De A Coruña a A Coruña pasando por Bulgaria, Turquía, Georgia, Rusia y Polonia - Cuarta etapa

Escrito por Enrique de Vidania el .

La cuarta etapa de este fantástico viaje de nuestro amigo Enrique de Vidania escrito bajo el título de “Quique on the road” nos lleva desde Tiflis  (Georgia) a Moscú. (Sigue leyendo)

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En aquel tiempo. Cuando me encontraba bien cómodo en el sofá de casa planificando el viaje, me surgió la duda: —«¿Permanezco un día más en Turquía, o por el contrario realizo una escala en Tiflis?. Tres semanas antes de partir, efectúo un viaje desde Santiago de Compostela a Las Palmas de Gran Canarias, donde surge en mí, grandes dudas. Otra duda que me pasaba por la cabeza era que si me quedaba ese día de relax en la capital georgiana cruzaría la frontera en domingo y desconozco si estaría cerrado o no.

En la tarde de ese fin de semana en Las Palmas, charlando con mi padre sobre el asunto me apunta: ¡Hijo, la frontera no cierra porque sea domingo; puedes cruzarla perfectamente!» Así que tema resuelto. ´Me quedaré en Tiflis que además será uno de esos lugares que no creo que vuelva en mi vida así que lo aprovechare.

De todas maneras, en caso de cualquier contratiempo, no me inquieta tanto; voy con dos días de margen para si se presenta algún que otro inconveniente.

Soy consciente que para alcanzar cualquiera de las fronteras, se recomienda hacerlo preferiblemente a primera hora de la mañana. Nunca conoces los acontecimientos improvisados que dificultan el curso normal de la entrada al país, con el consiguiente retraso que ello puede ocasionar. Por tanto, conocedor de esta circunstancia le insisto a Enri antes de retirarse a su habitación, que debemos de estar preparados para volver a la carretera a las 07:00 am.

Amanece. En la actualidad me despierto contento y entusiasmado. El calendario indica que hoy es domingo. Las calles de la ciudad están totalmente desérticas, por lo que Enri y yo, salimos prestos de Tiflis. Recorremos 20 km., y accedemos a «Georgia military highway» (b3). Recuerdo que aun estando en Galicia y tan sólo hacer referencia a este nombre me daba un poco de repelús. Todavía me producía bastante más recelo después que algún “iluminado” me contara que en esa zona se localizaban las fuerzas de seguridad con armamento pesado: con tanques y también con disparos. Acontecimiento que me produce tensión al tiempo que interno en la zona.

Circulamos con precaución, y puedo contemplar que la carretera no se diferencia en nada a las del resto del país. En los 165 km., que restan para arribar hasta la frontera, me percato que voy muy justo de gasolina. Ante la incertidumbre que me ocasiona no saber si al cruzar la frontera rusa encontraré una estación de servicio, escojo antes de cruzar el paso limítrofe para cargar el depósito de la gasolina. Además, como tampoco nos hemos detenido para desayunar, aprovechamos la coyuntura para matar dos pájaros de un tiro. Se sucede un kilómetro, dos… cinco, y no hallamos ninguna gasolinera. La vía se hace cada vez más cuesta arriba. Esta zona nos obliga a subir por un terreno de montaña, que además goza de unas preciosas vistas verde de todo el territorio, aparte de disfrutar de un día totalmente iluminado, donde el sol casca en la superficie. En este paraje solitario y silencioso, sólo veo alguna pequeña gasolinera de Diesel.

MontanasGeorgianas
En las montañas georgianas

Por reseñar un dato histórico. Hasta 1.991 que fue el momento que Georgia se independizó y perteneció a URSS, la relación entre ambos países fue de una tirantez profunda, hasta 2.008 donde surgió un punto de inflexión entre ambos países. Fue entonces en 2.010 cuando abrieron el paso fronterizo en Stepantsminda. Se supone que el linde se ubica entre las montañas, por lo que, antes de empezar a viajar intenté recapitular la mayor información posible de este lugar. A excepción de una pareja de asturianos nadie era capaz de informarme del estado del territorio. A pesar de que por aquel tiempo escuché miles de comentarios.  Finalmente acabé pensando que el desconocimiento del lugar de todas esas personas es aún más evidente que el mío, e hice oídos sordos a la masa de quienes sólo me hablan de oídas que no se habían levantado del sofá en toda su vida.

Mientras, en el instante que vamos alcanzando la cima del puerto, nos percatamos que un camión de frutas acaba de tener un accidente, y la calzada está repleta de la mercancía que transporta. Los vehículos que nos vamos acercando hasta el lugar acudimos al auxilio del conductor. Por supuesto, yo también detengo la Ducati; sin embargo, cuando verifico que otros conductores ya tienen la situación controlada, y que mi aportación será casi nula, me decanto por continuar el trayecto.

Acabamos de llegar al pueblo y justo en la cima de la montaña a 30 km., para alcanzar la frontera, puedo examinar que se haya asentada una estación de servicio. Desayunamos un capuccino y un croissant. Mientras que el camarero prepara el desayuno, yo, aprovecho para ponerme la camisa térmica, y entonces le comento a Enri. «A pesar de que el cielo está completamente despejado, en estas latitudes se nota como baja la temperatura de golpe».
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Llegando a la frontera georgiana

Salimos del local, y es hora de comenzar a despedirme de Enri. Nuestra ruta en compañía acaba en el puesto fronterizo que en breves kilómetros vamos a cruzar, y este parece el sitio apropiado para desearnos muy buen viaje y mucha suerte en la vida. Eso mismo hacemos. Nos damos un fuerte abrazo, y continuamos hasta el punto donde cada uno seguirá en solitario su aventura.

Finalmente completamos la distancia que me lleva al pueblo. Ya me encuentro ubicado en el pueblo fronterizo, en el cual se nota que es un espacio lindante por la cantidad de coches y de personas que se ubican en él. Me quedo atónito al cerciorarme que la frontera es más hacia delante. Prosigo por la carretera que ya deja de ser asfalto para convertirse en un camino de tierra y piedras hasta llegar al punto concreto. El tránsito de los camiones, han dejado grandes agujeros en la superficie, hecho que se torna complicado para circular con la moto. Las circunstancias nos obligan hacer off road, e ir de pie sobre los estribos de la moto. Tampoco puedo rebasar la segunda velocidad, e intento deshacerme a mi paso de aquellos camiones que van por delante, ya que me estorba en la visibilidad. Consecuencia de ello, ya me he zampado algún que otro socavón; y lo que menos quiero es tener un contratiempo que me pueda dañar la suspensión u ocasionar otra avería de mayor relevancia para la Ducati. Encima, doy las gracias al cielo por el buen tiempo que hace, debido a que, de estar lloviendo sería totalmente inviable transitar por este lugar.

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Frontera Georgia - Rusia

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Frontera Georgia - Rusia

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Frontera Georgia - Rusia

A mi alrededor solo puedo avistar una montaña. Las dos vías con sus correspondientes direcciones hay que atravesarlas por dos túneles que las separan. Que, dicho sea de paso, las goteras y la oscuridad que hay para completar ese espacio del trayecto, produce un miedo que acongoja al ser más valiente. Obviamente cuento con luz de la Multi, aunque reconozco que precisamente este elemento no es una de las cualidades más destacadas con las que cuenta, así que aminoro la velocidad, y paso como buenamente soy capaz para salir del segundo túnel que va en sentido de mi marcha.

A las 09:45 llego a la frontera. Como viene siendo habitual a lo largo del viaje a cada paso de la frontera; entrego el pasaporte, los papeles de la moto, y por consiguiente los agentes me dan el visto bueno para salir de Georgia, y ahora conduciré hasta el control de Rusia. —«¿Y esto? ¿tres kilómetros para pasar el control ruso? ¡alucino! ¡En mi vida había visto nada similar!»— me digo entre sorprendido e incrédulo. Y exclamo. —«¿No se supone que deben estar los controles seguidos uno del otro? —. Lógicamente, esa pregunta queda en el aire.

Por si fuera poco, lo que he visto, prosigo el camino para llegar al puesto de control. Una vez ahí, he de pasar por un espacio acotado en medio de rejas a cada lado, e inclusive por un túnel que se encuentra totalmente en penumbra, y donde se halla un número elevado de vehículos abandonados. —«Pero… ¿Qué gaitas pasa aquí? ¿Qué significan tantos vehículos ahí apostados en la más extrema desidia?»—. Hasta que, en ese preciso momento, abandono el interior del túnel, y me topo con el primer control de Rusia.

Tunel
Tunel frontera Georgia - Rusia

Me ubico delante de una caseta con la correspondiente valla bajada, y espero un momento. No se asoma ningún agente de seguridad, así que me decanto por apearme de la Ducati, y acercarme hasta la caseta. Cuando inesperadamente, veo como bajan de la montaña por la que antes transité a unos guerrilleros o soldados del ejército fuertemente armados; no sé muy bien qué nivel de seguridad nacional poseen, lo que sí puedo saber, es el miedo que se origina al verlos aparecer con esa actitud arrasadora, y hasta casi que también diría intimidatoria. El guarida fronterizo aparece y me solicita el pasaporte, y a su vez, me entregan un documento que se encuentra en inglés y en ruso. Unos papeles muy sencillos que he de rellenar con mis datos personales, la fecha de entrada, y también la fecha de salida del país. Me dan autorización para continuar hasta el segundo control, y es aquí donde al llegar veo que hay un exceso de vehículos, y me acomodo en la cola esperando mi turno.

Aprovecho este parón para detener la moto, y que de esa manera también se tome un respiro.  Me apeo de la moto y utilizo al baúl de la Ducati de mesa para rellenar el documento. Sin darme ni siquiera tiempo a empezar con la tarea, se aproximan hasta a mí tres señores que también se encuentran esperando su turno, y van con unas pintas un tanto extrañas haciéndome un puñado de las típicas preguntas que se le formulan a los foráneos: —«¿De dónde es? ¿De dónde viene? ¿A dónde va? ¿Está usted solo?»—. Me han sometido a un interrogatorio casi de tercer grado, y al que sólo me alcanza el tiempo para responder —«Vengo de España»—. —«¡Oh! Real Madrid y/o Barcelona»—, me vuelven a «interrogar».

Allá por noviembre, mientras estaba en casa de mis amigos Jaime Núñez y Cochi (moteros con dilatada experiencia en viajes) ya me aconsejaron que llevara conmigo bolígrafos, pegatinas, etcétera. Por el contrario, yo les comentaba que prefería llevar algún recuerdo del Madrid y del Barcelona, puesto que es aquello que las gentes de otros lugares del globo terráqueo identifican con España. Eso hice. En aquel entonces me acerqué a un bazar, y compré para transportar conmigo en el viaje diez postales de Leo Messi, y otras diez postales de Cristiano Ronaldo. Estos souvenirs que a priori parecen tan sólo una tontería por valor de veinte euros, pueden abrir más puertas que cualquier pasaporte del mundo o que cualquier tarjeta de crédito.

Aquellos tres hombres armenios se acomodan a mi alrededor, y finalmente sin esperar su ayuda son quienes me guían para completar el documento que debo de entregar a los militares que se encuentran apostados en el control fronterizo. Una vez concluido el papeleo, les obsequio a cada uno de ellos con una postal de Leo Messi y otra de Cristiano Ronaldo. La cara de aquellos hombres la recordaré siempre que rememore este viaje. Además, desde ese mismo momento tengo la certeza de que nunca dejaré de recordar el gesto de agradecimiento de uno de los armenios al regalarme el bolígrafo que me había prestado para cumplimentar el papeleo.

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Frontera Georgia - Rusia

Me vuelvo a montar en la Ducati, y desde aquí, ya espero a que sea mi turno. Me toca. Una vez más los agentes me requieren el pasaporte, la documentación de la moto, la carta verde, y el visado. El militar quien calculo que no tendrá aun los 30 años revisa minuciosamente una y otra vez, hasta un total de cuatro y cinco veces el pasaporte y el visado gesticulando un NO con la cabeza. Empiezo a impacientarme, y cavilo: —«No puede ponerme ninguna pega, porque el visado lo saqué a través de la empresa que me recomendó mi amigo Jaime Núñez, quien ya deposita alguna que otra experiencia en expedir pasaportes de esta característica»—. El agente sale del puesto de control, y se encamina con mi pasaporte entre sus manos hasta un compañero para preguntarle no sé qué tipo de cuestión. Mientras que un escalofrío recorre mi cuerpo, igual que si se tratara de un cubito de hielo buscando la salida entre la ropa, pienso a mil por hora: —«Como por laso de todas las desdichas tenga que regresar por donde mismo he venido, me muero de un disgusto»—.

El policía se acerca hasta donde me ubico, y nuevamente mira con interés el visado. Creo que quiere encontrar algún error. Deja transcurrir un buen rato hasta que se decide a poner el sello en la cartilla. —«¡UF! Exhalo un suspiro tan profundo igual que cuando salgo a flote de debajo del agua, y ya no me queda aire en los pulmones ni para medio respiro más»—. El agente entonces me indica: —«Continúe hasta el siguiente control. Es la aduana»—. Hasta allí me dirijo subido en la moto, y una vez en el lugar indicado, me hacen poseedor de un papel tamaño folio A4 en el que se me formulan de nuevo una serie de preguntas. El hándicap es que está escrito sólo en ruso, y a pesar de que le pregunto al agente de la aduana, me dice seco e incluso distante: —«Sólo ruso», no veo a nadie a mi alrededor que me pueda echar una mano; ni tan siquiera el propio agente a quien me he dirigido, y que me está ignorando.

Utilizo la táctica para buscar ayuda que siempre suele ser exitosa. Pregunto persona a persona hasta que doy con una mujer policía. Sin lugar a dudas, es mucho más amable y comprensiva que su compañero. Tiene conocimientos de inglés, y me ofrece su ayuda. Las preguntas que aquí se realizan hacen referencia a la comida, y a las bebidas que transporto, pero, sobre todo, a los datos de la moto, ya que, para acceder al país hay que ejecutar una importación temporal de la misma. A pesar de toda la ayuda que recibo de la mujer policía, me equivoco hasta en cuatro ocasiones.

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Frontera rusa

Lo acabo de revisar minuciosamente para evitar el rechazo, y me encamino hasta la caseta de la aduana. De nuevo me corresponde esperar. Es tal el desorden del recinto que no existe ni número para conocer el turno que corresponde al conductor, ni nada que facilite el orden de la cola. —«Esto es la ley de la selva. Aquí siempre vence el más fuerte o el más espabilado»—. Y de espabilado peco en esta ocasión. Gracias a que llevo puesta la chaqueta de la moto, que tiene las protecciones en los hombros y en los codos, me voy haciendo hueco entre los hombres que también esperan su desordenado turno. Con esta maña, me sitúo el segundo. Proporciono al agente de turno toda la documentación, y ahora sí… ¡Apto para cruzar la aduana!

Regreso sobre mis pasos hasta el espacio donde aparqué la moto y entrego toda la documentación en regla. Con la aprobación para cruzar la frontera en mis manos un policía me reclama: —«Abra la maleta lateral derecha, y también el baúl trasero»—. Justo ahora tiene que atascarse la dichosa cerradura, y no puedo abrirla de ninguna de las maneras, empiezo a sudar y a rezar para que abra por no decir que me acuerdo de todos los dioses-. Persevero en mi intento por abrirla, hasta que al final, clic la he abierto. El agente mira en el interior de la misma concienzudamente, y en el instante que coteja que lo único que porto es herramienta, y de la ropa que llevo para el viaje, no insiste más en su investigación, y me indica: – que continué-.

En el momento que me dispongo a proseguir mi camino, ahora sí, con toda la documentación sellada conforme los requisitos que me han exigido los agentes, y después de los malos ratos que me han hecho pasar, hay un coche delante de mí, del cual su conductor se encuentra en la zona de pasaportes. —«Encima, no tengo ni el mínimo espacio tanto por la izquierda como por la derecha del carril para poder pasar». Toco el claxon como si no hubiera más horas en el día, y hasta a mí se dirige una señora que hace las veces de copiloto del vehículo jurando en ruso que bien podría ser arameo, porque no hubiera notado la diferencia. No me quedo por detrás y a su vez levanto la voz aún más fuerte que ella en inglés y español básicamente mandándola a la mierda.—. Tan grande es mi enfado que intuyo han debido de coger miedo porque su marido ha salido veloz a quitar el coche del medio de la vía (después de todo me río a carcajadas).

—«Ya no veo la hora de salir de tantos controles»— pienso, y conduzco hasta el cuarto y último control en el que sencillamente sólo he de entregar el pasaporte y los documentos con los respectivos sellos que validan el pase por la frontera, y la aduana. Finalmente… ¡Estoy dentro de Rusia!

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Cuarto control en frontera rusa

Me sorprende que no haya una simple bandera, ni tampoco con un simple cartel como resulta ser habitual por el mundo donde se puede leer el típico ‘Welcome to russian’. Hecho éste que me produce cierta tristeza.

Al césar lo que es del césar, y al menos la carretera está asfaltada. Eso sí, menos mal que antes de acceder al país, y dejar a Enri para que continuase su andadura en solitario, y yo cruzar todo el periplo para llegar hasta aquí, puse gasolina. En todo este tramo del recorrido solamente me topo con cafeterías, por lo que, de no haber repostado, ahora mismo correría el riesgo de quedarme sin una gota de combustible y arrimado en el arcén.

He cruzado hace tan sólo 3 kilómetros la frontera, e ingenuo de mí, creo que ya ha acabado mi periplo con la policía local. Una patrulla se encarga de darme la bienvenida que no tuve justo al entrar al país, y me hacen señales acústicas para que me detenga desde el sentido por el que yo circulo contrario al suyo. Lo primero que pienso: —«No puede ser que vuelva a repetirse el hecho de Turquía por exceso de velocidad, ya que, voy respetando las señales». «Ya tenían razón los amigos, cuando me aconsejaban que respetase siempre los límites de velocidad obligatoria, y con una mayor precaución sobre aquellas limitaciones concernientes a las entradas de los países»—. Pienso en este momento en la famosa «mordida». La carretera es un tanto insólita. Por aquí casi no transita ningún tipo de vehículo en ambos sentidos. Entre medio de las montañas, solo puedo avistar un camión detenido, y a su par en dirección contraria a la mía, el coche de policía que me ha ordenado parar.

Uno de los dos agentes se dirige hacia mí, y lo hace en ruso. Yo le comento: —«Sorry. I do not speak Russian only English or Spanish»—. No me responde ni media, sólo me requiere el pasaporte, carnet de conducir internacional y carnet de conducir español— Acto seguido, me indica con la mano que me quedé justo al lado de la Ducati. Cruza la carretera, y se encamina hasta donde se encuentra su compañero quien está dialogando con el conductor de un camión. Han pasado unos minutos y ahora me hace un ademán para que me dirija hasta donde están ellos con el vehículo policial.

policia rusa
Policía rusa

Del mismo modo que en su momento hiciera en Turquía en esta ocasión también pongo en funcionamiento la cámara del casco por lo que pueda suceder. Los agentes me preguntan: —«a donde voy» Yo les respondo: —« a Moscú»—. Como si el interrogatorio fuera poco, continúan preguntando: —«por donde saldré del país»—: —«por  Letonia»—. Momento en el que los policías deben de comprender Estonia,  y respondo Estonia —«¡Qué más da por donde salga o deje de salir, si la cuestión es que salgo del país!»—. En esa circunstancia el policía revisa todas las hojas de las que consta mi carnet de conducir internacional, y también hace lo propio con el carnet de conducir español. Pienso que esto es un teatro ya que no entienden ni papa de lo que dice el carnet.. Circunstancias que ratifico cuando le enseñan mis permisos de conducción al camionero que está parado en el arcén, de nacionalidad ucraniana. Dialogan entre ellos, y finalmente me indica: —«OK. Continué»

Continúo tal como me indicó el policía, y a los pocos kilómetros veo un pequeño castillo desde el que ondea una bandera rusa. Me detengo para fotografiar la moto a los pies del castillo; de este modo, tendré una prueba gráfica para la historia de mi vida de haber transitado por Rusia. Una vez que realizo la fotografía, ahora sí, un poco más contento, continúo con mi viaje.

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En Rusia

Con todo el trasiego que he experimentado hoy entre: pasos fronterizos, revisiones de documentación, mal estado de las carreteras, etcétera, comienza la caída de la tarde sobre Rusia, y a mí me va a tocar pasar la primera noche a 200 kilómetros de la frontera; más concretamente en la ciudad de Pyatigorsk. En el momento que planifiqué este tramo del viaje, ya preveía que debía de hacer la primera noche en esta ciudad, porque no sabía cuánto tiempo tardaría en cruzar la frontera rusa. Algunos amigos que han viajado hasta esta parte del mundo me pusieron en guardia: —«Quique, cruzar de un lugar a otro de la frontera se tarda un promedio de entre cuatro o cinco horas»— me advertían en su día. Sin embargo, mi suerte debe de ser aún mayor que la de ellos, pues, yo la he atravesado en dos horas y media. —«Voy fantásticamente bien de tiempo»— Digo mientras miro el reloj quien me indica que son las 13:00.

Avanzo y traspaso el primer pueblo ruso que sale a mi paso ‘Nizhniy Lars Нижний Ларс’. Los demás conductores se quedan mirándome enmudecidos. Me resulta tan extraño igual que extravagante el contraste de los vehículos de alta gama con la era soviética de las famosas ladas.

Estoy a la salida del pueblo, cuando… ¡Zas! Otro policía que nada tiene que ver con los anteriores, me indica que detenga la marcha. —«¿Esto es una plaga o un castigo celestial?»— digo con tono irónico y desenfadado a estas alturas del recorrido al toparme con tanto agente de la autoridad. —«Documentación»— Se la facilito. Ipso facto, suelta una palabra como si estuviera en éxtasis: —«¡Ducati!»— Acto seguido me interroga: —«¿Hacia dónde se dirige, señor?»—. —«¡Me paras para cotillear! No fastidies. Me paras sin motivos, y lo único que están consiguiendo es ralentizar el viaje sin motivos»—.

Me reincorporo a la carretera y a escasos kilómetros me vuelven a parar la policía rusa. Esta vez hay una razón y un motivo real que los policías me comunican. —«Señor. Ha adelantado en línea continua al coche que iba delante de usted»— Me hago el sorprendido ajeno de haber ejecutado ninguna maniobra incorrecta; a pesar que soy plenamente consciente, y sabedor que adelanté a un vehículo en línea continúa. Sin duda, vi una línea discontinua, cuando me puse a la altura del vehículo observé que no se trataba de ninguna línea que autoriza el adelantamiento, sino que, el carril gira a la izquierda ocasionando que circulé por la línea continua. Les informo: —«no hablo ni ruso ni inglés, sólo español»—. Una táctica que casi siempre funciona además de ser en ese momento el hombre más tonto del mundo. Si de algo pecan los rusos es de gozar de escasa paciencia. Reiteran una y otra ocasión mi infracción. Por esta misma razón, al no entender su idioma, me dan por inútil, y me salgo con la mía. Desesperados por no ser capaces de que yo reconozca el incumplimiento que he realizado de la señalización vial, me indica: —«Continue»—.

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Carretera rusa

Llegando a la ciudad de Pyatigorsk me recibe con cierta llovizna. —«Ahora que estoy muy cerca del hotel, no me detendré para ponerme el traje de agua; aguantaré unos metros»—. En esta ocasión, y al contrario de las anteriores, esta vez el GPS no comete ningún error. Me dirige directamente atravesando la ciudad hasta la puerta del hotel.

Actualmente el reloj marca las 15:00. Accedo al interior del local, y allí me recibe una señorita bastante alta, y con carencias de idiomas, lo afirmo puesto no habla en absoluto nada de inglés. A pesar de que le muestro la reserva que tengo del alojamiento en mi poder, inscrita en ruso y español, la señorita me hace un comentario que no logro interpretar. Salgo del atolladero sólo en el momento que un huésped hace acto de presencia en la zona de recepción, y se expresa en inglés. Se muestra disponible para hacer las veces de intérprete improvisado. Me transmite las palabras de la recepcionista: «Mi habitación no está disponible que tendré´que esperar una hora»—. Me quedo perplejo ante estas palabras, además, la lluvia se intensifica por momentos, así que le comento: «Si puedo ir al Spa»— La chica le dice al traductor: —«que está cerrado»—. Protesto con la atención del hotel. En ese instante parece que la reclamación un tanto fuera de tono, es efectiva. De inmediato la señorita de recepción me hace saber que existe la posibilidad de abrir el circuito de Spa sólo para mí por una hora, pero no antes de las 17:00.

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Hotel en Pyatigorsk

Estoy en la zona de recepción del hotel esperando a que la habitación que voy a ocupar esté disponible. No se ha cumplido aún una hora cuando me están avisando que ya está listo mi alojamiento.

Subo con mis enseres de aseo, la ropa, y demás utensilios. Me acomodo en la habitación, además de aprovechar el tiempo hasta que baje a cenar para hacer la colada, vaciar todos los bolsos y demás dispositivos electrónicos y tecnológicos. Esta es la primera tarde desde que me ausenté de casa de total relax, y que por supuesto, la voy a dedicar para dormir y reponer energías. Sobre todo, me quedo en la habitación por dos motivos principales: Primero porque está lloviendo, y segundo, porque la ciudad no cuenta con ningún espacio o lugar que despierte mi interés para ir de paseo.

hotel en rusia
Hotel en Pyatigorsk

—«Estoy como nuevo», después de haberme echado una siesta, y relajado en el circuito de Spa por espacio de una hora, tal como me aseguró la señorita de la recepción del hotel y sobre quien desconozco su nombre. —«Hombre, Quique. ¿Dudabas que la carta estaría escrita en ruso? Ingenuo»—.Para mi suerte, en el hotel hay uno de esos chavales que son los «chicos para todo», por tanto, tiene la maña de cuidar del jardín, así como te abre la puerta del hotel, o también te alcanza una toalla a la habitación, o por qué no, tal ahora en mi caso, te pide la comanda. Además, tiene conocimientos de inglés. —«Lo que no logro entender por qué no lo colocan en el puesto de recepcionista, y, por el contrario, mantienen en esa función a una chica muy alta, inútil  y seguro que guapa, pero con una nula preparación de idiomas»—, mientras apostillo; —«Es evidente que los propietarios tienen un total desconocimiento en cuanto a visión de negocios, y muchísimo menos, una mínima capacidad para ofrecer cualquier tipo de servicios para el turista»—.

Cumplo mi propósito inicial de darme un homenaje, y para empezar me bebo dos cervezas entre pecho y espalda. A continuación, hago acopio de un primero, éste como no podía ser otro menú; ¡rica pasta! y el postre. Abono la factura, y me retiro del lugar para recluirme en mi habitación y dormir, porque, el día de mañana se prevé largo: 715 kilómetros de trayecto.

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Cena primer día en Rusia

Me despierto bien temprano, y cuando me asomo a la ventana compruebo que la calle y los cristales de la habitación están mojados, por lo que evidencio que ha estado lloviendo durante toda la noche. Había quedado con el chico del restaurante de desayunar a las 07:00; sin embargo, una vez más, desde que llegué a este alojamiento el servicio deja mucho que desear, y me sirven el desayuno una hora más tarde, es decir, a las 08:00. Hecho que retrasa mi regreso a la carretera. Finalmente son las 08:30, y ahora sí me pongo en ruta. He de tomar la autopista E50, y tengo que realizar el recorrido inverso al entrar y cruzar hasta llegar al hotel. Tardo un poco más de tiempo para enlazar con la autopista que cuando lo hice para entrar a la ciudad, puesto que es hora punta, y la ciudad está casi colapsada.

Por si pensaba que el día de ayer había sido todo un sueño, o por qué no, que se había tratado del guion de una película policiaca; en el que la policía te para a cada medio kilómetro, hoy no puede ser la excepción para despertar del sueño o también por qué no, de continuar construyendo ese guion. Tan sólo he rodado 15 kilómetros de esta nueva jornada en ruta y… ¡por cuarta vez desde que entré en Rusia, la policía me vuelve a dar el alto! Pienso: —«¡Se aburren! Como continúen parándome llegaré a Moscú el año que viene, o quizás el siglo que viene»—; no sé, si tomarlo con humor o enfadarme de verdad. El agente viene hasta donde detengo la Ducati e indica: —«Control de documentación: Carnet de conducir internacional, carta verde, pasaporte, papeles de la moto e importación temporal de la moto»—. Cumplimentado el protocolo del control, y sin mayores problemas, continúo con mi recorrido por Rusia.

Me aburre en exceso cruzar la estepa rusa. Tras cientos y miles de kilómetros en sentido recto, no veo nada a mi alrededor, bueno sí, en alguna ocasión muy esporádica cruzo un pequeño pueblo, pero poco más que me extraiga de tanta monotonía. Recuerdo que ya en su día, desde casa planificando el viaje, este tramo de la ruta me inquietaba. Sobre todo, por el hecho de no tener la certeza de que se hallase en esta zona tan extensa alguna estación de servicio donde poder reponer combustible para la Ducati. Ahora, hago memoria de las veces que me he podido quedar «tirado» en la carretera por falta de gasolina, y sólo recuerdo aquella ocasión hace unos días en la que me quede marcando el mínimo de la reserva. De otra parte, no he tenido mayores problemas a excepción de las comunicaciones, que, dicho sea de paso, aquí también se solucionan echando mano de la tarjeta visa.

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Cruzando la estepa rusa

Es mediodía. Más concretamente próximo a las 13:00 pm., cuando sin previo aviso de llovizna ni chispas, comienza a llover. A diferencia de ayer cuando comenzó a descargar agua y me encontraba cerca del hotel, ahora sí busco refugio en una gasolinera, y me pongo el traje de agua. Ipso facto, me vuelvo a tirar a la carretera. Solamente han transcurrido unos pocos minutos, y la lluvia pasa al grado de tormenta. Tengo el casco completamente ahumado de la respiración, lo que materializa por consiguiente que tenga una nula visión. Me vuelvo apartar a un lado; justo donde hay un puente en la autopista, y me sitúo debajo del mismo para quitar el pinlock del casco. Justo al reanudar la marcha exclamo: —«¡Esto es otra cosa!»—.

A la altura de Pávlovskaya la autopista E50 concurre a la M4, es decir. La M4 es la autopista que me tiene que llevar hasta Moscú. Es entonces cuando veo por primera vez en todo el trayecto que transito por Rusia un cartel indicativo el cual reseña «Moscú. Distancia 1.350 km.». Me paro a la misma altura del cartel, y me fotografío.

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Cerca del objetivo

Después de tantos días subido a la moto, de tantas peripecias en la carretera, del cansancio acumulado que supone este tipo de viajes. También, de cuantas circunstancias han acaecido de la mano de esta extraordinaria aventura, que un día me animé a cumplir, y que ya, conforman parte de mi memoria, del mismo modo, que de cada uno de los recuerdos que desde ahora podré compartir con el mundo; comienzo a sentir un cosquilleo que nace del cómputo global de cada una de esas sensaciones, las cuales, se manifiestan igual que una yincana por mis entrañas. Es tal el sentimiento que no hallo ninguna manera de describirlo. Estoy muy cerca de mi objetivo. Casi puedo hasta visualizar el punto culmen del viaje. No queda nada, y me jaleo: —«¡Vamos Quique, los últimos kilómetros de hoy, y mañana en muy pocas horas, ¡reto conseguido!»—. La cabeza junto con mis pensamientos fluye en el interior del casco. —«Vamos roja bonita, no nos queda nada»—. Le hablo a la Ducati reclamándole que no me falle ahora la mecánica del mismo modo que no lo ha hecho durante estos trece días, de los que consta la aventura. Entre tanto, la cabeza no se detiene, si no fuera porque el casco no puede deformarse, se haría minúsculo de todo lo que cavilo: —«Esta proeza tengo que celebrarla por todo lo alto», «¿cómo voy a reaccionar cuando llegue a la Plaza Roja de Moscú?; gritaré, lloraré, reiré, cantaré, me echaré agua por encima…»—. No puedo más con esta cantidad de emociones, y estoy a punto de romperme.

La realidad del lugar me extrae de mis pensamientos y me sitúa de nuevo en la vía. Ya ayer igual que hoy son jornadas que a priori me preocupan verme en la necesidad de discurrir por zonas cercanas a situaciones muy delicadas, y en conflictos, tales como: Chechenia, Osetia del Norte. Sin obviar Donetsk (ucrania) al que me encuentro muy próximo. Del mismo modo, en el instante que surco el terreno, soy consciente que la realidad no es tan peliaguda como suponía al principio. Sí es cierto, que existe mucha presencia de cuerpos de policías, y escuadrones militares cada uno de ellos con los correspondientes medios de transporte; aunque no una presencia demasiado exagerada tal para dar pánico.

He hecho una reserva en un hotel a las afueras de la ciudad de Millerovo, muy cerca de la autopista. No sé qué coordenadas recibe el GPS, que me dirige más que al pueblo a una aldea de 20 kilómetros más lejos de mi destino. A parte, tránsito por caminos completamente angostos y empedrados. Me acabo de dar cuenta del error, y vuelvo sobre las marcas de las ruedas de la moto. En esta ocasión no puedo hacer uso del móvil porque en Rusia no dispongo de la tarifa de datos. Por si estas circunstancias no fuesen suficientes, las dos aplicaciones que llevo instaladas en los dispositivos de navegación, tampoco son capaces de detectar la ubicación del hotel. Por lo que, ahora sí, no me queda más remedio que estar bien atento, y orientarme como buenamente pueda.

Llevo un buen rato en la autopista, asimismo con 50 kilómetros realizados. Hasta que de repente veo un cartel de publicidad del Hotel con las indicaciones así que las sigo hasta la puerta del establecimiento.

Por está zona ya no hay controles de policías se ahorran las nóminas por unos de cartón piedra, no lo podía creer hasta que pare en uno de ellos para observarlo bien.

PolidePega
Policías de pega

Accedo al interior del hotel, el cual tiene la apariencia de ser un alojamiento de carretera, y dos señoras quienes parecen ser las responsables de regentar dicho lugar, me saludan. Puedo ver en los alrededores del estacionamiento desde familias completas, con hijos y abuelos, hasta una pareja que van en dos motos. Las señoras, me facilitan la llave de mi habitación, y hasta allí encamino mis pasos.

Abro la puerta e indago en sus instalaciones: La habitación es algo cutre, o, mejor dicho, bastante hortera. Hay un único aseo para todo un pasillo en común. Aunque tampoco me importa, tan sólo pretendo dormir. Me acomodo cuanto soy capaz de asentarme en el habitáculo, y también aprovecho la coyuntura para limpiar la cadena de la Ducati. Bajo a la cafetería/restaurante, y aunque suene contradictorio no puedo pedir la consumición que quiero, sino lo que ellos pueden servirme: una sopa con yogurt (nunca lo había probado), y de segundo, una tortilla con ensalada.

ParkingMillarovo
Parking hotel en Millarovo

Termino de cenar, y me voy enseguida para el hotel; quiero meterme en la cama lo más pronto posible, puesto que, en la jornada de mañana me espera el gran día que alcanzaré mi meta: la Plaza Roja de Moscú.

Abro los ojos y miro el reloj. Son las 06:00 am., me pongo rápidamente en pie, y paso la cortina de la ventana. Observo que el cielo está encapotado por haber llovido durante toda la noche. A parte de la oscuridad que visualizo y que anuncia próximamente otro aguacero. Recibido este aviso climatológico, tomo todas las medidas oportunas para afrontar este largo e intenso día, donde hoy haré 865 km.

La hora roza las 13:00. Opto pararme en una gasolinera con servicio de cafetería para aprovechar la hora del almuerzo. Accedo al interior del local e intento decirle a la camarera lo que deseo para consumir. Ésta, se hace el que no me escucha o también como si no existiera. Insisto, y le señalo lo que quiero que me sirva, a pesar de mi perseverancia vuelve a no prestarme ni la más mínima atención. —«¿Qué le pasa?», ¿Me estás ignorando o tienes problemas de comprensión?» De repente un cliente que se encuentra en la cafetería almorzando con su familia, se acerca hasta la barra donde estoy, y me pregunta en inglés: —«¿Si me puede ayudar?»—. Agradeciendo por su generosidad, le respondo: —«Que si. Gracias. Quiero un sándwich y una Cola Zero»—. A lo que el buen señor le traduce la repugnante camarera lo que deseo consumir. Ahora sí demuestra la disponibilidad para servir lo que he pedido. Este hecho evidencia una vez más que siempre, en cualquier lugar del globo terráqueo hay un ser humano dispuesto ayudar a otro.

Finalizo el almuerzo, y al disponerme a salir para subirme a la moto de nuevo sin perder mucho más tiempo porque quiero llegar a las 18:00, a Moscú e igual que si la nube estuviera esperando el instante de mi salida, comienza a venirse el cielo abajo. A pesar de que no me agrada que justo llueva hoy, no me inquieta la situación y me coloco el traje de agua. Ya, bien protegido arranco la moto. La autopista persiste en la monotonía del principio, no obstante, no me quiero dejar dormir, y para ello, pienso en mi llegada a Moscú. Ojeo por encima el mapa que me señala los 200 kilómetros que me restan para llegar a la ciudad moscovita, cuando casi comienza el diluvio universal. El cielo se ha transformado en un negro profundo, y la temperatura desciende a velocidad de vértigo, tengo que poner al máximo los puños calefactores de la moto. Es tal el cansancio que tengo a estas alturas del viaje en el cuerpo, y los dolores de las cervicales que se genera en una fase aguda impidiéndome continuar con la marcha del tirón. Por este contratiempo, me veo en la obligación de detenerme varias veces en el arcén para descansar, y hacer ejercicios de estiramiento.

Gasolinera
Gasolinera rusa

Me paro y continúo así una vez y otra vez. A tan sólo 75 kilómetros de mi destino, el chico de la gasolinera me ha debido de encontrar tan decaído y agotado que me ha ofrecido un té totalmente gratis. Aunque se lo agradezco lo rechazo, no me gusta el té. Para rematar el día de lluvia comienza una tremenda tormenta con aparato eléctrico. La temperatura desciende de un golpetazo hasta los 10º C. Ahora, ya no sólo me vale tener el traje de agua puesto, sino que me tengo que vestir con la ropa térmica. A pesar de toda la indumentaria que me he puesto encima, la sensación térmica que percibe mi cuerpo es la de estar en grados bajo cero. Me parece totalmente surrealista. —«¿Por qué tanto frío, si esta es el mismo atuendo que me llevo a la concentración de Pingüinos?  Ahí, sí congela el cuerpo y los sentidos al estar a cero grados, e incluso hasta llegar a bajo cero grados centígrados». El dolor de las cervicales por esta temperatura tan gélida está causando estragos en mi integridad física con los pinchazos tan fuertes que se desencadenan en mi cuerpo. Además, por momentos y con motivo de la lluvia, voy gritando de dolor en el interior del casco. Si este viaje fuese una ruta ordinaria, me detendría en el primer alojamiento que estuviera a mi paso hasta mañana cuando disminuyeran los dolores; pero esta no es la circunstancia. Sí o sí, he de llegar a Moscú en el plazo previsto.

Ha pasado un rato. Aproximadamente ahora el reloj marca las 18:00. El termómetro indica 7ºC, y yo, entro en la capital moscovita. Mi entrada coincide con la salida del trabajo de los rusos, por esta razón, las calles están completamente atascadas por los vehículos, lo que me impide disfrutar como quisiera de las vistas. Del mismo modo, he de sumarle a la lluvia y el cielo encapotado con un color negro por el que únicamente me deja intuir las construcciones de la época soviética con edificios vanguardistas.

ProximoMoscu
Próximo a Moscú

In situ, sin previo aviso cambio de planes. Los dolores son cada vez más insoportables, por lo que decido que no me voy a dirigir directamente a la plaza roja. Me marcho directo al hotel para intentar relajarme y descansar unas horas, que seguro me vienen de perlas. Encima pienso: —«Si continúo con estos dolores, cuando llegue a la plaza roja, no voy a poder ni siquiera inmortalizar el momento, a la par, la lluvia también deslucirá tanta alegría»—.  Convencido que esta es la mejor decisión, y a pesar de lo cerca que me ubico de mi meta, prefiero disfrutar al máximo, y en las mejores condiciones físicas posibles de ese momento culmen de la aventura; por lo que le solicito al navegador que me lleve hasta el alojamiento.

Otra vez, y ya van unas cuantas veces durante estos 13 días en las que el navegador no es capaz de llevarme del tirón al lugar que le indico. La única solución que tengo ahora mismo, es hacer uso del Google Maps; quien sí me guía y me lleva certero a la primera oportunidad que le doy.

Recalo en el lugar. Detengo la moto en la puerta, y veo que la señora ya me está esperando. Tiene un garaje al aire libre, pero cerrado al público donde puedo aparcar la Ducati, y ausentarme con la tranquilidad que me da saber que no caerá en manos de ningún desaprensivo. Acepto la invitación de la señora para entrar al hotel. Aunque al decir la verdad, más que un hotel, este lugar tiene toda la presencia de una casa, y en la que se alquilan habitaciones por días.

Una vez con la llave en mis manos, me hacen constar las normas de la casa. Hago caso omiso de sus palabras, ya me está resultando un tanto pesada. La despido políticamente correcta hasta más tarde, y me vengo a la habitación a darme una ducha bien caliente que es lo que más necesito por encima de normas y de majaderías. Ahora me tomo un café, y me marcho directamente a la distancia de 1,5 km alejado del hotel. Estoy yendo a la tan soñada meta que se ubica en la Plaza Roja de Moscú. El clima me acompaña. Tanta es la emoción que revolotea por el ambiente, que hasta ha dejado de llover, y el cielo se ha abierto de par en par para recibirme. Estimo que una vez más, la vida se alía de mi parte. —«Estoy pisando la Plaza Roja de Moscú» «No puedo dejar de mirar, y de querer captar cada segundo de este instante que experimentó con una sonrisa de lado a lado de mi rostro, y con un tremendo nudo en la garganta que en nada va a emerger por mis ojos, como la lluvia lo hizo antes del cielo…» «Estoy feliz, contento, emocionado, satisfecho, agradecido…» ¡estoy pisando la PLAZA ROJA de MOSCÚ!» «¡OBJETIVO y SUEÑO CUMPLIDO!».

PlazaRoja
Plaza Roja de Moscú

En mi página de Facebook relataba así: “Siiiiiiiiiiiii por fin en Moscú. Salía a las 06:45 con un día despejado y 12º. Hoy si podía ir a velocidad de crucero entre 110/120 km/h y sin controles (ya era hora). Con el paso del día se ha ido complicado la meteorología hasta llegar a 7º con fuertes lluvias los últimos 400km, tuve que parar 3 veces en esos km por el cansancio, no podía hacer más de 125/130km seguidos.

A pesar de ir bien abrigado y los puños calefactores no dejaba de temblar. La entrada en Moscú fue a las 17:00 con el acompañamiento de la lluvia. Me era imposible sacar fotografías, grabe la entrada con las cámaras que llevo. Me dirigí directamente al hotel, me registré, me cambie de ropa y corriendo a la plaza roja que el tiempo daba un respiro. Desde casa hasta aquí han sido la friolera de 7.897 Km.

Muchísimas gracias a tod@s por los ánimos y fuerzas. Pero hay dos personas que todas las mañanas cuando salgo a la autopista o carretera correspondiente van conmigo desde arriba, ellos son mis abuelos.”

Un abrazo


Fotos de la cuarta etapa:



Continúa con la quinta etapa: Moscú - Varsovia. -->



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