Larga Noche de Julio

Escrito por Tomás Pérez el .

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Un relato-descripción que trata de pintar hoy día una carrera inimaginable que alteraba el corazón de una ciudad durante el día, que transformaba su atmósfera al completo durante la noche y que además dio título a una pésima película. (Sigue Leyendo)

pelicula


 

El calor de julio se agacha como una fiera a regañadientes cuando llega el crepúsculo. No hace sino permanecer agazapado en la oscuridad, aguardando el primer esbozo del nuevo día para alzarse y sacudir con toda su bravura al incauto caminante o al turista despistado. Pero aquella noche, además de todas las fragancias naturales y de la rica variedad de esencias que libera habitualmente su tupida flora al caer el sol, flotaba en el aire del parque otra gama de olores y un insólito surtido de sonidos, un ramillete de estridencias que se antojaban fuera de lugar al oído ignorante. Olores excitantes de sintético origen, sonidos guturales de vientos comprimidos, aullidos metálicos en resonancia y broncos bramidos mecánicos que se dejaban oír como lamentos desde el horizonte de la otra montaña de la ciudad. Ese concierto, que brotaba como de una multitud de fuentes unidas por un canal a través de todo el parque de Montjuïc, alcanzaba el cielo de Barcelona para esparcirse y envolver toda su masa urbana con la manta estruendosa de una traca nocturna que se prolongaba durante la madrugada, que como una mascletá inagotable sobrevivía al alba y al mediodía y que alcanzaba con sus rescoldos la hora señalada: las ocho de la tarde. Cuando los oídos saturados y dormidos, el público colmado y cegado, las máquinas sucias y descoloridas, los motores aceitosos y humeantes, y los escasos pilotos que habían terminado, con las reservas agotadas desde horas antes y con una sonrisa de inconmensurable satisfacción. Las 24 Horas de Montjuïc trastocaban el sueño barcelonés con su magia irrepetible; una reedición motorista de la Noche de San Juan cuando sus cenizas flotaban aún sobre la cuadrícula de El Eixample, los pasadizos del Barrio Gótico o las callejas de Gracia.

salidaLos pilotos no eran ajenos a la noche del parque, a pesar de navegar como un obús a través de ella.
Subir San Jorge tras los haces inclinados de la moto y sumergido en el follaje del parque era viajar vertiginosamente a través de un túnel estampado de hojas caducas, con paredes de corteza verde y una bóveda cuajada de estrellas. La recta de Las Picornells les elevaba hasta la cima del circuito: El Estadio; y a medida que ascendían, la suavidad de su rampa se antojaba como una pista de despegue hacia el oscuro infinito, que se sentía cuando la moto volaba durante unos metros ingrávidos. Después de tomar tierra, una bajada en picado les echaba encima el ángulo de Miramar. La pista se estrechaba de repente mientras una imponente barrera de troncos se disponía al frente, como un pelotón de fornidos gastadores que les invitaba a tirarse a la izquierda, hasta casi perder el sentido de la verticalidad para continuar bajando la montaña. Se presentaban medio centenar de metros más abajo en el la curva de El Etnológico, con el hombro izquierdo pretendiendo acariciar el muro, y se echaban después en los brazos de un peralte de velódromo. Era como lanzarse por el tobogán de una fábula medieval para llegar a La Font del gat, la curva más tenebrosa y fantástica del recorrido, un paso transilvano en el que se veían navegando dentro de la atracción del terror en un parque temático. Casi sin levantar la moto del lado izquierdo se abalanzaban sobre la curva de El Teatro Griego.

Charla 24 horas

¡Qué piloto puede soñar alguna vez con un pasaje de semejante talla cultural saliéndole al paso en una carrera! En medio de tanto profesionalismo, que alabo ahora y he anhelado durante años, es imposible imaginar una curva de peralte invertido, apoyo equilibrista y ápice oculto que deje en su margen un rincón ilustre en el que se representan textos de Eurípides, versos de Calderón, pentatónicas de Charley Parker o las canciones de Serrat que han escrito la banda sonora de toda una generación. Dos leves inclinaciones en llano, a izquierda y derecha, les entregaban al viraje de nombre más bello y sugerente del recorrido. El Mercado de las flores. Aún el sábado o el domingo de la carrera flotaba en ese rincón del parque la mezcla de perfumes que se liberaba cada martes o cada jueves, no recuerdo el día que se montaba ese zoco florido, y regalaba a los pilotos sin saberlo un estigma de velado placer en medio de su maratoniano frenesí. Una recta trazada con tiralíneas concluía el descenso y desembocaba en el codo de La Guardia Urbana, un tramo que les recordaba cada vuelta que su esforzada carrera transitaba por los cruces y las calles de una ciudad, con nombres de notables que se olvidan, como los de cualquiera de ellas. El mismo tiralíneas trazaba la recta siguiente, la que dejaba a la derecha el escaparate barcelonés de La Feria de Muestras y a la izquierda la majestuosa fuente sinfónica, con su colorido acuático sumido en el sueño y oculta tras los boxes. Los pilotos buscaban sus referencias alumbradas por un portátil o una linterna en la pizarra de su equipo. Un momento después, las luces de aquel pit lane eventual y de uno de los rincones más vistosos de la ciudad se apagaban de repente para retornar otra vuelta más a la oscuridad del túnel frondoso de hojas palmípedas, rematado por una carpa estelar, que los conducía subiendo por la La Pérgola, cambiando a derechas en La Contrapérgola y trazando la larga de izquierdas del El Pueblo Español, que los catapultaba nuevamente a la excitante subida de San Jorge.