Una Aventura sobre un Secador (Los Planetas Vespa II)

Escrito por Tomás Pérez el .

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Más de dos mil kilómetros recorridos en menos de una semana, hace casi treinta años y sobre el vehículo de dos ruedas más urbano que jamás se ha concebido (Sigue Leyendo)

Copia de fm7



 Verano de 1.984

Vespa P-200-E, Iris, elestart. Quizá demasiado nombre para tan sólo una modesta Vespa. Sin embargo no era así, al menos para mí. Sí, ya sé que la vespa no es una moto, aunque tampoco es un scooter como los que ahora culebrean entre los coches atrapados en la urbe; por eso aquella vespa, con su embrague, su cambio de marchas y su freno trasero accionado a pedal, me transmitía más sensación de moto que de scooter, a pesar de su llanta de diez y su chasis abierto.

Era una moto… ¿cómo decirlo? Acogedora y también, en cierto modo, un lujo para la época. Intermitentes, chivato de reserva, indicador del nivel de gasolina, un sistema que estabilizaba las luces un poco por encima del ralentí y no fundía las bombillas, engrase separado, automático y constante; y el mayor de los lujos: Arranque eléctrico.

vespa iris 3

A pesar de ser el vehículo más urbano que jamás se haya concebido, enseguida me sugirió la idea de la aventura, que irrumpió en mi mente convirtiéndose en una necesidad, casi en una obligación de sentir la libertad subido en ella. Rápidamente comencé a proyectar un viaje difícil de entender hoy en día, con las mentalidades prácticas o con las prestaciones y comodidades que brindan incluso las motos más modestas.
El viaje tenía que ser por fuerza variado. El mar, la montaña, el mar otra vez…, y además debía dotarle de otra característica para hacerlo realmente grande. Debía ser Internacional.

Hacía años que tenía en mente una ruta de considerable longitud para cualquier moto, una gran ruta, pero con la particularidad de no alejarse demasiado del origen, no más de 600 o 700 kilómetros del Madrid en el que vivía entonces, y en el que continúo viviendo. Tendría un primer tercio que abarcaría un par de etapas con parada y fonda en casas de amigos y familiares. Y después, El Gran Salto al Vacío: la península ibérica recorrida de extremo a extremo por su lado más largo, por el Norte. Un vano cubierto únicamente por la precariedad de mi montura, expuesto a los elementos, al calor, a la noche y a una soledad de náufrago propiciada por la extrañeza de un idioma ajeno. Una verdadera tentación para un espíritu aventurero de escasos posibles, pero atiborrado de una inconmensurable ilusión.

La salida no tuvo ninguna historia reseñable salvo los llamativos preparativos con los que había equipado, o más bien debería decir pertrechado, mi flamante Vespa. En la parte trasera del portabultos se veían atados por sendos pulpos el cristal del parabrisas y el que un día fue un bidón de anticongelante relleno esa vez por otro líquido rosado: Gasolina de 96 NO. Había que dotarle de una extensión a la escasa autonomía de la Vespa.
Salí, sí, bajo un sol abrasador y en camiseta de tirantes, claro está, luciendo un urbano bronceado en brazos y hombros y en parte del pecho. Si me hubiese visto Manolo Escobar, se habría felicitado por encontrar hecho realidad el paradigma de hombre español que predica en cada uno de sus cantes. No tenía la sensación de emprender un largo viaje, de lanzarme a una aventura de más de dos mil kilómetros, sino más bien una correría veraniega hasta Benicásim, donde me esperaba mi amiga Isabel en su coqueto apartamento. Por la noche, desde la terraza de su séptimo piso, contemplaba la Vespa, comenzaba a mirarla mientras mi pecho se henchía de un épico orgullo. Cualquiera que diría que miraba embobado una gran Harley dispuesta a internarse en los inmensos vacíos de la Ruta 66.

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