Una Ruta sin Cambio

Escrito por Tomás Pérez el .

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¿Reúne un scooter medio de hoy las condiciones de una moto de turismo para hacer una gran travesía exprés? Es una pregunta que se harán muchos motoristas y también, a buen seguro, un buen número de usuarios que ven en las dos ruedas únicamente su lado más práctico. En este relato se trata de dar respuesta a este interrogante, pero, eso sí, siguiendo la línea de Super7: Escrito en clave literaria (Sigue Leyendo)

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Bien. Vamos a tratar de responder con esta maxi prueba, o con esta pequeña locura, según más de un amigo, que he cometido.
El Viaje: Muy semejante en recorrido y planteamiento al que hice sobre una naked hace muy pocas fechas, de puente a puente, como quien dice. Tendría que hacerse en menos de un día, tendría que ser de ida y vuelta, y tendría que transcurrir por autovía en su totalidad, para que no hubiera ningún aliciente en la conducción que no fuera el mero placer de viajar, de escaparse, y la propia imaginación del motorista.
Esta vez apunté al Sureste de Madrid, y fijé en Murcia el punto de retorno. A tan sólo un pelo de los 800 kilómetros –aunque luego los superaría con un turismo local en petit comité.
Antes de nada, me pongo en situación y, a la hora de elegir el equipamiento, no lo tengo nada sencillo. La primavera tiene la virtud, como ninguna otra estación, de hacer oscilar el termómetro varias veces al cabo del día, desde el calor temprano y picante del mediodía hasta el frío más crudo e inesperado, emboscado en la madrugada de La Meseta. Por tanto, debo contar con dos chaquetas de talla 58, que con sus correspondientes protecciones, dejarán muy mermado el generoso espacio que se esconde bajo el asiento. Botas, guantes finos y los guantes más gruesos, que tengo también (talla XXL); así es que finalmente el maletero queda atestado con algunos problemas, incluso para que los pestillos del asiento encajen en su sitio.

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Esta vez me ahorro el madrugón y dejo para otra ocasión esa sana costumbre, tradicionalmente española, de arrancar con la Fresca. Las once de la mañana parece una buena hora, pero un viento, predicho ya por las páginas metereológicas, echa por tierra cualquier ilusión y cambia en un momento mi actitud de aventurero por la de un aguerrido motorista, dispuesto a enfrentarse con su peor enemigo, soplando a 20 km/h de media, con rachas de 40. Un viento serio para una moto y violento para conducir un scooter sobre dos ruedas de tan sólo 15 pulgadas, frente a las 17 que habitualmente se manejan en el mundo de la moto.

Arranco preparado, concentrado con esa mentalidad aguerrida para luchar contra el viento. Sin embargo, al tomar la autovía y dejar que la Maxsym 400 alcanzara la velocidad de crucero que había previsto (no podía arriesgar ni un solo punto del carné), siento con sorpresa cómo el viento no me castiga tanto para exigirme el esfuerzo que debería hacer para luchar contra sus embestidas y, sobre todo, para mantener el Maxsym sobre el carril de la autovía. La protección que ofrece la carrocería es de las más completas del mercado, tratándose de un scooter medio.

Siento chocar el viento contra el frontal y aprecio claramente el esfuerzo del motor, y pienso en cómo va a aumentar el consumo y a recortarse la autonomía, luchando contra esa mano invisible que retiene mi marcha. Así transcurre una etapa que llega, más o menos, hasta que abandono la A-3, a unos 170 km de Madrid, para tomar rumbo al Sur. Allí, casi sin darme cuenta, desaparece el viento y, a partir de ese momento, el viaje pasa a ser una verdadera delicia, un auténtico placer. Todo confort, disfrutando del panorama con paradas instantáneas para tomar fotos, y llegando a la capital murciana con el físico en las mismas condiciones que si hubiera viajado a bordo de un coche medio.

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