PRESENTE PARA ALGUNOS, ¿FUTURO PARA EL RESTO?

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Breve ensayo sobre la trayectoria del motorista y sus opciones al convertirse en un cincuentón.

Cuando apenas rozaba los veinte, escuchaba diversos presagios de mis mayores, me refiero a mis mayores motoristas (prácticamente, no cabían otros para mí en aquellos años). Eran diversos, sí, pero de la misma forma que no dejaban de ser presagios, tampoco se apartaban de una dirección ciertamente uniforme. No nos gustan las BMW – aseveraban -, sin embargo todos acabaremos teniendo una. Tú acabarás teniendo una, ya lo verás.

 Entiendo que entonces la marca alemana representaba, con la pausada marcha de su bóxer distribuido por empujadores y refrescando su esfuerzo tan sólo con el viento, la conducción más reposada desde una concepción europea de la moto. Sin embargo ahora, además de que las sensaciones que transmitía aquel motor boxer han cambiado sustancialemente, lo cierto es que el motorista tiene ante sí un espectro mucho más amplio, y el posicionamiento de la marca alemana, por ejemplo, se ha extendido tomando rumbos inimaginables hace apenas treinta años. Sin ir más lejos, uno de los pepinos más explosivos y efectivos que ofrece el mercado de hoy día lleva el sello de BMW. No parece, por tanto, que tenga mucho sentido pensar en la marca bábara de aquellos presagios como la que vaya a recibirme más adelante. Sin embargo, sí puede haber otras, y de hecho las hay, que recojan ahora, en España, la idea de aquellos augurios.

Las severas restricciones con los férreos controles que se aplican ahora en nuestro país, en lo que a velocidad en ruta se refiere, han tomado desde hace tiempo un tinte ciertamente americano, y, si por otra parte, la moto que hoy por hoy representa como ninguna esa conducción pausada y madura, a la que hacían referencia mis agoreros de tres o cuatro décadas atrás, constituye en sí misma un estandarte de los U.S.A., todo parece indicar que finalmente acabaremos subidos sobre una de esas obras de arte rodantes para perdernos por los campos y por los páramos, para subir a las montañas y o dejarnos caer por las playas de nuestra piel de toro deleitándonos a un ritmo de peregrino.
 caratagena reducida

Sin embargo, siento por otro lado que no todo nos aboca a ese final de espíritu ralentizado y contemplativo. Contemplativo del entorno a nuestro paso y contemplativo también, a través de la cristalera de un bar, de la propia obra artística, de la figura escultórica, que nos lleva y nos trae a la par que vivimos con ella nuestro último idilio motorista.

 La opción de navegar sobre una Harley, por ejemplo, se presenta como la más razonable, la lógica consecuencia de una trayectoria e incluso la vía más aconsejable para seguir eternamente sintiendo La Moto; sin embargo deja sin cubrir aun la necesidad visceral de los espíritus más quemados. Por eso no me conformaría con ver los paisajes desfilando por mis flancos: contando las pistonadas al ritmo con que voy contando cada árbol del bosque que cruzo, o sintiendo en todo el cuerpo un trepidar de Milwaukee mientras me envuelve un páramo interminable que no me importa cuándo acabaré de atravesar. Lo disfrutaría, desde luego, y lo he disfrutado, pero me faltaría algo más.

Sí, existe otra opción, bien es cierto que minoritaria, pero válida y necesaria al traspasar la barrera de los… pongamos cincuenta.
 frente lado reducida ModifHace muchos años que llegué a la conclusión, o más bien que por fin claudiqué tras haberme resistido de forma contumaz a la evidencia, de que un espíritu quemado debe habitar exclusivamente en el templo de la velocidad: En el circuito; y ahí es donde desde un tiempo que ya no recuerdo muy bien se desatan exclusivamente mis deseos e inquietudes más efusivos. Una vez dentro de ese sagrado recinto, busco caras ajadas y rostros, como el mío, curtidos por el consumo de una pasión que llena toda una vida, y los encuentro muy pronto, claro que sí. Se trata de los padres de los mozalbetes que inundan toda la instalación con la aguda estridencia de sus chicharras o de otros más crecidos, aunque imberbes aún, que estrenan las fibras de su doble o triple erre; sin embargo no veo a ningún cincuentón (o escasísimos) con mono y botas, con el gesto encendido por el mismo deseo que empuja a esos chavales a lanzarse a la pista.

Finalmente, el estruendo prehistórico, el bramido de otro tiempo que escapa por la amplitud de un megáfono me llega desde el fondo del paddock y captura de inmediato mi atención. Atrapado por aquel sonido irrepetible, me acerco hasta la caja desde la que se esparce haciendo eco por todo el contorno, y allí descubro, efectivamente, una cuadrilla de cincuentones trabajando sobre históricas reliquias, joyas arqueológicas rodeadas de herramientas y piezas de brillo oleaginoso. Escrutando el grupo, encuentro a uno de ellos enfundado en su mono, abrochándose el cierre del casco mientras un compañero enrosca el acelerador, acompasándolo con el megáfono que había llamado mi atención. Les observo durante algún rato y estoy pendiente, más tarde, a lo largo de la jornada, de sus movimientos y de sus entradas y salidas al trazado. Son escasas y llamativamente efímeras; y cuando el horario de pista concluye y la mayoría de los participantes ya han recogido o incluso se han marchado a casa, un par de ellos, de los cincuentones, continúa todavía trabajando afanosamente en sus apreciados vestigios de un pretérito que ahora, sólo con el desarrollo de las últimas dos décadas, se antoja paleolítico.

salidaEsto no es para mí, me digo. La edad no puede aparcarme en un mundo presidido por una devota pasión hacia la mecánica. No puedo encorsetar mi espíritu de quemado en un entorno ceñido al pasado, a la nostalgia y, eminentemente, al trabajo en el box; un entorno bello, minucioso y sin duda cuajado de satisfacciones, en el que para cubrir siquiera diez vueltas, siempre con un mimo exquisito del motor, son necesarias un número indefinido de horas de trabajo. Necesito algo más. Aún me siento vivo y con ese espíritu, el del quemado, latente dentro de mí; un espíritu que todavía me lanza a pasar rasante sobre el ápice de aquella rápida aguantando el acelerador, resistiéndome al instinto de supervivencia que ordena aflojar con su código genético para sentir después, a la salida del viraje, una inaudita y familiar descarga eléctrica. Aún me llega ese reto que lanza la pista a todo aquel que lo escucha, intimidando con sus carteles avisadores de la siguiente frenada; aún entro al trapo y dejo ir la moto un poco más allá: trescientos, doscientos… y aún diez metros más, seis más, uno a uno, entrando en ese juego con la incertidumbre, en esa apuesta entre la inercia y el cálculo, entre el temple de los nervios y el filo del desastre; y todavía siento esa pasión que nos envuelve cuando jugamos con lo vertical y lo horizontal, buscando acariciar lo segundo, mientras el resto del mundo vive en lo primero. 

Sigo en el circuito.

Los jóvenes me dejan atrás, ¡qué duda cabe!, pero aún les sigo durante casi una vuelta completa, o a veces más, copiando su estilo, aprendiendo sus nuevas técnicas, captando todos los detalles. Van mucho más rápido, desde luego, pero no lo suficiente aún como para mandarme a un dulce retiro donde se hojean revistas amarillentas y se repasan fotografías arrugadas mientras que, con suerte, algunos oídos pulcramente juveniles quieran escuchar, como el cuento infantil que les envolvía en los sueños hasta hace menos de un lustro, historias de un tiempo que se ve ahora tan remoto que parece haber perdido su nexo con la realidad. 

Seguiré en el circuito, sin duda, pero mientras tanto, parece que lo más razonable para la ruta es algo compatible con el estado policial de corte americano que la rige y que tan felices estadísticas sigue deparando, comparadas con las de otras décadas.

Sí, tal vez haya llegado ya el momento de mirar hacia el lado más yankee, y más oscuro, de La Moto.

Tomás Pérez

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