De A Coruña a A Coruña pasando por Bulgaria, Turquía, Georgia, Rusia y Polonia. En una Ducati Multistrada.

Escrito por Enrique de Vidania el .

Este fantástico viaje que le ha llevado a atravesar 17 países en 24 días , lo realizó nuestro amigo, gran viajero y aficionado a las motos, Enrique de Vidania durante el presente año 2016. Pensando en que su experiencia puede ser interesante y útil para otros amantes de los viajes en moto, ha escrito una amena crónica de sus vivencias bajo el título de “Quique on the road”.

Gracias a su amable ofrecimiento, vamos a publicar sus vivencias e impresiones en 6 entregas, una por cada una de las etapas en las que lo ha dividido.

Empezamos por la presentación del viaje hecha por su protagonista y su crónica de la primera etapa que le llevó hasta Sofía. (Sigue leyendo)

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Quique on the road

Hace unos años, no sé si 3, 5, o desde la infancia, tenía en mente realizar un gran viaje en moto y en solitario. Quizás sea debido a que he crecido rodeado de motos, cascos, monos etc… ya que mis padres han viajado por Europa y América.

Durante estos años he ido trazando el recorrido en mi cabeza y cambiándolo muchísimas veces. No encontraba la fecha de salida, por una excusa o por otra, no me decidía a salir. Como bien dicen algunos grandes viajeros, hay que poner día y hora de salida, así que aproveche este “2016 de mis 40 primaveras” para comenzar el Quique on the road.

En principio el trayecto era llegar a Beirut (Líbano) yendo por Turquía y por la costa de Siria, pero debido a los conflictos y guerras que hay por esa zona tuve que desistir esa ruta y cambiarla por otra. Se me pasaron por la cabeza mil rutas, hasta pensé alquilar una moto en algún país para recorrerlo como: Tailandia, Malasia, USA…; pero finalmente tomé la decisión que tenía que salir de mi casa y volver a ella.

Así que, la decisión final era llegar a la plaza roja de Moscú pero con diferentes recorridos de ida y vuelta para hacerlo más atractivo.

No pretendo escribir un libro pero sí dejar escrito para mi familia, amigos, o cualquier persona a la que le pueda interesar el relato del viaje, y sobretodo para mí mismo.

1ª Etapa: Ordesa (A Coruña) – Sofía (Bulgaria)
2ª Etapa: Sofía – Estambul (Turkía)
3ª Etapa: Estambul – Tiflis (Georgia)
4ª Etapa: Tiflis – Moscú (Rusia)
5º Etapa: Moscú – Varsovia (Polonia)
6ª Etapa: Varsovia – Casa

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Quique y su Multistrada

Primera etapa: Ordesa (A Coruña) – Sofía (Bulgaria)

Planifico el viaje con 4 puntos de interés sobre el resto: Estambul, Tiflis, Moscú y Polonia. El resto lo pasaré de «largo», principalmente a Europa. Viajaré por la autopista, ya que, en otros tiempos he estado en países tales como Francia, Italia y Alemania, a los que seguro, regresaré en un futuro no muy lejano.

26 de mayo a las 16:00. Me espera una representación de Ducatistas gallegos (Toni, Noé, Pepe y Susana) para acompañarme en los primeros 20 km., de mi viaje. Instante que emprendo mi partida de casa (Ordesa, A Coruña) dirección a la autopista A8 a Bilbao. En realidad, me he adelantado un día a la fecha prevista al de la salida. Resulta ser que en mi trabajo me han dado la tarde del jueves libre, y así, puedo avanzar en la ruta hasta arribar en la capital vizcaína. Hecho este, que a la postre mi cuerpo estoy convencido que lo agradecerá bastante, debido que, para la primera jornada, tengo programada una ruta de 1.100 km., para hacer noche en Montpellier (Francia).

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Ducatistas gallegos

Es mi primera noche en Bilbao y al borde del río Nervion debajo del Puente de Deusto (Deustuko Zubia) me espera mi amigo, Txemi, con una cerveza en la mano. La noche es más bien corta a causa de las responsabilidades que ambos tenemos pendientes para realizar mañana, y por esta razón, nos ausentamos más pronto que tarde.

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Bilbao
 
Son las 08:00 am., y entretanto que se despierta la mañana, yo ya me encuentro en las proximidades del hotel en el que me hospedé anoche, y donde se ubica el taller de un amigo de Txemi, a quien le he traído la moto para que pasase la noche a cubierto.

Me subo a la Ducati, y me dispongo a partir de Bilbao, no sin antes tener que poner gasolina. El “Garmin” me señala una gasolinera situada enfrente del antiguo San Mames; sin embargo, al recalar en el punto indicado por el dispositivo, la gasolinera en cuestión es inexistente, y pienso: – «¡primera jugarreta del navegador!-. Entonces, no tengo más remedio que hacer uso de las mañas de la vieja usanza, y pregunto a un señor que circula en scooter. El buen caballero me indica una pequeña gasolinera. Después de repostar, la señora que me atiende se queda un tanto pálida al fijarse en mi maleta. También, otro transeúnte se detiene a charlar, pese a que deseo detenerme y entablar conversación, no poseo de mucho tiempo, así que, meto la primera en la Ducati. Por supuesto, no me marcho del lugar, sin antes demostrar mi agradecimiento a los allí presente.

Continúo mi camino, pues a las 12:00, me espera mi amigo Antxon en Irún para tomarnos unos pintxos. Luego reanudaré mi ruta.

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Irún

Justo, el día anterior a mi viaje, recibo una llamada de otro amigo (Agustín) quien me informa un tanto desencajado en su tono de voz, por el alcance que tendrá la noticia en mis intenciones en el país de la huelga de las gasolineras que se está provocando en Francia. Acontecimiento este que me lleva a ser precavido. Decido curarme en salud, y llenar el depósito de gasolina (6 litros) en Irún.

Una vez que colmamos el estómago con unos deliciosos pintxos,Antxon, me acompaña a la salida de España; además me recomienda una ruta (por la costa D-912) para coger la autopista A-63 en vez de hacerlo directamente desde Irún. Para entonces, ya será la última cara conocida que veré en los próximos 24 días de mi extraordinaria aventura en moto.

El día es caluroso, tranquilo, con muchas obras en las carreteras galas, hasta que llego al hotel al borde de la autopista A9 en las cercanías de Montpellier (700 km) donde ha de enlazarme al día siguiente para recalar en Trieste (Italia).

Una vez que me presento en la recepción todo sudado con ganas de una ducha reparadora y de descansar, me espeta la recepcionista que no localiza mi nombre. «¿Cómo?» -pienso- «No solamente he reservado mi alojamiento, sino aun peor; ¡lo he abonado desde febrero!» – Le pido por favor que busque y compruebe de nuevo. Sigue sin localizar nada, hasta que extiendo la cabeza y observo, «Vidania», Le inquiero – «¡Es ese!»- y la señorita me manifiesta – «Su nombre es Enrique, no Vidania»-. A punto estoy de perder las formas y mandarla a la mierda. Me entrega la llave, y dirijo mis pasos con total celeridad hasta mi habitación.

Concluyo la tercera etapa que sobre el mapa sería la más larga de todo el viaje en cuanto al total de distancia recorrida de 1.100 km., y, por el contrario, ha sido cubrir un mero trámite de paso. La anécdota de hoy, ha sido la cantidad de tráfico que me he ido encontrando en la zona de Mónaco dada la coincidencia del GP de F1. Además de muchísimos aficionados tanto madridistas y atléticos que se dirigían a Milán en sus vehículos y/o autobuses a disfrutar de la final de la UEFA Champion League.

Ahora sí, accedo ya a Italia. Mi impresión es la misma a estar circulando por carreteras españolas. Si no fuera por el elevado coste de vida existente en el país transalpino a diferencia del nuestro, juraría que paseaba por casa. Ahora, al menos, ya dejo atrás a Francia que no es en absoluto de mi agrado.

Continúo mi itinerario cuando me detengo en una gasolinera para comer un bocadillo y una Coca-Cola Zero. El joven que me atiende se percata de mi ropa Ducati, y me alega con una expresión que emana sonrisas a raudales de alegría.  «¡Oh, Ducati!»-. Bruscamente, frunce el ceño, y me vuelve a comentar: – «Aunque ya no es tan italiana, ahora, es de la Merkel-». (Audi compró Ducati en 2012).

Me encuentro a tan sólo 5 km., para alcanzar mi destino, y comienzo a escuchar un ruido extraño en la moto que no acierto a identificar. Unos sudores que nada tienen que ver con el exceso de calor me recorren por todo el cuerpo. No deja de rondarme por la cabeza que tal vez será una avería. Me aparto al arcén, y apago la moto. Sin demora, quito las maletas y miro la cadena, puesto que el ruido procede de ese lado. La tensión de la misma es correcta. Aprovecho el parón para impregnarla de aceite, pues desde que salí de España no la he vuelto a impregnar.

Lo compruebo todo, y aparentemente hay signos de normalidad. Monto de nuevo las maletas en su sitio, e igual a que si estuviera presenciando un número de magia del gran Anthony Blake, el ruido desaparece. Tanto es el desagravio de este instante, que ya, no dejaré que se me olvide durante todo lo que falta de aventura impregnar la cadena con aceite.

Después del día tan caluroso y cansado, lo único que me apetece es deleitarme con una buena cerveza bien fresca, y con un gran plato de pasta fresca. Seguidamente me retiraré a la cama para ver por televisión el partido de fútbol, y luego descansaré hasta que mañana salga el sol.

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Trieste 

Esclarece el día. El reloj ya marca las 08:00 am. y ya yo estoy situado en la puerta del garaje donde la noche anterior deje la moto con el firme propósito de continuar hoy bien temprano mi ruta. Para mi sorpresa «¡es domingo!»- pienso sin haberme percatado antes. El horario de apertura del local no se mantiene al de la jornada semanal. Cavilo con cierta ironía: – «Si quieres seguir, no te queda más remedio que esperar a que abran». Intento no desesperarme, y aprovecho ese impasse de tiempo para desayunar, y, además, visitar la pequeña ciudad del noreste italiano.

Escucho el reloj marcando la hora. ¡Son las 09:00 am.! Retiro la moto y reconduzco mi camino. Circulo por la carretera con dirección a Eslovenia, y a escasos kilómetros de encontrarme en las entrañas del país me detengo en la primera estación de servicio que tengo a mi paso para comprar la viñeta de estipulación obligatoria que me daría acceso para circular por el país, por tan sólo un coste de 7 €. En mi caso, sólo serán unos 40 km., los mismos que me llevarán directamente hasta la frontera con Croacia, más concretamente con Rupa.

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Eslovenia 

Transito por las carreteras croatas, y después de cierta apatía en el desarrollo de los días anteriores, es ahora cuando comienzo a experimentar ciertas sensaciones que hasta esta jornada no había percibido. – «La diversión por fin se manifiesta en esta fantástica aventura»-, – «¡Me lo estoy pasando como un niño en la feria!»: carreteras bien asfaltadas, la costa croata emana el olor a la brisa marina que me incita a no perder su fragancia, y levanto sin pensarlo la visera del casco. Además, me cruzo con cientos y cientos de motos, unas con matrículas del país, y otras de foráneos colindantes.

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Costa croata

Otro hecho anecdótico se presenta perfectamente en mi memoria. Domingo por la tarde. Justo cuando tan sólo restan unas pocas semanas para el inicio de mi viaje estoy en casa viendo «diario de un nómada» de Miquel Silvestre. Ese día el documental hizo una parada en el pueblecito croata Senj que cruza en el paralelo 45. De todo lo que en él enseñó me anoté como dato imprescindible para referenciar que en ese punto concreto se produce la misma distancia al Ecuador que al Polo Norte (5.000 km.)

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Senj - paralelo 45

Permanezco en el sentido de la carretera E65 que surca la costa hasta llegar a Jasenice, por donde vuelvo acceder a la autopista para dirigirme así a Split.

La siguiente reserva hotelera la he formulado en Mostar (Bosnia Herzegovina) por lo que el día será largo. Tengo pensado llegar en un principio descender hasta Dubrovnick para regresar atrás hasta Mostar. Claro que, si sigo esa ruta recorreré un total de 240 km. Aunque me lo replanteo; – «Hay ocasiones únicas para no desperdiciarlas cuando visitas ciertos lugares a los que intuyes no volverás a visitar», -pensé- A pesar de que estoy convencido de que volveré a Croacia con más sosiego para disfrutar de esas carreteras extraordinarias, y también de la belleza de sus pueblos: – «¡qué caramba, esta es una de estas ocasiones que se escapan!»-. No me lo pensé más; modifiqué de improviso el trayecto, y dejé la ciudad de los cruceros para una mejor ocasión, de lo contrario, llegaría muy tarde a Mostar y era uno de los lugares que tenía claro que quería conocer.

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Split

Nada más poner la rueda delantera en la entrada a Split, mi primera impresión fue realmente la necesidad de huir con prontitud. Su presencia me resulta antiestética. Todo cambia en el momento que avanzo y recalo en la zona marítima. Al ser un puerto de escala para los grandes cruceros lo comparo con Benidorm. Aprovecho el contraste del lugar con la zona interior para almorzar, y vuelvo a retomar mi deseo de huir de allí lo más rápido posible. Es en ese entonces cuando tomo consciencia de que huyo de las aglomeraciones turísticas, y que todo mi interés estriba en ir a mi compás; un ritmo libre y reposado.

La frontera hasta llegar a Bosnia Herzegovina es una maravillosa autopista de reciente construcción. Tanto es así, que incluso durante algunos kilómetros hasta alcanzar la misma frontera, circulo sin que otros vehículos me entorpezcan la marcha. Todo cambia a partir de ese mismo instante. Por el contrario, una vez que cruzo el punto fronterizo, el contraste de la carretera es totalmente radical; un estado general de la vía pésimo: baches, carencia de arcenes, asfalto mediocre y otras zonas de terrenales. Circunstancias estas descritas que me acompañarán en el transcurso del viaje. Para sobrellevar la situación tan penosa que me origina desplazarme de esta manera, me pongo a darle vueltas a la curiosidad. Intento disfrutar de la carretera e intuyo a través de las señales de tráfico las posibles viñetas. Me detengo en el primer pueblo que encuentro, y busco una estación de servicio. Dos chavales muy amables me revelan que para los vehículos de dos ruedas no es necesario adquirir este tipo de permisos de circulación obligatorio. ¡Genial! -Digo para mi interior entusiasmado-. Me subo impaciente a la «Multi» y sigo sin pausa mi ruta. Sin motivo aparente, mi fijación continuada por el mal estado de las carreteras desaparece de sopetón.

Después de circular unos kilómetros me tropiezo de frente con un cartel de dirección a Mostar. Para ese entonces, ya me encuentro alejado de la zona de confort. Del mismo modo, incomprensiblemente el GPS me marca la ruta en sentido opuesto. Nacen en mí por tanto ciertas dudas sobre la dirección que he de tomar como la dirección correcta. No puedo ocultar que me consuela comprobar una caravana con matricula alemana, quien evidencia idénticas dudas a las mías, y que sostiene también mi rumbo. Mi exclusividad de conductor extraviado de aquella parte de la humanidad a la que el globo terráqueo y el GPS le están tramando una severa trastada se desvanece.

Una vez sobresalido del atolladero anterior, accedo a la entrada a Mostar mediante una bajada que también presenta un estado angosto de la calzada a la vez que es de un desnivel bastante pronunciada, y transitable entre las casas. Me sorprende apreciar la ciudad asentada en el interior de un valle. Su estilo es extraordinariamente semejante al de Suiza. Finalmente arribo enseguida al hotel que había reservado (Pansion Villa Nur) en la zona turística, y a una distancia aproximada de 100 metros del famoso «Puente viejo de Mostar».

Mostar
Mostar

La «Pension Villa Nur» es un pequeño hotel familiar que cuenta con unas preciosas vistas al afamado puente de Mostar. Allí, a las puertas del mismo hotel me esperan de pie su propietaria; firme, igual que una roca en el abismo. Sostiene en su mano derecha un vaso de zumo bien frío y recién exprimido. A su lado derecho se encuentra su corpulento marido. Miro su rostro, y compruebo que sostiene el ceño fruncido, signos que para mí denotan haber cruzado algún conflicto bélico. No puedo entenderme con ninguno de los dos, ya que, ninguno se expresa en inglés. Menos mal que su hija estudió en Inglaterra durante un periodo de tiempo y hace las veces de intérprete e intermediaria. También muy amablemente retira su vehículo justo de la puerta de la entrada al hotel, para que yo pueda dejar allí estacionada la moto.

Durante este receso del camino, y alojado en mi habitación, me sirvo del lugar para hacer la primera colada de ropa desde que he emprendido el viaje. Igual que, aplico parte del tiempo restante en hacerle una profunda limpieza a la cadena de la Ducati; no vaya hacer que me vuelva a dar otro juego de magia como el de las primeras jornadas.

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La colada

Una vez he concluido mis «tareas domésticas» me dispongo a ir a ver el famosísimo puente que cruza la ciudad, y por donde se funde la parte católica y la parte musulmana. A decir verdad, después de haber leído bastante sobre la misma, y estar in situ en el lugar que retransmitían cada día los informativos, y prensa en general, se me agita el cuerpo. Además, continúo sin reconocer en qué bandos residió la antigua Yugoslavia de los años 90.
 

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Mostar

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Puente de Mostar.

Se despierta otro nuevo día de mi viaje y después de reponer energías, salgo muy pronto a la carretera. A priori sobre el mapa, hoy me toca recorrer el día más duro de todo el viaje que me he proyectado para esta aventura. He de cumplimentar los 800 km., de distancia que me separan para llegar a mi siguiente parada exclusivamente por carretera, puesto que, no hay autopistas disponibles.

Antes de abandonar definitivamente la ciudad me dirijo a la Plaza de España (anotado del programa “Diario de un Nómada”). En este lugar a los españoles nos tienen en alta estima y no quiero proseguir mi camino, sin antes circular brevemente por aquí. La plaza es realmente preciosa, y por su presencia, puedo entender que está bastante bien cuidada. Incluso, puedo observar una placa con los nombres de los 23 militares caídos en el terreno durante la guerra de Yugoslavia. El contraste de la plaza lo inundan las vistas de los edificios colindantes, a los que miro y observo en ellos aún restos de la metralla de aquel tiempo de guerra.

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Plaza de España

Al salir de la ciudad y hasta mi llegada a Bosnia, observo cuantos lugares con encanto acogen en sus rincones. La imagen cambia por completo. Ahora bordeo pantanos, presas, y ríos por la parte baja de los valles, un hecho que me hace recordar a ciertas zonas de Suiza.
Para seguir mi ruta, me veo en la obligatoriedad de cruzar Sarajevo, esto me llevará a un caos de 45 minutos, ya que, al no poder adelantar, tal como me gustaría por la falta de espacio, he de seguir el ritmo de los demás coche. En este instante, vuelvo a ser testigo de nuevo obligado de los edificios que se encuentran agujereados y en muy mal estado por la metralla que los alcanzaron en la guerra. Entre el caos, el conductor que está a mi derecha baja la ventanilla de su vehículo, y me pregunta; – «¿de dónde es?»- y le respondo – «España». Para mi sorpresa el señor me comenta que ha vivido muchos años en A Coruña y que ha vuelto a su tierra después de un prolongado periodo de tiempo en su estancia en España. Mientras esperamos la señal del semáforo mantenemos una charla distendida, y donde, además, me invita a tomar un café. Declino su propuesta, ya que, si no, no conseguiré llegar de día a Sofía (Bulgaria).


Una vez más, la entrada a Serbia la hago rápidamente, a pesar de que me parece mísero las dos casetas de obra con una mujer policía en su interior controlando el acceso. Al observar el agente mi pasaporte «Unión Europea» no me interpuso ninguna objeción; tan sólo por cotillear me formularon un par de preguntas.

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Frontera serbia

Las primeras impresiones que recibo del país son nefastas: carreteras con muchos baches, sin arcenes, con los túneles sin luces en el interior e infinidad de goteras, también, en vez de encontrar vallas, lo que veo son cables oxidados, cadáveres de animales, sobre todo perros por las carreteras, los coches adelantan de cualquier modo, inclusive por el carril contrario, y así, tropecientas mil temeridades que empeoran con respecto a Bosnia Herzegovina. Menos mal que la climatología me acompaña que si no, no sé, cómo voy a cruzar el país.

Al contrario que Bosnia Herzegovina, donde se ven obras nuevas y las ganas de sus gentes de olvidar el pasado comunista, Serbia es un estado que está lleno de iglesias ortodoxas y cementerios, y que ofrece al que lo visita la sensación de ser un país anclado en la época soviética, sin ganas de salir adelante.

En Serbia me encuentro una vez más con la amabilidad de la gente. Circulo por la carretera que me marca el GPS, entre montañas, hasta que llego a un desvió por obras en la vía con un cruce de tres carreteras, obviamente, las indicaciones se encuentran en serbio y no consigo descifrarlas. Murmuro; – «¿No son capaces de colocarlas en inglés? -» y sigo murmurando- «¡imagino que por aquí no pasaran turistas! -, conque en el fondo lo puedo hasta entender»-. Saco el mapa de carretera y tampoco consigo interpretarlo, pues los nombres de los pueblos vienen en nuestro alfabeto y las señales en alfabeto cirílico. A todo esto, debo de sumarle que estoy a punto de entrar en la reserva de la gasolina, así que con un 33% de acierto igual que ir al casino estoy a punto de echar los dados y ver que me toca. En este mismo momento se detiene a mi lado con su vehículo una señora de mediana edad que no habla inglés, pero a quien sí entiendo perfectamente su pregunta: – «¿le puedo ayudar?»-, – «¡oh, yes!» le respondo esperanzado y con el mapa en la mano. En un primer momento por más que le enseño el mapa no es capaz de entenderme, hasta que de pronto empiezo a nombrar los pueblos en la dirección que me dirijo, y detecta a uno. Responde con una media sonrisa la carretera que debo de seguir, y, ¡vaya si acertó en esa ocasión la señora!

El resto del día lo paso cruzando Serbia, hasta que sobre las 17:00 pm., entro en Bulgaria. A partir de aquí, comienzo el recorrido por la E80 que me lleva hasta Sofía. El estado de la vía es un tanto más aceptable que las anteriores, a pesar de que sigue teniendo un estado inestable. De pronto sin saber a ciencia cierta por donde sale un perro que se me cruza en la carretera y que tengo que esquivarlo, como digo, milagrosamente no ha sucedido nada, sin embargo, aún se me encoge el alma cuando recuerdo la complicada maniobra que he hecho para evitar un accidente.

QuiqueOnTheRoadE1 03Ducati en Sofía

La noche cae sobre la carretera y después de 11 horas sobre la moto, accedo a la arteria principal de la capital búlgara. No se trata para mi gusto de las ciudades que considero atractivas y con encanto, por ello la recorro sin mostrar excesivo interés; además, tampoco está en mi planning hacer turismo por este punto. Si recalo en la ciudad, no es por otro motivo en cuestión más que por haber previsto con anterioridad cambiar los neumáticos en ella.


Fotos de la primera etapa:



Continúa con la segunda etapa: Sofía – Estambul -->

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