Álvaro Bultó: Wingfly, Bultaco, Sete y... 24 Horas

Escrito por Tomás Pérez el .

Nos ha dejado un explorador de la aventura, una de esas personas que deben servir como referencia por su inagotable entusiasmo, por su capacidad para regenerar permanentemente un pozo de energía. Entre todas esas facetas de la aventura, qué duda cabe de que La Moto, tiene un lugar destacado, aunque fuera hace décadas (Sigue Leyendo).

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Siempre he dicho que la moto, al menos para mí, es un medio de sentir con inaudita intensidad esta experiencia humana por la que ahora trasiega nuestra espiritual existencia, Haciendo una hipérbole, la intensidad con la que nos llega todo lo que nos rodea nos lanza la vida a bocajarro.

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Pero la moto es un medio, no la vida en sí, desde luego, un medio como otros muchos que he practicado, como puedan ser el paracaidismo o la bici de montaña en un descenso o el wind surf, algo de alpinismo en mi remota y primera juventud, o algunos que siempre he admirado, como el surf, el ala delta o el submarinismo y otros a los que, francamente, lo que me hacen sentir es pura envidia (la sana no existe). Por ejemplo, la aventura oceánica en vela, el parkour, las acrobacias en monopatín o en BMX y , desde luego, lo último y que se me sugiere como lo más excitante: El Wingfly.

Un deporte excitante como pocos del que digo con la boca pequeñas que tal vez algún día quisiera probar, cuando en mi fuero interno sé que ahora, con mis 55, ni siquiera con diez menos, me hubiera atrevido, ni me atreveré ni siquiera a vestirme su espectacular traje con alas.

Alvaro Bultó, con 51 años, era uno de sus pioneros y uno de los expertos en algo tan preciso y arriesgado. Pero se preguntará el lector de por qué he elaborado este editorial para las páginas de Super7 como homenaje de este aventurero, insigne donde los haya. Algunos adivinarán que es por el entronque de su protagonista en una de las familias que representa uno de los pilares sobre los que se ha edificado el motociclismo de nuestro país, y sí, en cierto modo tendría en es punto su justificación, pero sólo en parte, sólo en una pequeña parte. Otros pensarán en su parentesco con nuestro primer subcampeón del Mundo de MotoGP, Sete Gibernau, y estará en los cierto, pero, también, sólo, sólo en parte.

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Bien, entonces ¿por qué?
Pues corría el año de mil novecientos… ¿setenta y cuál? La verdad, no lo recuerdo bien, cuando sufría la más inimaginable de las frustraciones al no poder participar en la edición de las 24 horas de Montjuich de aquel año. Miraba las motos pasar con una inconmensurable envidia, que comenzó a disiparse muy lentamente con la caída de la noche. Contemplaba el paso de aquellas siluetas en cadenciosa armonía, moto y piloto, bajo la tibia luz de las farolas urbanas y el resplandor ocasional del flash con el que algún fotógrafo furtivo trataba de captarlos para la inmortalidad. Les vi en El Griego, en La Agricultura, en la Font del Gat y sobre todo en el interio del ángulo de Miramar, donde las motos pasaban tan cerca y tan lentas que casi podías tocarlas. Entre ellas destacaba una Kawasaki de silueta espectacular, diseñada y
Esculpida en la propia Barcelona por un creador del diseño entonces (ignoro qué ha sido de él) que adoptó como nombre comerial su propio apellido: Guzmá.

Un carenado bifaro, amplio y voluptuoso, con las formas que marcaban la vanguardia en aquellos años, y con un detalle único que le daba un aire absolutamente galáctico: Un auténtico alerón, con su cuerpo propio, y no el mero resalte de un spoiler, montado sobre el extremo del colín. Repasando la lista de inscritos, figuraban dos nombre, o mejor dicho, tan sólo dos apellidos, piltotando aquella belleza:
Lasheras-Bultó.

Tomás Pérez

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