El Jarama Tourist Trophy - El gozo al pozo

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Más tarde, me enteré de que todo había sido el resultado de un lustroso lavado de cara: Habían limpiado y rastrillado los márgenes y, sobre todo, habían pintado los pianos.
Mi gozo en un pozo.

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Luego, al pasear por los boxes, viendo las motos de unos y de otros, me detuve a charlar con algunos de los pilotos del Trofeo Race y de la prestigiosa Copa BMW Easy Race, que en ese domingo se dieron cita en El Jarama para aceptar y asumir el patente riesgo extra que se corre, con las velocidades de paso por curva de hoy día, entre algunas escapatorias, las mismas que vieron pasar a Johnny Cecotto o antes incluso a El Príncipe de la Velocidad, Phil Read. Observaba el semblante que mostraban la mayoría, todos ellos pilotos experimentados, pilotos incluso veteranos, perfilando un rictus de cierta severidad -a pesar de que no faltaban las habituales bromas que se lanzan unos a otros-, guardando tras de sí una certeza que se imponía sobre todos sus actos de esa mañana, la certeza de que habían hecho un pacto insalvable, por ejemplo, con la curva de entrada a meta, con el viraje del Túnel, donde cada vuelta se lanzarían a bocajarro buscando su vértice mientras apuntarían con el codo a la irregularidad de un asfalto trasnochado, pasando a una velocidad que no habría soñado ni el mismísimo Barry Sheene e ignorando el guarda raíl en el exterior, a apenas un par de metros de la pista, ocultando la presencia, abajo, de una autopista que esperamos que jamás llegue a acoger en su seno el aterrizaje de alguna de las motos.

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Caminé hacia la salida, quedando a mi paso las obras que ya han desmantelado la torre de control y que están formando los cimientos del estupendo restaurante. Así me fui casa, una vez más, saliendo de El Jarama con el amargo sabor de la frustración; pero además, esta vez, llevando dentro una persistente indignación, taladrando mis sentimientos con la más simple de las preguntas, cargada con la más sólida de las razones:

¿Por qué? ¿Por qué convierten en un parque temático lo que ha representado el templo donde un país entero rindió culto a la velocidad durante tres décadas?, ¿por qué trasforman en un escenario para conciertos de la música más comercial que se produce el recinto sobre el que toda la afición española ha engendrado y ha proyectado su pasión por las carreras durante años?, ¿por qué, en definitiva, derivan el circuito que ha representado un signo de identidad para una generación completa en un complejo para albergar eventos publicitarios, mientras dejan el asfalto y las medidas de seguridad que lo bordean en el alero de un tejado que muestra, a día de hoy, el aspecto de una ruina tan peligrosa como vergonzosa?

¿Por qué? ¿Por qué van a construir ese parque temático para conciertos y eventos promocionales sobre tanta historia, tanto esfuerzo y tanta pasión motociclista, mirando a otro lado mientras que el abandono devora a mordiscos, día a día, la tarima sobre la que se ha vivido tanto y tan intensamente?
Sencillamente, uno se tiene por ingenuo para la mayoría de las estupideces que intentan atrapar la atención general del país, pero en este caso, en el caso de El Jarama y de su futuro, prefiero ser más ingenuo que nunca, porque una sola pizca de viveza me haría sentir que, simplemente, se están burlando de nosotros… Burlándose del mundo de la moto, claro está, a razón de doce mil euros por cada día de alquiler de pista.
Entenderá el lector que, habiendo sido uno de los padres de esta criatura, que lleva por nombre la tribuna más emblemática, precisamente, de ese templo profanado, se sienta especialmente triste y afectado. Y si por añadidura, esa tribuna también ha sido ahora desguazada…

Tomás Pérez

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