El AVE en una rueda

Escrito por Tomás Pérez el .

Una invitación al lector para que, empleando su imaginación, intente abarcar con la mente lo que se vive sobre una MotoGP al final de la recta de Mugello, como lo que hemos presenciado en este pasado fin de semana (Sigue Leyendo).

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Pongamos de relieve nuestra imaginación y dibujemos con ella una escena que nos resultará de lo más reveladora, aunque más incluso que eso, lo que seguramente nos dejará es con el cuerpo sobrecogido. Imaginemos que vamos viajando confortablemente en el AVE un buen rato después de haber arrancado y de haber dejado atrás las últimas casas de nuestra ciudad de partida. Imaginemos que dejamos perderse la mirada a través de la amplitud acristalada que se abre ante nosotros, y contemplamos entonces el horizonte estático en el fondo, con algunos elementos del paisaje, como pequeños cerros y algunos grupos de árboles que pasan un poco más cerca de nuestra perspectiva a ritmo de desfile. De repente, el corte seco y abrupto de la entrada en un túnel levanta en la centésima parte de una milésima un muro de oscuridad que devora todas nuestras referencias, tan sólo el ruido exterior, que nos llega en forma de rumor apagado tras el aislamiento del vagón, y la suave vibración del convoy nos recuerdan que vamos en movimiento, pero nunca a la velocidad de vuelo terrestre a la que el tren se desplaza.

Igual que en ese lapso imperceptible para nuestros sentidos se corrió el muro de oscuridad, se despliega a continuación la luz cegadora del día, con el paso en un vértigo inaudito del terreno y sus contenidos que se nos aparecen en primer término.
Es imposible distinguir la mayoría de ellos, y si tratásemos de fijar nuestra atención sobre alguno, aunque fuese en el tiempo de apertura y cierre de la foto más fugaz, lo más probable es que terminásemos mareados. La velocidad es tan descomunal que ciega nuestra capacidad de apreciarla con los signos y los elementos que cruzan nuestra mirada en el plano cercano. Y es en ese momento cuando levantamos la vista para hacer una lectura del display luminoso que corre en el frente, sobre el zócalo superior del vagón. La cifra: Los Trescientos. 300 Km/h a ras de suelo sugieren el despegue inmediato, si se piensa bien, para sentirse mucho más seguro, a esa velocidad, suspendido en el aire a bordo de un jet.

Bien, volvamos a nuestro momento de imaginación, e imaginemos, valga la redundancia, que mientras volvemos a mirar a través de esa sólida ventanilla para ver pasar el paisaje rasante ante nosotros a esa velocidad de aviación, imaginemos, como digo, que aparece desde atrás la figura de un motorista, un piloto, perfectamente acoplado a la ergonomía de su moto de competición, adelantándonos con toda claridad, en una buena pasada, y además nos percatamos de un detalle:

jorge lorenzo mugello¡La moto nos rebasa a 350 por hora con la rueda delantera levantada a más de un palmo del suelo!

¿A que resulta imposible imaginarlo?

Bien. Pues el primero en describirme este detalle, no ya el de la extrema velocidad, que es pública y muy conocida, sino el de la rueda delantera en vilo, fue Bautista en la entrevista que le hicimos a principios de esta temporada, y la verdad es que en el momento de escucharle no salí de mi asombro, de mi escepticismo, para ser sinceros, a pesar de que la figura de Álvaro me ofrece más credibilidad que la propia firma de un notario. Sí, ciertamente, me costó varios días asimilar una secuencia tan inverosímil como el final de recta de Mugello, con su tenue cambio de rasante, imperceptible a una velocidad de autopista y que sólo muestra sus efectos, al parecer, bastante por encima de los trescientos.

Una secuencia que no puedes asimilar, un trance prácticamente imposible de abarcar con la mente, que presenciamos cada año con la llegada del mundial de MotoGP a la pista de La Toscana.

Tomás Pérez

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