Corrimos en la RAV Moto3 Naked Cup

Escrito por Tomás Pérez el .

Ya asistimos a la presentación de este particular campeonato y nos encantó la fórmula que propone, ahora hemos participado en una de sus carreras y os traemos este reportaje para mostrar cómo se vive desde dentro esta copa monomarca reservada para pilotos con más de 35 años (Sigue Leyendo).

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Llegué al circuito a las nueve de la mañana, acostumbrado a los madrugones, con la inevitable sensación de que era tarde, a pesar de tener muy presente que iba con tiempo de sobra. En el coche tan sólo viajaba con mi compañero Jesús y mi equipo de piloto: Ni una herramienta, ni un neumático ni un bidón. Como un señor, y así te sientes durante toda la mañana en una prueba de la RAV Moto3 Naked Cup. Como un Señor.

En una franja preferente del paddock, las carpas negras sobre una moqueta roja dan a todo el espacio una sensación de relajante limpieza y de profesionalidad; porque, aunque lo que presida toda la jornada seá la diversión, las carreras con estas RAV naked de 250 son muy serias, con todo el protocolo y muchas sensaciones de las que reportan las motos más grandes. Las RAV, puestas desde primera hora en formación sobre el piso peludo y encarnado, reciben los últimos retoques de los técnicos, cuando Rafa (Rafael Ávila, RAV) nos recibe ofreciéndonos un café caliente con acompañamiento sólido, junto a una silla plegable. En ese momento van apareciendo mis rivales, y con bromas y frases chistosas de doble intención, comienza a dibujarse la caricatura del trabajo sicológico que se irá componiendo a lo largo de la mañana. “No sé para qué te has molestado en venir. No tienes nada que hacer. Si sales a pista, te vas a llevar una trauma, vas a entrar en una depresión, etcétera…”
Después de cambiarme, regreso al área RAV… Pero antes de pasar a otra cosa y de que se me olvide, quiero dar las gracias al fotógrafo Jorge Badolato y a Motopóliza por las excelentes imágenes que ilustran este reportaje. Bien, allí, en el área RAV, encuentro una doble bandeja enrejada, dispuesta para que reposen allí nuestros cascos y nuestros guantes, mientras que llega el momento de le primera toma de contacto. Cada moto lleva un dorsal correspondiente a la edad del piloto (En la RAV Moto3 Naked Cup la mínima es de 35), excepto la de un servidor, que luce un siete blanco sobre fondo negro por razones obvias. Frente a cada moto, un cartelito en pie contiene el nombre del piloto. Los técnicos pulsan el botón de arranque de cada moto medio minuto antes de salir al pit line. Y allí esperaremos en fila india a que el comisario de pista nos abra el paso al circuito. No voy a decir que estaba nervioso, que me mordía el labio y las palpitaciones del corazón me escalaban hasta la garganta; pero sí es verdad que sentía cierta tensión, que un cosquilleo me recorría el estómago y que no me apetecía prolongar más de lo necesario aquella espera en el carril de boxes.

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Por fin salimos en orden, y según solté el embrague de la RAV, cambié la aptitud que había ido repitiéndome en el camino hasta Karpetania. No había rodado allí en mi vida y debía salir a tantear la pista, a ir cogiendo poco a poco la medida del trazado. Sin embargo, salí sin contemplaciones con la mirada fija en la rueda trasera del rival que me precedía. ¡Qué demonios! No había ido hasta allí para desfilar, había ido para divertirme y para ello, qué duda cabe de que uno trata de ir lo más rápido posible. Así que inicié la larga de derechas, con la rápida bajada que le sigue, clavado en el rebufo de mi rival y sin perder de vista a los dos que le precedían. Al abordar prácticamente en grupo la suave a izquierdas, con el cambio de dirección que le seguía, se formó sobre la pista esa plástica figura de las motos cayendo en orden a por la curva, como los aviones de una escuadrilla acrobática. La doble que llega a continuación es tan grande que alberga a las cuatro motos a la vez, contemplando nuestro paso inclinado en busca de un vértice que se resistía a mostrarse y que mis rivales finalmente delataron donde yo lo intuía. Toqué el piano interior tras ellos, con la rodilla rozando ya el asfalto, al tiempo que esa suprema excitación que brota en la competición comenzaba a fluir por mis venas. Repentinamente, la pista cambia de pendiente hacia una subida que cierra mi perspectiva del trazado. Sólo veo la rueda de mi rival, que, de golpe, vira a la izquierda como un caza de combate y mi trayectoria se va recta mientras empiezo a perder su pista por la siniestra. Detengo la RAV casi en seco, lo mismo que mi entusiasmo, y la giro 180º a paso de peatón para tratar de no perder la estela del rival que acaba de rebasarme. Me sirve de guía hasta el siguiente ángulo y después de pasar sobre un parche en el que casi me dejo la rodilla, y es que con la RAV Moto3 hay que ser progresivo abriendo la pierna, porque ese golpe casi me descabalga. En el resto del circuito, la mitad, me adelantaron los que aún quedaban detrás y me serví de ellos como liebres para hacer la parte del circuito que me restaba por descubrir.

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Al entrar en la recta y ver cómo terminaban de perderse en mi recortado horizonte, me hice una composición de lugar y me dediqué durante los dieciocho minutos y pico que restaban a trabajarme la pista y la moto en solitario hasta agotar el último metro, incluso después del banderazo ajedrezado. Estaba claro que era el más lento y que, de momento, no podía hincarle el diente en el cuello –con todo el cariño, claro está- a ninguno de mis rivales. Esperé a la hoja de tiempos para cifrar finalmente dónde estaba. A tres segundos del último. Se abre ahora, por tanto, el apartado de las excusas y explicaciones:

No conocía ni la moto ni el circuito, pero eso, alguien con mi experiencia y capacidad de adaptación (hay días que subo hasta en 5 motos distintas) no alcanza para excusar uno solo de esos 3 segundos. Soy muy grande y muy pesado. Ya, pero tampoco, porque Joaquín y yo coincidimos en peso y estatura, y le perdí de vista apenas en tres curvas. Soy muy mayor, menos aun, porque José Luis tiene seis años más que yo y no le vi el pelo en pista. Mi moto montaba escape, carburación y desarrollo de serie: Los demás hacía la recta en quinta mientras que yo pasaba en cuarta… Bueno, tal vez eso justifique un segundo, o a lo sumo segundo y medio.

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Pero cerrando el apartado, la razón principal que justifica esa diferencia es que no me queda más remedio que reconocer abiertamente que soy un paquete. Eso sí que justifica la distancia con el registro anterior.
En el entretiempo que transcurre hasta que llega la primera manga y mientras los comentarios entusiastas, de nuevo las bromas y las puntillas con chispa resuenan bajo la carpa negra, no faltan barritas energéticas, bebidas isotónicas o refrescos puestos a enfriar en el hielo de un amplio recipiente, aderezado todo ello por la atención del equipo técnico de RAV, que muestran un interés espontáneo –para qué voy a decir otra cosa, si así lo aprecié- por las vivencias de unos y otros, y asesorando con algún apunte sobre el particular comportamiento y reacciones de estas motos.

Bien. Ya estoy mentalizado, programado y resignado para hacer lo que pueda en las dos carreras que tengo por delante. La primera de ellas con salida al estilo Le Mans.

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Ese domingo llevaba ya casi dos años sin participar en una carrera, fue precisamente en Jerez durante la última prueba que se hizo de la Mac90. Cuando me coloqué frente a la RAV número 7, con mi amigo Jesús sujetándola por el colín en el otro lado de la pista, reviví muchas de las sensaciones y emociones que se agolpan en el espíritu de un motorista justo antes de lanzarse a una salida sobre un Vitorino de 200 CV. Miré a mis rivales, colocados a mi izquierda en formación, todos con la postura de un corredor de 1.500 m atento al pistoletazo del juez. En este caso, el juez portaba una bandera española que reposaba abajo, cogida de su brazo extendido. Recordé el detalle aprendido ya en los setenta de que el juez siempre moverá unos centímetros la bandera en sentido contrario al que va a pasarla por delante de los pilotos. En este caso, volvió a confirmarse: la desplazó levemente hacia atrás para tomar impulso y elevarla con fuerza, dando así la salida a la carrera. Acerté y gané un par de décimas que me permitieron llegar rápido a la RAV 7 para salir disparado. Creo que me coloqué segundo al enderezar la moto en la recta. La práctica de tantas salidas en la Mac90, arrancando a motor parado, estaba interiorizada.

Pero mi alegría duró apenas un suspiro. En la bajada que sigue a la rápida de derechas, me pasaron dos como 

IMG-20140916-WA0001tiros, y llegando a la suave de izquierdas, otros dos. Hice tras ellos la doble a derechas y el cambio radical de dirección a izquierdas, mientras escuchaba tras de mí el ronquido de otra RAV que intentaba meterme la rueda por el primer resquicio que cupiera. Los de delante abrieron un hueco como de un segundo, mientras seguí escuchando la respiración del otro en mi cogote. Así llegamos a la entrada de una a izquierdas, larga y redonda, ideal para preparártela y aparecer con una colocación sobre la moto de lo más plástica delante del objetivo del fotógrafo. Y es que, rápido, lo que se dice rápido, mejor no hablar, pero para la foto, eso sí, uno ha aprendido a posar para Super7. Cierro la puerta y, a pesar de ello, escucho el bramido que lanza al aire la RAV de mi rival en una reducción pasadísima de vueltas. ¡Dónde va! Pensé: si por ahí, por el exterior no hay sitio. Un segundo después siento un fuerte impacto detrás y oigo el chillido desgarrado de un neumático. De reojo, miro hacia abajo para ver una RAV que se mete entre las ruedas de la mía. Siento una trepidación y me preparo para lo que parece un inevitable revolcón. Sin embargo, logro pasar por encima de la moto de mi rival, manteniendo in extremis el equilibrio, y salgo airoso del lance para, inmediatamente, sin darme un respiro y sin pararme a pensar ni un instante, abrir gas a fondo y tratar de no perder la estela de los que iban delante siquiera en el corto horizonte que iba abriendo el circuito. Y así, a duras penas, pude mantener la lejana referencia del último de ellos hasta que me topé con una bandera amarilla. Y es que, los comisarios y las banderas, aunque te quedes solo en la disputa, transmiten en todo momento esa intensa sensación que se vive dentro de una carrera. En la curva de más arriba, diviso a uno de mis rivales que acaba de caer y que se está levantando a por su moto. “A ver si se ha roto y uno menos”, pensé con toda la malicia, pero no hubo suerte, se reincorporó tan pronto que no me dio tiempo ni de alcanzarle. En la última vuelta vi cómo se me echaban encima los más rápidos y corté para facilitarles el doblaje y que no perdieran comba del pique encarnizado que traían y que les llevó en volandas hasta la meta.

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Debería de ver el lector el resplandor de satisfacción que brillaba después en la sonrisa de todos. Se habían divertido como enanos. La cara gris de la manga, la del rival que chocó conmigo: clavícula rota. José Luis, desde estas palabras te mando un fuerte abrazo y mi deseo de que te recuperes rápidamente para seguir dando toda la guerra que aún te queda por dar. Y es que las carreras de la RAV resultan divertidísimas, desde luego, pero, como ya he mencionando antes, no dejan de ser carreras serias, carreras de verdad, al fin y al cabo. 

Mientras tanto, escucho quejarse a Ángel, mi rival más próximo y al que fui siguiendo para sólo perder su estela cuando me doblaron, de que las botas le molestan, que le aprietan y que no le dejan concentrarse. Una sonrisa perversa no alcanza a esbozarse en mis labios, desde luego; pero el deseo ferviente de que la temperatura dilate los pies de Ángel, para que las botas le aprieten un punto más, si es posible, recorre la mente como la sombra de un buitre.
Bien. Para la segunda manga me esperaba una particular sorpresa. Salida de velocidad pura, con motor en marcha y ¡parrilla invertida! Mira por donde me encuentro con la primera pole de mi vida.

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Siempre que he hecho una salida de este tipo ha sido para vivir una carrera agónica; así pues esta vez me concentré y me dispuse a afrontar una vivencia a escala pero muy semejante. No fue así.

Me preparé con el pecho sobre el manillar, la mirada clavada en los cinco semáforos rojos y el dos y medio de RAV al borde del corte y sujeto por el embrague, como el bocado de un caballo. Pero mi ímpetu se frustró enseguida. Semáforos apagados, embrague fuera y la rueda de la RAV que se encabrita con violencia camino de la vertical. Tengo que cortar, y llego a la primera curva tercero, trazándola fatal y tirándome demasiado pronto a por el ápice, lo que me deja con una inercia floja en la boca de la bajada. No tuvieron mucho trabajo para rebasarme antes de alcanzar la suave a izquierdas del fondo. El último en hacerlo fue Ángel, por lo que fijé en él mi punto de mira para no quedarme descolgado del grupo. Pero ni por esas. Ya no le apretaban las botas, se encontraba de lo más cómodo con ellas, tal y como me comentaría más tarde. ¡Mecachis!

Me quedé solo en tierra de nadie, sí, sin nadie con quien disputar una miserable frenada, cerrarle la puerta o meterle la rueda. Pero toda carrera, incluso en solitario, tiene su aliciente. Y así fue cómo empecé a tomarle la medida al circuito porque siempre queda un rival con el que medirse: El Crono.

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No le arañé mucho, la verdad, apenas unas décimas, pero sí que pude determe mentalmente a analizar la sensaciones que se viven dentro de una carrera de la RAV Cup Moto3 Naked para contarlas después; porque, al fin y al cabo, había sido invitado como periodista por gentileza de la marca y no como estrella de la velocidad. Eso está claro.

La verdad es que había trances del circuito por los que sentía que iba más rápido y mucho más inclinado de lo que podría presumir en un principio. Es un mundo relativo, el de la RAV y estos circuitos, donde las que manda son las sensaciones, que, al fin y al cabo, es lo que buscamos.

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Lo cierto es que se llega con una buena velocidad y tienes una verdadera sensación de ir de prisa cuando abordas la doble de bajada y el trazado te va cerrando la trayectoria sobre el generoso peralte para entregarte al ápice del viraje. Alguno me puede tachar de fantasioso, y tal vez lo sea sobre manera, pero permítame el lector que le exprese que sensaciones que viví varias veces al hacer esa doble, sobre todo cuando me salía bordada, recordándome a esa triple tan complicada a derechas que tiene el circuito de Almería, abordada con una moto mayor y más potente.

En la larga de izquierdas, un tanto parabólica, que se traza sobre Krpetania, abordada con la RAV, tuve en varias ocasiones la sensación de ir rápido, muy tumbado y mucho tiempo, como ocurre en la parabólica de Albacete, incluso se cierra un poco al final, justo antes del cambiar el peralte. Los cambios de dirección –había varios en la vuelta- también guardan sus sensaciones intensas, muy placenteras y muy velocistas, que pueden llevarnos a un entusiasmo que nos haga olvidar el recordado diámetro de las ruedas, comprometiendo el equilibrio.

Dejo para el final, precisamente, la primera curva del trazado. Un viraje de ésos que llamamos “de decisión”, de corazón y también de sangre fría. Ahí debes aguantar y aguantar, aguantar mucho antes de tirarte para retrasar lo máximo posible el contacto con el piano interior. Hay que aguantar mucho porque llegas a la máxima velocidad del circuito –mis compañeros en quinta a fondo-, meterte hasta la cocina de la curva y decir mentalmente “¡Ahora!”, y tiene que ser ahora, ahora, porque un instante después ya no vale, y te vas por las colinas segovianas para recolectar un señor revolcón. Una vez que te tiras, tienes que apuntar muy bien la nariz de la RAV y quedarte muy quieto sobre la moto para hacer el tránsito por el viraje porque, en ese momento, tu velocidad relativa es altísima y las cotas de lo que llevas debajo muy reducidas. Cuando ese viraje te ha salido Photo.by.Jorge.Badolato DSF0586bien, debes de sentir una dulce satisfacción, y digo “debes” porque no terminé de rematarlo ninguna vuelta y se quedó casi como una asignatura pendiente para una nueva ocasión.

Conclusión
Pues se resume en una frase que repetí allí mismo y también después, cuando la he comentado con compañeros y amigos: La RAV Naked Moto3 es a una moto lo que un kart es a un coche. Pero, ¡ojo!, no un kart cualquiera de alquiler playero, no. Hablo de un auténtico kart de competición.

La Mejor Sensación
Pues sí, la más relajada y significativa para un servidor. Creo que todo el que ha corrido, rueda en pista o, simplemente, se siente un quemado incorregible, sabrá muy bien de qué hablo. Los que somos así vivimos con un pequeño volcán en nuestro interior, con una actividad que crece poco a poco y que necesita de cuando en cuando su cráter para lanzar una erupción. Esa erupción tiene su mejor representación en una carrera.
Si pasa el tiempo y el tiempo sin que aparezca la oportunidad de esa carrera, de esa erupción, el quemado siente dentro esa actividad volcánica que le va creando una tensión en ascenso, que finalmente y a duras penas puede mantener completamente a raya. Y así, cuando sale ocasionalmente a la carretera de montaña su imaginación transforma curvas desiertas, curvas serranas, en los virajes más emblemáticos de los circuitos, convierte una rotonda casera en una chicane de tres variantes y la curva interminable de incorporación a la autovía en el curvone del mismísimo Monza. Esa transformación paulatina en un hombre lobo de la moto se va materializando hasta que por fin llega una carrera. Entonces todo ese compendio de sensaciones, emociones y sentimientos que vive se abren paso para salir por completo al exterior en esa erupción. La erupción de un quemado. La caldera de su volcán se vacía y al día siguiente vuelve a la cotidiana urbanidad como un ciudadano más, desplazándose por la vía pública, conduciendo su moto con una paz interior que sólo conoce el que la haya vivido después de una carrera.

Ciertamente, antes de mi cita en Karpetania con la RAV Moto3 Naked Cup, llevaba bastantes semanas sin rodar en pista –además, en los últimos tiempos siempre con motos de prensa y no de carreras, que no es lo mismo- y como ya he comentado, casi dos años sin vivir una carrera de verdad. Empezaba a experimentar, por tanto, ese proceso con el tiempo vive el quemado sin erupción.

El lunes siguiente a la carrera de la RAV conduje varias motos por distintos escenarios y las conduje, sí, con una pasmosa tranquilidad, sin prisas, sin necesidad de ser rápido y con una Paz Interior.

Tomás Pérez

Fotografía Jorge Badolato y Motopóliza