Ton Up Boys: Los Chicos de la Velocidad

Escrito por José Angel el .

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Estamos en la primavera del año 1961 en las afueras de Londres. La lluvia ha concedido un par de días de tregua, aunque a medianoche el ambiente está lo suficientemente húmedo como para que debajo de la chaqueta de cuero, una Schott “Perfecto”, lleves un jersey de lana y así evitar que el frío se coma tu calor interior hasta llegar a los huesos. (Leer más)

 

Atrás quedó el invierno y las temperaturas son sensiblemente más suaves, pero todavía es complicado utilizar la palabra “calor”, en cualquier caso la mejora de las condiciones meteorológicas es sustancial, más que suficiente, todo un permiso que concede la diosa fortuna tocando la cara con el viento del ansia por la velocidad, el rock’n’roll y las chicas; ese viento que se cuela por todos los espacios que quedan libres entre el casco “chichonera”, las gafas de aviador y el pañuelo que hace equilibrios por no caer por debajo de la punta de la nariz, ese viento que enfría las rodillas hasta entumecerlas sin que lo remedien los pantalones vaqueros de bajos doblados hacia fuera, esos que los Yankees desde el otro lado del charco han puesto de moda, jeans que dejan al descubierto gran parte de la caña de las botas.

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La semana ha sido larga y tediosa, cualquiera de nosotros, los chicos que habitamos en los suburbios de Londres, llevamos una vida que no nos gusta, lejos ya de las escuelas y aportando unas libras a la unidad familiar en trabajos mal pagados por ser jóvenes; matamos las horas como mecánicos, dependientes, botones de oficina, mozos de almacén, etc… somos muchos, si nos largamos siempre habrá otro que ocupe nuestro lugar.

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Con este panorama y la llegada del tiempo libre del fin de semana estamos ávidos de emociones que nos saquen de esta rutina, tenemos todo un cóctel de emociones aderezado por un ingrediente nuevo que acaba de llegar hace pocos años: el rock’n’roll; desde USA no sólo nos han infectado con la ropa, jeans y “chupas” de cuero, nos han enviado esta música, “la sintonía del mal” la llaman desde las posiciones más reaccionarias.

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Necesitamos que la vida tenga otro ritmo, que cada día nos ofrezca algo distinto y sugerente, queremos emociones y ya no nos interesan las guerras provocadas por los viejos estamentos, queremos consumir adrenalina, empezamos a conocer las drogas y nos apasiona el riesgo, queremos velocidad, dar rienda suelta al bicho que tenemos dentro, sentir la aceleración, dominar un pequeño cohete de hierro por las carreteras que rajan la campiña y rodean la gran urbe, buscamos hacernos con una BSA, una Norton, una Royal Endfield o una Triumph, motocicletas, de uno o dos cilindros, baratas y fáciles de reparar en la parte de atrás de las horribles casas que son herencia de la revolución industrial y que confiere a todas las barriadas del mismo aspecto.

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En esos patios y garajes se busca ir más allá de las marcas, también creamos engendros, el más famoso de todos ellos “la Tritón”, un Frankenstein resultante de montar el motor de una Triumph T 120 R en el chasis de la Norton Featherbed, sólo si eres hábil y con agallas eres capaz de dominar algo así, llevarlo más allá de las 100 millas por hora por las carreteras de 1961, pero nosotros podemos, somos auténticos Ton Up Boys. “Ton Up” no se refiere a la tonelada, estamos usando jerga y es el término con el que se define rebasar las 100 millas de velocidad.

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Somos Rockers, somos una tribu, un nuevo clan urbano. Agarrado al semimanillar de mi moto desafío al cronometro, a la carretera y a cualquier tipo que me rete.


Cafe13Chulo, altanero y erguido como un gallo de pelea llego al aparcamiento del ACE Cafe a las afueras de Londres, en la North Circular Road, decenas de motocicletas reposan como purasangres a la espera de acción, corrillos de chicos conversan y rodean las maquinas más llamativas. En el ambiente hay voces, ruido de motor, humo, olor a aceite y gasolina, cuando alguien entra o sale del garito se escapan los punteos de guitarra eléctrica de alguna canción de Elvis, Buddy Holly, Eddie Cochran o Jerry Lee Lewis.
Los ojos se nos van tras los hierros pero pronto buscan las curvas de las chicas, no sólo se vive de las curvas del asfalto, distinguimos las que han venido en coche por sus faldas de tubo y sus pelos abultados por los cardados, las que han venido en moto llevan pantalones ajustados, chupa de cuero, el pelo recogido con cintas o pañuelos por los que asoman algunos mechones indomables, tienen las mejillas enrojecidas que delatan la exposición reciente al viento, en cual quier caso son pocas, estamos en 1961 y a medianoche ya no son horas para que estén, sólo las más atrevidas y rebeldes. Pero, entonces, ¿Por qué la máxima afluencia de gente es ahora? Muy sencillo: las carreteras están casi vacías, son nuestra pista particular. Un cruce de miradas, una bravuconada o simplemente una cuenta pendiente es suficiente para que el desafío quede en el aire y la competición comience. Para dar la salida alguien introduce una moneda en la Juke Box y en medio del griterío, los tubos de escape y los claxon, comienzan los acordes de un rock’n’roll, la carrera comienza y por delante un recorrido nocturno con todo tipo de trampas en forma de cruces, puentes y tal vez algún solitario conductor; el primero que sea capaz de recorrer el “circuito” antes de que la canción acabe es simplemente el mejor, la imagen en carne y hueso de Marlon Brando en The Wild One, el As, el objeto de deseo de las chicas y la envidia de los chicos. Nada de lo que ocurra en el filo de la navaja por el que discurre la carrera es capaz de asustarte. Lograr esta hazaña supone sobrepasar los 110 kilómetros por hora de media, auténticos yonkis de la adrenalina.

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Si no es suficiente siempre se puede hacer una carrera hasta otro Café, o hasta la sede del Club 59, estas carreras se conocen como “Burn Ups” y son la esencia y el motivo del nombre que clasifica este tipo de motos: Cafe Racer.

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Estamos hablando de un apasionante estilo de ser, estar y respirar, de creer que la banda sonora de tu vida es el rock’n’roll y que la elegancia y la dureza te adornan cuando corres como el rayo.
Somos rockers, tenemos clase, nos sentimos únicos.


José Angel Lorenzo

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