La última victoria de un Campeón

Escrito por Vicente Rosa. Publicado en Reportajes

Han pasado veinte años ya. Cuando pienso en las carreras las vivo como si fueran ayer, todavía recuerdo qué marcha engranaba en cada curva de cada circuito. Me sorprende incluso a mí mismo”. Son las palabras de uno de los pilotos más grandes de todos los tiempos, Jorge Martínez ‘Aspar’. (sigue leyendo)

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Esta temporada se cumplirán veinte años desde su última victoria, precisamente en Argentina, un escenario que regresa al Mundial, para sacudirse el polvo del ostracismo. Aquel triunfo de ‘Aspar’ fue en Buenos Aires, mientras la próxima cita argentina se celebrará en Termas de Río Hondo, un circuito inédito e inhóspito en mitad de ninguna parte.

Cómo no va a recordar el piloto alcireño aquella victoria en Argentina, su último mordisco al escalón más alto del podio, la última muesca en una culata repleta de ellas. No sólo por ser la última, algo que ningún piloto sabe nunca a ciencia cierta. Es de suponer que cualquiera se niegue a pensar que una u otra victoria pueda, quizás, ser la última. Aquella hazaña, teñida de un secreto ancestral, acabó por convertirse en una anécdota fabulosa. Corría allá por la temporada 1994, un año que recuerdo con mucho cariño, realizamos un gran trabajo y nos divertimos logrando buenos resultados pero nos costó alcanzar la victoria, comenta ‘Aspar’ con nostalgia.

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Yamaha era clara en sus argumentos, no engañaba a nadie, su montura era fiable, y sus motores se esforzaban acelerando, pero perdían casi veinte kilómetros de velocidad punta respecto a las todopoderosas Honda. Un hándicap a veces insalvable, incluso para el mejor. Consciente del propulsor que tenía entre manos, ‘Aspar’ entendió que su única ventaja residía en hacer un chasis más manejable para las curvas rápidas, un bastidor que le permitiera girar mejor y le diera más estabilidad y apoyo en el tren delantero a la hora de frenar. El alcireño se sabía gran frenador. Aceptadas las limitaciones del motor, si conseguía adaptar el chasis a sus virtudes, tendría mucho ganado.

Por aquel entonces la de Argentina era la penúltima prueba de la temporada (25/09/1994) y los japoneses se negaron a aportar ningún cambio radical con el año visto para sentencia. De ahí nace esta peripecia, de las peticiones continuadas y estériles, de la convicción en una modificación milagrosa, de un chasis que podía traer réditos insospechados. Antes no existían las bócolas que te ayudan a variar el ángulo de inclinación y la posición de la horquilla. Las bócolas son aros excéntricos, ovalados por dentro, que sirven para variar el ángulo y la posición (adelante y atrás) del eje de la dirección y están en la parte del chasis de la denominada pipa de dirección. Todo pasaba por cortar el chasis por la parte de la pipa y volver a soldarlo. Una decisión drástica y presumiblemente eficaz por igual.

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La idea pululó por el box durante buena parte del año. Una estrategia atroz según los japoneses, una maniobra arriesgada pero valerosa según ‘Aspar’ y su séquito de técnicos valencianos. Contraviniendo las indicaciones de toda una fábrica como Yamaha, la semana antes de partir hacia Argentina echaron mano de sierra para cortar el chasis y abrir el ángulo de dirección. Es curioso ver cómo un japonés cruza los brazos en forma de aspa para dar un no rotundo. ‘Aspar’ obvió aquel gesto y acudió al circuito con un injerto casero. El viernes, destapado el penúltimo asalto del curso, pocas vueltas le hicieron falta para constatar la valía del invento urdido por su mente. Cuentan que la finura era una de sus principales virtudes, trazando líneas en la pista como diagnosticando la puesta a punto de una moto. Por eso sus técnicos de confianza no dudaron en materializar aquella idea y cortar por lo sano.

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El fin de semana argentino fue más convulso de lo normal, en unas pocas sesiones había que poner a punto un chasis ‘nuevo’ y descifrar qué neumáticos serían más adecuados para una pista sin baches pero deslizante como el hielo. Mientras ‘Aspar’ causaba furor con su nuevo bastidor y la mayoría de pilotos montaban gomas blandas para combatir la finura del asfalto, el tetracampeón mundial optó por un compuesto más duro, que deslizara más pero le permitiera controlar mejor las derrapadas. Domingo, salida, se forma un grupo en cabeza (‘Aspar’, Ueda, Perugini, Scalvini y Alzamora) y todos a guerrear. A dos vueltas para el final, el valenciano y Noboru Ueda se desmarcan del pelotón para jugarse la victoria. Una pareja de baile con mucha experiencia, con miles de kilómetros a sus espaldas. Incertidumbre a raudales para una última vuelta de vértigo. Dos, tres, cuatro, cinco, incluso más veces se rebasaron en los últimos 4.350 metros de aquella carrera. Ueda echaba de motor para castigar a su adversario en las rectas, ‘Aspar’ frenaba más allá de la lógica para minimizar las aspiraciones del nipón. “Él me pasaba en las rectas y yo se la devolvía en las curvas. Yo frenaba más tarde y trazaba mejor que Noboru, pero en aquel entonces las Honda corrían mucho, era complicado hacerles frente. Fue un final de carrera espectacular en el que no había ninguna estrategia clara”.

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Sólo dos curvas, unos pocos metros para la gloria, Ueda tenía media victoria en el bolsillo, pero la responsabilidad de demostrar que había acertado con su alocada decisión tuvo más peso para un ‘Aspar’ que lo pasó frenando y apestilló el triunfo en el último viraje, cuando el nipón trató a la desesperada de recuperar lo que creía suyo. Llegaron a tocarse, pero era tarde, la victoria, que llegaría milésimas después, ya tenía nombre. En aquella carrera más que en ninguna era cuestión de todo o nada, sólo me valía ganar.  La sonrisa picarona, astuta y de satisfacción se ensanchaba debajo del casco del vencedor, Jorge Martínez ‘Aspar’, mientras un técnico japonés de reputación intachable lloraba dentro del box, recogiendo los pedazos de su metódico y programado esquema mental hecho trizas por ‘Aspar’ al cruzar la meta en primera posición con un chasis sui géneris.

Cordura japonesa y fervor latino se abrazaron en el parque cerrado, momentos antes de besar el escalón más prominente del podio. La mezcla de razas mejora la especie, una Yamaha de 125cc, supuestamente inferior, había vencido al imperio Honda, gracias a la suma de dos planteamientos tan diametralmente opuestos como a la postre efectivos.

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Quien no arriesga no gana. Esta es una historia de riesgos y victorias, muchas victorias, treinta y siete para ser exactos. En agua, en seco, con viento, en circuitos cortos, faraónicos, revirados o más sencillos, lesionado, en plena forma… Y hasta en doce ocasiones por menos de un segundo de diferencia. Tantos escenarios, tantas situaciones distintas, muestran la valentía, la tenacidad y la adaptabilidad de aquel que siempre tenía la victoria en el punto de mira, Jorge Martínez ‘Aspar’. Cómo no va a recordar aquella victoria en Argentina, si, además de ser la última, estuvo rodeada de una atmósfera mágica. 

 

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