Extra... Vagante

Escrito por Tomás Pérez el .

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El viaje sin rumbo ni destino, sin etapas prefijadas ni tiempo de duración. El viaje que todo motorista anhela en su interior más libertario. Errar, sentirse errante, vagar, ir de acá para allá como un ser vagante y, un poco más allá de eso, sentirse un individuo extra… vagante. Un reportaje eminentemente motorista que ahonda en el rincón más ulterior del ser humano.

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Dentro de la mayoría de los motoristas anida un espíritu libertario que crea en su fuero interno un anhelo, un deseo o incluso un sueño: El de arrancar una mañana el motor y partir sin rumbo ni destino, sin etapas y sin límites, para un viaje sin moldes ni cuadrículas. En una palabra: Sin cortapisas de ningún tipo.

Ese deseo de libertad que brota permanentemente del corazón del motorista le empuja siempre a escapar, tal vez, de la monotonía, tal vez de la cotidiana vorágine urbana o tal vez de las obligaciones que impone una vida cargada de responsabilidad. Son siempre fugas breves hasta la montaña más próxima o los acantilados más cercanos, escapadas cortas durante las que el motorista sueña con perderse por una senda que ya conoce de sobra, jugando al abandono ante encrucijadas de archisabidos destinos, hasta que al fin, de una manera irremisible, vuelve a las pocas horas a bajar por la rampa de su urbano garaje.

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Este reportaje va dirigido a todo aquel motorista que hasta ahora no haya podido dar rienda suelta a ese anhelo de vagar por los caminos. Este reportaje pretende transmitirle esas sensaciones, las impresiones y también los sentimientos que podrían atravesarle el cuerpo si por fin emprendiera esa particular aventura.

En cualquier caso, no es un viaje fácil, ante todo porque no resulta fácil elegir su momento. Hay vidas que transitan a lo largo de una línea regular de suaves pendientes, pero hay otras que a veces alcanzan determinados puntos en los que parecen detenerse. Son momentos de tránsito en los que uno se halla delante de una múltiple encrucijada y se siente vagando indeciso, como deambulando por los corredores de uno de esos inmensos aeropuertos de transbordo sin saber qué billete comprar, qué vuelo tomar.

Tal vez el autor de este trabajo se halle ahora en uno de esos momentos de tránsito sin saber aún a qué avión subirse. Tal vez en una situación así haya llegado el momento ideal para partir en ese viaje en moto sin rumbo, sin etapas ni destino.

Bien. Vamos allá.

Fuera el reloj y desde luego fuera el teléfono; una pequeña bolsa de viaje con cuatro mudas y poco más que el cepillo de dientes. No hay mapa, no hay navegador, no hay ni siquiera un traje de agua. Y, como consigna, la renuncia a consultar las previsiones meteorológicas.

Me siento sobre la moto y hago cada movimiento con una sentida lentitud, para darle toda esa solemnidad que recalca la trascendencia de la partida. Contacto. Motor en marcha, y avanzo lentamente a lo largo de los primeros metros viendo desfilar por mis costados los escaparates y las aceras cuajadas de peatones que se mueven con paso febril a primera hora de la mañana. Mientras la ciudad pasa ante mí, las primeras notas de una canción y las primeras palabras que las acompañan suenan de forma espontánea e inesperada dentro de mi cabeza. Se trata de una melodía que inspira como pocas esa sensación de partida hacia ninguna parte: Sentimientos de Amor del grupo Triana.

El rock sinfónico del grupo andaluz me acompaña hasta la circunvalación para que a partir de esa vía no sea mi voluntad ni tampoco el pretendido destino quien guíe mis pasos. A partir de allí es la Gravedad quien toma el protagonismo, quien gobierna. Como dice un buen amigo: La gravedad siempre te lleva hacia el Sur, y, entregado, dejo caer la moto con ese rumbo guiada desde el manillar.

Un trasiego tedioso y previo entre el tráfico excitado que cubre los primeros kilómetros de la ruta hasta que por fin logro zafarme del último vestigio urbano, justo en el umbral de una planicie que amarillea bajo un sol de primavera. Me dejo llevar por esa inercia vagabunda que empieza a calar en mi espíritu mientras cruzo un páramo sobre el que comienza a levantarse una nube de polvo que presagia una travesía hostil, como ingrediente de una incertidumbre que pone el punto aventurero a esta nómada experiencia. Es la primera situación que pone de manifiesto, incluso con violencia, esa inaudita intensidad con la que te traspasa todo lo que te rodea cuando viajas sobre una motocicleta, una intensidad que llega a dibujar esa frase:
La Moto te lanza la Vida a bocajarro.

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El viento devora mis anhelos de libertad y la moto reclama todo mi esfuerzo y concentración para mantenerla dentro de la carretera, lo mismo que un cascarón en medio de la tempestad oceánica. Así, en plena lucha, logro avanzar dos docenas de leguas hasta que por fin encuentro una tregua al resguardo de una posada blasonada por la impronta de una hidalguía secular. 

Después de reponer fuerzas y adentrarme de nuevo en la ruta no sé decir muy bien si es que el viento ha amainado o es que mi mente y mis músculos se han adaptado a sus bofetadas racheadas o a su empuje mantenido con la peor intención desde el flanco derecho. Lo cierto es que ya no lo siento igual, ya no acapara toda mi atención y puedo dejar de nuevo que las extraordinarias sensaciones que trae consigo el devenir de este viaje perdido me lleguen de nuevo para dejar volar la imaginación, manejando, eso sí, con cierta fantasía, cada instantánea que retengo en mi retina como si estuviera confeccionando el reportaje de mi vida.

Observo a estribor cómo el cielo toma un tono anaranjado mientras el sol surca su irremisible camino hacia la línea del horizonte. Poco a poco y de una forma casi imperceptible, el cielo va adquiriendo un tinte rojo que se hace intenso como el fuego cuando el ocaso marca su hora en lontananza. Por encima de esa hoguera extendida sobre el Oeste, le sigue la misma franja naranja que avanza y que poco a poco va tornando hacia un azul malva, mancillado por esa negra mancha que forma alguna nube extraviada que irrumpe en la sobriedad morada como un antojo cutáneo. Vuelvo la mirada, casi de reojo a la izquierda, y contemplo cómo ese azul celeste que ha sido protagonista del día va tomando un tinte más apagado, tiñéndose del oscuro marino, para luego formar una franja negra sobre el lado opuesto del horizonte, justo en el momento en el que los rescoldos del crepúsculo presiden el occidente de esa planicie que se ha convertido a esa hora en un celestial espectáculo de cromatismo.