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La salida: Ese ingrávido momento

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Los buenos pilotos, lo pilotos punteros, viven con toda su intensidad esa lucha por ser el primero y, si lo logran posteriormente, disfrutan con el manido tópico de las mieles del triunfo. Sí, así es y así ha sido a lo largo de la historia.

Sin embargo ellos, los primeros, no sólo no son los únicos que viven con toda la intensidad las eléctricas sensaciones que transmite una carrera, sino que tampoco son conscientes del inédito espectáculo que se pierden estando ahí delante, en la pole o en la primera línea. Los que salimos desde atrás disfrutamos de una privilegiada posición que nunca podrá apreciar alguien que no se haya visto, si siquiera por una vez, en ese atrasado lugar.

 Voy a tratar de describir lo que yo mismo sí he vivido en unas cuantas e inolvidables ocasiones.

 Vuelta de reconocimiento.

 Ya se ha perdido el ceremonioso protocolo con el que todos nos tomábamos antaño, hace décadas, este trance. Guardábamos el motor del monocilíndrico con una bujía “caliente” en un régimen intermedio durante esa vuelta protagonizada, normalmente, por el nerviosismo: No podíamos pasearnos porque se engrasaba, pero tampoco nos podíamos alegrar abriendo el gas porque podíamos a hacer un agujero en el pistón. Ahora es muy diferente.

Doy esa vuelta de reconocimiento que en muchas ocasiones representa más un tanteo entre los rivales que otra cosa. Tira y aflojas, una pasada por la curva casi al ritmo de marcar tiempo y en la siguiente el ajeno transitar con la mano sobre el regazo, como si la anterior no hubiera significado ni más ni menos esfuerzo que la más lenta. Al llegar de nuevo a la parrilla aún me encuentro con una pequeña multitud pululando sobre el asfalto. Me detengo y alguien tira de la moto para dejarla anclada sobre los caballetes mientras poso mis pies sobre las estriberas. A los pocos segundos, una persona de alguna manera acreditada se pasea entre las motos haciendo un aspaviento continuo de sus antebrazos, cruzándolos y cortando el aire con las palmas de las manos mirando al suelo. Poco a poco el brutal estruendo de los motores va enmudeciendo hasta instalarse sobre la parrilla un sonoro silencio. Sí, se trata de un silencio muy particular que se siente con el sonido que se escucha, por ejemplo, bajo una catenaria de 25.000 voltios.

  Una voz amiga me dicta unas palabras al oído con el último consejo, el último empujón verbal que ya no oigo, acompañado de una palmada en el hombro que ya no siento. Estoy ocupado, mis rivales y yo estamos ocupados en esos momentos regulando los nervios a la tensión justa: Ni tanta que atenacen y hagan torpes tus sentidos, ni tan escasa como para alejarte, para mantenerte ausente en un momento tan electrizante. Sí, la tensión exacta para mantener esa concentración que coordine con precisión milimétrica cada movimiento a partir del momento clave que se avecina.

 Una voz que sí llega a mis oídos me acerca más a ese momento. Una voz que grita repitiendo una frase nacida en los cuadriláteros pugilísticos y que en la parrilla de salida suena como los clarines anunciando la inminente aparición del morlaco en el ruedo.

  ¡Mecánicos fuera. Mecánicos fuera!

  Llega la Hora de la Verdad: mis compañeros de viaje y el que os lo cuenta nos quedamos absolutamente solos sobre el asfalto. A partir del instante en el que el último asistente desaparece con todos sus cachivaches a cuestas, se establece una insólita intimidad, un sentimiento colectivo semejante al que se fragua entre los pasajeros de una montaña rusa mientras su tren de carritos escala lentamente la rampa inicial.

  Estamos solos y veo a mis rivales delante de mí como pasajeros de una nave colocada en la pista de despegue.

 Un cartel con un rótulo, “1 Minuto”, se pasea por delante de nosotros y el escenario cambia de cariz, aun guardando exactamente la misma imagen. El semblante del circuito se vuelve feroz con el rugido a coro de los veintitantos motores rompiendo ese silencio que amasaba una densa atmósfera de inquietud, de temor sostenido y de una incertidumbre justo al mismo borde de lo soportable.

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 Otro cartel, “30 Segundos”, cruza en nuestro frente y los nervios desbordantes de algunos comienzan a dejarse notar. La pierna que baila con la punta de la bota sobre la estribera, el puño derecho que gira convulsivamente sobre el gas, el tronco que se echa sobre el depósito para luego incorporarse y mirar arriba, al cielo, por un instante, y el más extendido de todos: describir círculos con la cabeza, rotando todo lo que el cuello da de sí. Giros que provocan un dinámico cromatismo con la viveza que dibujan las imágenes de cada casco. También otro gesto oculto en el reducto más íntimo: Los párpados batiendo tras la pantalla transparente como las alas de un colibrí.


 Una bandera abre la pista, aunque no alcanzo a ver quién la sostiene, sólo lo intuyo delante de todos nosotros. Arrancamos en una hilera obligatoria, reteniendo el ímpetu lo justo para no atropellarnos unos a otros e iniciamos la vuelta de calentamiento ya sin contemplaciones, a un ritmo que sirve de prólogo perfecto a lo que está a punto de desatarse. La vuelta transcurre en una vertiginosa formación justo hasta el abordaje de la última curva, en la que se reduce drásticamente la marcha para volver al tono pausado y protocolario…, pero sabemos ya que es por muy poco tiempo.


   Veo cómo los compañeros que me preceden justo delante de mí toman su posición en la retícula pintada sobre el asfalto. Los primeros, ésos que se pierden todo el espectáculo, hace ya largos segundos que esperan en ellas. Agacho la mirada sólo un instante para ajustar mi rueda delantera en la casilla. Cuando la levanto, veo una persona plantada delante del bullicioso comboy mostrando en alto una bandera roja con los brazos estirados como palos. Poco a poco se va retirando, caminando lateralmente hacia su izquierda, sin perdernos el frente.

 De repente se produce el golpe brillante que todos esperamos bajo esa tensión concentrada: Cinco luces rojas se encienden arriba, delante de los primeros, reclamando nuestra máxima alerta como si de una alarma de incendios se tratase. Una hilera roja, una secuencia luminosa que eriza el vello del apasionado espectador y el lomo del piloto más novato. Aunque en ese momento no puedo darme cuenta de lo que hacen los demás porque tengo los sentidos clavados en esos semáforos, no me cabe ninguna duda de que mis compañeros de viaje mantienen esa extrema atención. No existe nada más que esas luces. Han quedado atrás los últimos pensamientos dedicados a los afectos más íntimos, a ese amor impenitente, a esos hijos venerados, a esos amigos más próximos. Todos ellos ya no existen. Mi vida no existe. El Mundo no existe. Sólo existe esa línea roja e incandescente, porque los sonidos también parecen haber enmudecido. Es curioso cómo no percibo los centenares de decibelios que nos envuelven: Mis oídos están cerrados y tan sólo siento mi mano derecha sobre el puño de manillar y la izquierda apretando una palanca, sujetando un ímpetu indescriptible a punto de desbocarse para llevarme al brutal despegue de una catapulta espacial.

 Es imposible que permanezcan tanto tiempo encendidas. Con la respiración contenida, siento un vértigo inesperado dentro de mí cuando el tiempo se dilata. El segundero aquilata cada paso y parece sopesar la decisión de dar el siguiente. El tiempo queda en vilo, en un equilibrio insólito que no existe en realidad, que no existe para ninguna otra realidad, excepto para la que vivimos mis compañeros de viaje y el que firma cuando nos hallamos a punto de partir.

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   Es entonces, precisamente, cuando caigo en la cuenta existencial de que el presente no existe, de que el presente sólo es llama entre la madera y la ceniza*.

   Finalmente, las cinco luces se apagan. Y, cuando cabría el desate de La Madre de Todas las Tempestades…

  Al esfumarse el resplandor rojo, todo se transforma. La perspectiva cambia y el resto del mundo queda aislado mientras pasa como una exhalación por nuestros costados en plena aceleración. El carrito de la montaña rusa se ha lanzado al vacío cogido a unos raíles que no parecen existir.

 No siento mi moto. No es mi moto la que avanza, es todo el grupo de pilotos al unísono creando una impresión insólita: La de que hemos iniciado la marcha sobre una plataforma que nos arrastra a todos con una endiablada aceleración. Mi moto eleva el morro como un jet al iniciar el despegue mientras veo a través de la cúpula cómo desaparece bajo mi manillar el colín del compañero que me precede. No se me ocurre pensar que en ese momento puedo echarme encima de él: Viajamos todos juntos subidos en la misma nave.

 Después de esos dos primeros segundos de relativa quietud, en la que hemos permanecido fijos, unos respecto de los otros, todos comenzamos a desplazarnos sobre la plataforma, tratando de cambiar nuestra posición. Observo cómo los demás se mueven con discreción al principio, y luego con toda la fuerza de la carrera que se acaba de desatar. Más, cada vez más movimientos sobre esa plataforma invisible que nos traslada a todos dentro del escenario que nos rodea, hasta llegar a la puerta de la primera curva.

  Allí se forma una aglomeración, como la entrada al vagón del metro en la primera hora matinal; y así, paulatinamente, pasamos uno a uno por ese embudo de la frenada, transformando la plataforma que nos había llevado hasta allí en un largo carrusel serpenteante que comienza a deslizarse con una inaudita velocidad sobre el trazado.

 Veo al compañero que me precede tan cerca que creo que podría tocar su colín con sólo alargar el brazo. Voy pegado a él, y él al que marcha delante, y así uno tras otro cuando llegamos a la siguiente curva dejándonos caer en una secuencia, como la escuadrilla acrobática, en busca de la horizontalidad.

 Sí, es cierto: Los que van delante, aunque vivan toda la intensidad de la lucha por el triunfo e incluso disfruten con alcanzarlo, se pierden un espectáculo que jamás imaginarían.

Y los que vamos detrás…

   Bueno, los que vamos detrás disfrutamos de lo que he tratado de describir, que es lo que nos queda.

¿Y cómo nos sentimos? Pues nos sentimos como en el chiste del irrecuperable Eugenio:

 - Me encanta jugar al póker y perder.

- ¡Oye! ¿Y ganar?

- Ganar debe de ser la ostia, tú.

 

*Frase tomada de un poema de José Hierro.

 

Autor: Tomás Pérez