El Momento sin Sangre

Escrito por Tomás Pérez el .

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Un relato de la moto encuadrado en el género fantástico, que bien podía seguir la línea de Stephen King o que bien podría resultar tan real como una noticia de sucesos (Sigue Leyendo)

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Cinco, seis cervezas encima, y Van Morrison desgranando las notas de un blues, que se quedan suspendidas en la atmósfera. Sí, una atmósfera teñida con la luz otoñal de los rayos caídos, los más oblicuos del día, que se filtran a través de la cristalera.

Este es mi bar. Ésta es su esencia.
Y con la siguiente cerveza, Tom Waits, el Álter ego musical de Bukowski, suena para que la estancia tome altura, y se eleve sobre la mundana forma de entender la vida que envuelve al resto del planeta. En ese momento, en el que percibo el pasado, todo lo que me rodea y el futuro a través de una instantánea clarividencia, siento una presencia que sospecho conocida mientras mantengo la mirada suspendida sobre la espuma de la rubia. Mi nombre, finalmente, suena a la espalda para confirmar nuestra afinidad.

-¿Cómo estás?
-Ahora mismo en la gloria…, o en el limbo. No sabría decirte.
Le respondo, mirándole sin verle, para que a continuación se abra un silencio entre nosotros que cubre, finalmente, la voz grave y aspirada de Jhon Lee Hooker sobre los acordes de una canción tan sencilla como antigua. Entonces observo con más detenimiento a mi acompañante recién llegado y aprecio en él un semblante contraído, con la expresión dada de sí, como recuperando un resuello tardío tras una aguda desazón.
-Un Jack Daniel´s –le escucho demandar al tabernero con el mismo tono que si se tratase del farmacéutico que guarda en la rebotica el alivio instantáneo para devolverle el sosiego.
-¿Lo quieres solo o con hielo?
-No, no. Pónmelo solo, por favor.

El aroma a madera añeja del licor me llega con toda su fuerza un momento antes de echarse el vaso al coleto, de un solo trago. Dos segundos después, deja escapar el suspiro que retenía en su pecho, impregnado con la esencia destilada en Tenessee: Todo un bofetón en plena cara que termina por sacarme, ¡maldita sea!, del placentero momento de abstracción en el que mecía mi mente.

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