Llegar a la carrera como sea. Correr era lo que importaba por encima de cualquier otra cosa, de cualquiera. (leer más...)
1.980.
Se celebraba la tercera y última prueba del Critérium AGV-SoloMoto de ese año. Mi Ossa Copa había salido muy mal parada de unos entrenamientos y me habían prestado para la ocasión una Bultaco tan revisada y modificada que resultaba inidentificable: cilindro de Pursang MK-9, cambio de la América, escape artesano forjado en Tarrasa, fibras TCP, estriberas de Ducati Vento y freno de disco AJP; un verdadero prototipo de Critérium.
Todo estaba listo para ir al día siguiente a Calafat, 140 kilómetros al Sur de Barcelona, donde residía entonces. Pero en aquellos años, trasladar una moto de carreras a un circuito era bastante más complicado que ahora: muy poca gente tenía coche y moto, cualquier coche por barato que fuera y cualquier moto; y mucho menos, coche con enganche y remolque. Para aquella ocasión, yo iría en mi moto de calle de entonces: una magnífica vespa 200, modelo recién salido al mercado apenas unos meses antes; y la Bultaco de carreras viajaría en un furgón junto a la Streaker de mi amigo entonces Pepe Pardo y otras tres máquinas más. Todo estaba dispuesto. Volvería a casa para darme una regeneradora ducha y dejarme caer temprano en la cama, tras la cena; así estaría listo y fresco a la mañana siguiente, con el madrugón. Sin embargo, cuando me había lavado minuciosamente las manos y me disponía a abandonar el taller donde había dado los últimos toques a mi moto prestada, Pepe Pardo me salió al paso en el mismo umbral de la puerta.

-Se ha jodido lo del furgón, macho.
-No me digas, ¿y eso? –repuse.
-Van a llevar otras motos, no sé por qué…, no me digas, el caso es que la tuya y la mía se han quedado fuera.
Me eché una mano a la cabeza y me hice surcos entre el cuero cabelludo con los dedos extendidos. Resoplé, y Pepe Pardo también lo hizo, poniendo además los brazos en jarra.
-Tenemos el remolque de Fulano (no recuerdo el nombre, lo siento).
-¡Eso, y el coche de mi madre tiene enganche! –añadió él entusiasmado
-Venga, pues voy a hablar con Fulano, a ver si nos quiere acercar el remolque a tu casa.
Tuvimos una suerte providencial, y Fulano, no sólo nos prestó el remolque sino que lo llevó a casa de Pepe Pardo.
Pepe tenía su Bultaco Streaker, negra y dorada (La misma moto y los mismos colores con los que un tal Jorge Martínez Aspar apareció por primera vez en un circuito, precisamente el de Calafat), en su propia casa. Tan sólo habría que enganchar el remolque, cargar su máquina en un lado, y volver después a por mi moto. Nos dispusimos presurosos, empujados por un imparable entusiasmo, a enganchar el remolque en el Seat 1430 de la señora madre de Pepe Pardo. Lo arrastramos hasta el coche y, al bajar la lanza para acoplarla en el enganche… Sorpresa, contrariedad: la bola era demasiado gruesa, o el acople del remolque era demasiado estrecho. No encajaba.
Pepe Pardo saltó presto y, sin pensarlo, entró en la casa y volvió con una caja de herramientas en la mano. La abrió con tanta premura que casi vuelca todo su contenido sobre la hierba humedecida por el otoño y la tierra comprimida por el paso de las ruedas. Sacó de la caja una lima plana de fino granulado, la apoyó sobre la bola del enganche. Y sin pensárselo dos veces, empezó a frotarla con un ahínco obsesivo. Uno, dos, concienzudamente aplicaba la lima a uno de los aceros mejor templados que existen, haciéndolo gemir como si realmente le estuviera arrancando las carnes. Yo le miraba anhelando dar algo de luz a mis esperanzas, y me dejé arrastrar por el inconmensurable deseo de correr y por la plena convicción que proyectaban los ojos de Pepe, fijos en el vaivén de la lima, expectantes ante el brillo de unas virutas fantasmales. Tras tres o cuatro minutos de intensa fricción, sus dedos comenzaron a agarrotarse y detuvo por unos momentos su afanoso empeño.
-Pásamela –dije decidido a meterle mano al acero.

Tomé la lima y la apliqué con ganas, la restregué cadenciosa y mordazmente sobre una y otra tangente de la esfera, tratando incluso de conservar su perfecta curvatura regular.
La luz distante de una farola y de una luna silenciosa y omnipresente dejaban ver el brillo angulado del acero y adivinar la sombra de la herramienta granulada. A pesar de esa media penumbra, la mirada de Pepe Pardo escrutaba el diámetro de la esfera como si tuviera la capacidad de un calibre para medirlo.
-¡Dale, sigue! –me susurró con entusiasmo- Que ya está menguando.
Aquella afirmación fue como la confirmación de una existencia divina para la fe devota que Pepe Pardo y su tenaz empeño habían engendrado en mi influenciable ánimo de piloto en ciernes.
Seguí y seguí dándole a la lima, sintiendo en mis dedos incluso cómo el acero se reducía, aunque, claro, con esa luz de taberna deprimida pensábamos que sería imposible ver la viruta metálica resplandeciendo sobre el suelo.
-Trae, déjame a mí ahora – me apartó Pepe Pardo con ansiedad.
Frotó y frotó durante dos o tres minutos, transcurridos los cuales, estaba plenamente convencido de que la bola ya era más pequeña; tanto incluso como para hacer una primera prueba con posibilidades. Aproximó el extremo de la lanza a la bola. Lo posó y abrió al máximo el cierre de seguridad. Nada. Seguía sin entrar.
-Ya le falta muy poco, seguro –afirmó.
Los dos nos miramos con los ojos de dos fieles creyentes, abducidos por una ilusión inquebrantable. Volvió a tomar la lima con firmeza y a restregarla con tesón al acero.
Hicieron falta dos horas para rendirnos convencidos por una desoladora evidencia, para desistir de una pretensión tan absurda como obsesiva, que ahora sólo me hace sonreír al recordarla.
Pepe Pardo se fue a la cama una vez convencido de nuestra estupidez. Se levantó de madrugada, desmontó el asiento trasero del Seat y metió la Streaker en el espacio que liberó. Como la rueda delantera de la moto no dejaba cerrar la puerta, la sujetó con una cuerda, dejándola sobresalir un palmo de la carrocería; así se presentó en el circuito.
Mi medida, sin embargo, fue más espectacular y desesperada, si cabe. De ninguna manera me iba a quedar sin correr, así es que, también de madrugada, tomé la Bultaco, con una bolsa que contenía el mono y las botas, sujeta con un par de pulpos al depósito y puse rumbo al circuito por la autopista de peaje. Sin matrícula, sin luces, con slicks y a escape completamente libre (una caño ensordecedor en el extremo, de 25 mm de sección). Circulaba por el carril de la derecha tan sólo a unos ochenta por hora y es fácil de imaginar la expresión estupefacta de los automovilistas que me rebasaban y de los empleados que iba encontrando en cada peaje. Alguno de ellos llegó a recriminarme por el ruido criminal que emitía a mi paso, a lo que le respondí, dedicándole un enérgico corte de manga engendrado por mi vehemencia juvenil de entonces.
Luego, tantos esfuerzos y desvelos sirvieron de poco. La Bultaco gripó en la segunda vuelta al final de la recta. Cuando digo “gripó”, no estoy refiriéndome a un enganchón, como solía ocurrir en los últimos motores de dos tiempos, infinitamente más modernos. No, no hablo de eso. Me refiero a que el pistón se quedó literalmente incrustado en las paredes del cilindro.
Eran otros tiempos, ¡qué duda cabe!

Para otra carrera del Critérium, al Rizos, que tenía una Ossa Copa como la mía, y a mí no nos alcanzaba el presupuesto para el alojamiento y rompimos un par de pacas de paja para dormir sobre sus despojos y arroparnos con ellos, precisamente, junto a la frenada de final de recta de Calafat.
Eran otros tiempos. Tiempos en los que un tipo instalaba un cajón de frutas forrado con vinilo adhesivo sobre la parte trasera de una Benelli, y decía haber diseñado un colín personalizado. Tiempos en los que otro colocaba junto a un minúsculo icono de la virgen unas flores de Bonsái, y el conjunto lucía como un íntimo altar dentro de la cúpula de su carenado, para rogar en cada paso por la recta, supongo, la mejor suerte a La Purísima. Tiempos en los que llegué a ver a alguno caminar hacia los últimos puestos de la parrilla de salida con los ojos vidriosos y una botella de cerveza cogida por el cuello; luego, tras la salida, pasaba a todos en la primera frenada…, a todos, y a la frenada, y a las pajas de paja y al pedregal que le acogía tras la caída correspondiente. Tiempos en los que la escapatoria de una de las curvas del trazado urbano que atravesaba Guadalajara daba a la puerta del cementerio, en los que un semáforo rojo te hacía dudar antes de tirarte a un viraje que recortaba una esquina.
Eran otros tiempos, qué duda cabe; otros tiempos que ponían a prueba el entusiasmo de los pilotos más modestos, la mayoría. Otros tiempos que, por fortuna para todos, quedaron atrás y nada tienen que ver con los que vivimos ahora.
*Nota del autor: Hay que tener en cuenta que en aquella época sólo existían en España dos circuitos permanentes, Jarama y Calafat, y que el primero de ellos estaba reservado para alguna prueba exclusiva del Campeonato de España y para la prueba de El Mundial.
Tomás Pérez