 Mientras contemplaba meciéndose bajo mis pies, a miles de metros, las templadas aguas del Mare Nostrum, especulaba con mi imaginación de niño sobre qué era lo que iba a encontrar en la isla más grande del Archipiélago Balear. Dejaba volar mi mente más alta que el aparato en el que viajaba para situarme en el rancho de cuento que hace décadas acogía todas nuestras fantasías en el lado Pacífico del Nuevo Mundo. Un rancho en el que Little John vivía sometido al régimen monacal que durante meses le imponía como un yugo deportivo el marciano más admirado y laureado de la historia de las dos ruedas. Little John forjó su pilotaje de cine sobre un auténtico Xanadú de las carreras, un rincón paradisiaco de la velocidad que Marciano Roberts concibió como centro especializado para formar en él a los mejores pilotos del Universo y que, como la propia Proton, engendrada dentro su ambiciosa mente, parece haber quedado sólo en eso: en un símbolo de cuento juvenil para los que ya tenemos unos cuantos años, demasiados para el rock and roll, pero siempre muy pocos para morir.
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   La tierra se echa encima del retículo oval que la recorta para mis ojos, y a los pocos minutos estoy atacando una pequeña caminata por los pasillos que me llevan hasta la salida de Sort Sant Joan. Allí es donde nos hemos dado cita y allí me recibe con un aspecto despreocupado, aunque en ningún modo descuidado con su forma de vestir. La camisa azul, de manga larga a medio remangar y de difuminada cuadrícula, vierte sus jarapales sobre el vaquero. Calzado con zapatillas de montaña, espera en pie mientras llego a su encuentro con las manos a medio meter dentro de los bolsillos y los brazos caídos en jarras sobre ellas. Cuando nos encontramos, muestra una actitud llana y natural, con la entrañable disposición de un antiguo colega.

   Caminamos hasta el aparcamiento, y allí desfilan a nuestro paso distintos coches aparcados que parecen expuestos en un casting imaginario, como supuestos candidatos al que nos trasladaría a nuestro destino. Japoneses de última hornada, alemanes de línea selecta e incluso algún italiano de sugerente insinuación se presentan como azafatas del amor ofreciéndose en las desiertas avenidas nocturnas o en los polígonos suburbiales. En nuestro país es sobradamente extendida esa fórmula de catalogar a cada individuo por el coche que tiene o siquiera por el que le lleva.

   Efectivamente, camino acompañado de Chicho Lorenzo, padre y además responsable de la formación como piloto del único español que hasta la fecha ha logrado ser campeón del mundo en todas las categorías que acoge el Mundial de motociclismo, incluida la máxima, por supuesto. Sí, voy caminando por el aparcamiento junto al padre del actual campeón del Mundo de MotoGP hasta que nos detenemos frente a una pequeña furgoneta Renault, pintada en un blanco liso sobre la chapa que envuelve prácticamente toda su carrocería. Una furgoneta cubierta de polvo, sufrida como el volante de un taxi, en la que Chicho introduce la llave.

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