La Generación del Empujón

Escrito por Tomás Pérez el .

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Un editorial sobre una práctica sufrida pero necesaria que los que pasan de los cincuenta conocen y han interiorizado hasta practicarla en sueños, mientras que la mayoría de los que no han cumplido los 25 tan sólo han oído hablar de ella como una maniobra perteneciente casi a los albores de La Moto (Sigue Leyendo).

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En los últimos días de la primavera 2013.

Una canción de la Creedence –no recuerdo exactamente cuál- flotaba en la atmósfera del garito mientras charlaba con unos cuantos amigos vestidos de negro, con chalecos parcheados por la espalda y alicatados de chapas en el frente. Sí, de esos amigos que viven el Lado Oscuro de la Moto.

Al sonar por primera vez el estribillo del tema, vi a través de la amplia ventana cómo otro grupo de colegas de negro, muy jóvenes todos ellos, corrían empujando una preciosa Softail, vestida de plata y rematada por el cromado de una horquilla Springel, con su motorista sentado sobre ella, intentando arrancarla a lo largo de la estrechez de la calle, aprovechando su suave pendiente. Por esa vez, sólo contemplé el empujón prolongado, sin prestar atención al momento en el que dejarían caer toda la inercia sobre el motor para intentar ponerlo en marcha.

imagesAl sonar por segunda vez el estribillo de la canción, vi cruzar de nuevo al grupo a lo largo de la cristalera, en sentido contrario y remontando la leve cuesta para abordar un nuevo intento. Un minuto después, algo me distrajo –no recuerdo muy bien el qué- en el fondo del bar y me privó de ver el segundo empujón.
Ya me había olvidado de la Softail plateada que se negaba a arrancar y de los amigos que se enfrentaban a su empecinamiento, y cuando sonaba un nuevo tema de los clásicos del rock: el Hot Dog de Led Zeppelin, vi pasar por tercera vez aquella Harley, tozuda como una mula torda, con su motorista encima y la estela de esforzados colegas detrás. Pero esta vez me acerqué a la ventana con premura y me mantuve de pie para examinar con atención cómo ejecutaban finalmente la maniobra. Entonces observé, un tanto desconcertado, cómo el conductor, un joven alto y espigado, sí, pero que no bajaría de los ochenta kilos, simplemente, intentaba arrancar su moto soltando el embrague. Ningún movimiento del cuerpo. Ningún gesto. Sólo soltando el embrague. Naturalmente, la rueda se quedó clavada arrastrando por el asfalto y el motor ni se inmutó.

Inmediatamente sentí, más que el impulso, la necesidad de salir del bar para pedir al grupo de jóvenes un nuevo intento conmigo encima. Dicho y hecho.
Lo cierto es que no las tenía todas conmigo, más bien muy pocas, sobre todo mientras llevábamos aquella mole en plata calle arriba y pensaba en la brutal compresión que gasta el bicilíndrico más legendario de la historia.

descargaInicié la carrera subido a lomos de la Softail, la dejé ir unos metros, no demasiados, hasta alcanzar una velocidad que estimé suficiente, puse mi 1,91 completamente en pie y dejé caer los 102 kilos del que subscribe sobre el asiento, sincronizando la culada con el momento justo de soltar el embrague.

La rueda trasera agarró como una lapa y al instante, y el estruendo de aquellos escapes –juraría que unos Screamin Eagle- trepó como una yedra fulgurante por las fachadas de la calle.
Hubo suerte, la moto gozaba de una perfecta puesta a punto y sólo sufría una batería algo baja de carga. Nada más.

Me bajé de la Softail y la entregué a su dueño, confieso que sintiendo una satisfacción que seguramente desbordaría en mi sonrisa. Y fue en ese momento cuando me quedé muy sorprendido con la reacción, no sólo del pequeño grupo que empujaba, sino también con la de algunos otros que habían salido a la puerta del garito para presenciar el pequeño espectáculo.
Algunos me miraban con cierta curiosidad, otros con complacencia, otros más con una extraña admiración y sobre todo uno de ellos, no recuerdo bien si el propio dueño o uno de los chicos que empujaban, me contemplaba como lo haría el nativo africano al brujo de su tribu.

No entendía nada, la verdad, y me volví al bar, con una sonrisa, sí, pero seguro que con un matiz un tanto lelo. No comprendía cómo una maniobra tan simple, tan común, tan imprescindible y a veces tan vital podía despertar esa reacción entre aquellos jóvenes amigos. Semanas después, cuando describía la escena a un viejo compañero, él mismo me abrió los ojos.

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