Joan Garriga: In Memoriam

Escrito por Tomás Pérez el .

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Así es, corrí contra él, en las mismas condiciones, además con la misma moto y, para remate, aquel día no sólo estaba convencido de que le ganaría: Por encima de ello, no tenía ninguna duda de que le daría un buen baño. ¡Sí señor!
Sin embargo...   (Sigue Leyendo)

Así es, y por mucho que le asombre al lector, le aseguro que tampoco esta vez me he sentado a escribirle bajo los efectos del láudano de Poe, al que en alguna ocasión le ha caído encima la sospecha de ser la única influencia sobre mis fantasías más románticas y motociclistas. No. La narración de aquella carrera, que dejo a continuación, es tan cierta y veraz como nuestro destino final, como el que por desgracia alcanzó hace unos días el protagonista de esta historia.

garriga 500Corría el invierno de 1992, cuando me hallaba junto al parque cerrado que la organización había montado para la que sería la última edición de la carrera de todo terreno más legendaria –con permiso de El Segre y tal vez de alguna más- de este país: El Enduro de El Escorial.

Un atardecer hostil derramaba su última luz sobre los árboles que brotaban en aquella pradera próxima al Monasterio. Hacía frío, un frío que cortaba al sentir en la cara cada zarpazo del viento racheado que lo traía rodando en remolinos por la ladera del Monte Abantos. A pesar de ello, mi cuerpo se encandilaba con la satisfacción, pero sobre todo con el alivio, de haber pasado ya todas las verificaciones y de contemplar, también, mi WR tras las cintas del parque cerrado y junto a los dos centenares de motos que el resto de mis rivales había colocado en formación para pasar la noche.

De repente, a unos metros de mi espalda, empecé a escuchar el intento por tomar vida de un motor ahogado. Una patada, otra, con ese sonido, inconfundible y gutural, que poco a poco va amasando la desesperación en quien lo está provocando. Con la tarde extinguida en un pobre resplandor, llegaba a intuir la figura enjuta que se encaramaba una y otra vez sobre la palanca de lo que era –su rosa fluorescente la delataba en la inminente oscuridad- una YZ de dos y medio. La noche incipiente empezaba a cernirse sobre nosotros y me impedía reconocerle, a pesar de la escarola rubia que tocaba su cabeza y de la familiaridad con la que percibía su cuello encogido sobre su silueta.

garriga quemandoPor fin hizo indicaciones a quien le acompañaba para bajar la moto del caballete e iniciar una carrera al empujón, y, en aquel trayecto, llegó a pasar mucho más cerca de mí, con algo inaudito en un enduro: Un pitillo humeante prendido de los labios. Fue entonces cuando, a pesar de mi incredulidad, pude reconocerle sin albergar la menor duda. Y es que no me explicaba qué demonios hacía aquel tipo allí, y menos aun arrancando semejante aparato. Su rostro, ya algo demacrado, y su figura, con una delgadez que iba un punto más allá de la que todos estábamos habituados a ver, delataban la búsqueda de paraísos perdidos, colgados de un planeta irreal, que desde hacía algún tiempo, al parecer, debía haber iniciado. Finalmente, el saxo de la Yamaha rompió el silencio del crepúsculo con su primer zarpazo de rabia.

Efectivamente, era él en persona, era Joan Garriga. Y se hallaba allí dispuesto, para mi asombro, a participar en un enduro nacional de la máxima envergadura.
Era él, con una mirada vehemente bajo el porche de sus cejas huesudas, era él, girando el puño derecho a golpes que acompasaban el aullido de un motor que empezaba a tomar calor, con la voz aclarada tras la borrachera.

¿Qué hace aquí este tío?, me preguntaba otra vez más mientras le veía acercarse a un lujoso motorhome recogido en una inconfundible línea americana: Lo más llamativo que se podía encontrar en aquella época. Finalmente, me convencí de que iba a correr, y en mi fondo más malicioso, que lo tengo, ya lo creo, empezaba a frotarme las manos ante la inmensa satisfacción de salir en la misma carrera y, en igualdad mecánica, para darle un auténtico sobo a todo un subcampeón del mundo de velocidad. Ni siquiera va a llegar a la trialera de Valdespino, pensaba. Con ese físico, ese aspecto y fumando de esa manera, no pasa ni la Cuesta de los Burros, me regodeaba. Y así fue cómo aquella noche me acosté con el sedante extra del gustazo que me daría, y que ya anticipaba, al día siguiente. Y sí, así fue cómo la sonrisa pérfida de un miserable mecía mi primer sueño al son de una frase compuesta y burlona: “Sí, mucho Boing 747, mucho Comecocos..., verás tú mañana”.

10500387 692483637454963 4375063356433993865 nPero aquel día amaneció nevando, con toda la Sierra envuelta por un manto blanco como la bata de un galeno, y con el recorrido del enduro marcado con cintas... ¿Adivina el lector de qué color? Efectivamente, de color blanco también.

Al llegar a la nombrada Cuesta de los Burros, tras ascender hasta ella a lo largo del cauce de un torrente, un cuerpo extenso y traslúcido emergía de la roca y se interponía en el camino. Era una sólida placa de hielo, que se plantaba en todo el paso de la carrera. Aquella trampa inerte se antojaba como un motivo más para que los grandes exhibieran su técnica y su habilidad, pero, al mismo tiempo, se hubiera levantado como una barrera insalvable para los más torpes –el caso de un servidor-, de no ser por la ayuda providencial de unos aficionados que, con su samaritano empujón, nos sacaron a unos cuantos del trance.

garriiga paraleloMás tarde, sobre la cima de un monte olvidado, ocurrió lo que era casi inevitable: Me hallé perdido y atrapado por el barro negro que acechaba bajo la nieve como una criatura de los pantanos. Sobre aquel promontorio, aterido de frío y en el límite de mis energías, aquella mañana llegué a hacerme otra vez más las Grandes Preguntas, ésas que bien conoce todo motorista que ha sentido alguna vez cómo el cóctel helado de una desoladora desesperación le atravesaba el cuerpo. Después, vinieron descensos de escalofrío por la hierba congelada, alternados con subidas intrincadas, en las que el tronco de un pino se plantaba en tu camino, una vez sí y otra también, cada vez que intentabas encarar el frente.

joangarriga005 1Cuando por fin alcancé el tramo cronometrado, primer punto civilizado desde que me perdí, había pasado una eternidad y corría incluso el riesgo de entrar fuera control, en el caso de que decidiese continuar en carrera por la única senda que podía escoger: La de la extenuación. No valía la pena, y decidí abandonar con cuatro horas de vía crucis después de tomar la salida y con la marca en mi tarjeta de apenas dos controles de paso. Cuatro horas en unas crudas condiciones y con una completa variedad de sorpresas y terrores acechándome en cada vericueto del camino. Así las viví, así las sufrí y así sentí su huella, después de pasar sobre mis fuerzas como un trillo, cuando por fin llegué montando junto al coche, sin dejarme siquiera energía para subir los esbeltos 103 kilos de mi WR por la rampa del remolque.

IMG 20150901 WA0001Luego, ya de camino a casa, repasé en el coche el folio que contenía la clasificación en busca sólo de un nombre, el de Joan Garriga, que a buen seguro aparecería en la lista de abandonos. Y allí lo encontré, efectivamente. Sin embargo, aquello no supuso la triste compensación que esperaba con mis anhelos más miserables, más bien todo lo contrario, y lo único que hizo fue espolear les escasas reservas de testosterona que aún me quedaban en el cuerpo. No sólo no daba crédito, sino que estaba seguro de que había un error en aquella lista. Y aun, una semana después, al confirmarla en una revista especializada, estuve convencido durante algunos días de que se había hecho cualquier apaño para dar una complacencia a la estrella, al subcampeón del mundo, o a su patrocinador.

Sin embargo, todo era fruto de mi soberbia resentida, de mi envidia y de mi mal perder. Joan Garriga, el fumador demacrado y famélico velocista, había completado, prácticamente, la mitad del recorrido comprendido en uno de los enduros más complicados de esa temporada y, no sólo me había ganado de tú a tú, y encima con la misma moto (aun llegué a decir, ciego por el resquemor del desengaño, que montaba piezas especiales y que por ello había acabado más tarde que yo), sino que, además, me había dado un señor repaso; un repaso que, sencillamente, fui incapaz de creerme, y que aún hoy, 33 años después, me cuesta asimilar.

Ahora, al cabo de los años y con su desaparición, aquel subcampeonato mundial de 250 tan sólo representa el periscopio de un submarino cargado de garra, de fuerza y de corazón que, por desgracia nunca emergió. Joan Garriga, encima de una moto, fue mucho más que el pobre legado que nos ha dejado ahora en un exiguo palmarés, si lo comparamos con lo que pudo alcanzar. Joan Garriga era un ser que se crecía, que literalmente se transformaba encima de una moto para lanzase a la pista como un poseso y arrebatarle al más técnico y cerebral, sobre la máquina más completa, la victoria lógica que presagiaban todas las premisas iniciales. Al sentarse detrás de un manillar, Joan Garriga se convertía en alguien poseído por una fuerza casi diabólica, y aquella participación inédita en la última edición del enduro más legendario fue la prueba de la energía sobrenatural que parecía emanar de él. Una demostración sobre el barro negro, la hierba helada, la nieve, y por encima de un frío despiadado, de la que pocos supieron y de la que escasos fuimos sus testigos. Sí, sufrido y resquemado testigo, hablando de mi caso, precisamente, cuando Joan empezaba a adentrarse en la senda oscura de esa fuerza que le impulsó y que a tantos nos levantó del sillón frente al televisor, un camino turbio en el que se internó, y que sirvió a tanta existencia anodina como un motivo para sentir engrandecida su triste miseria, apoyándose en la más estulta de las mezquindades, condenándole a la marginación y al desdén, con esa natural osadía que engendra una ignorancia de la que indefectiblemente se jactan los más obtusos.

Garriga primer plano¡Joan, macho! Me ganaste, y aún hoy me escuece aquella derrota, ¡coño!.

Joan, amigo, piloto, espero que ahora, por fin, hayas llegado a Venus en ese barco de Mecano.

Hasta siempre.

Tomás Pérez

-Con mi encarecido agradecimiento a Santi Ayala, redactor jefe de Moto Verde, por su colaboración para documentar y dar rigor a este breve relato.

-Recorte de prensa tomado de la Revista Motociclismo

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